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(Des)construir nuestra América Caracas, sábado 15 de abril de 2006 Suscribirse al grupo del programa radial Como ustedes pueden ver (un programa para la gente que escucha)
Nuestra América, como llamaba José Martí a esta parte del mundo, no siempre fue obvia. Para comenzar, nombrarla es mentir, porque ninguno de sus títulos dice verdad: Las Indias, América, Indoamérica, Iberoamérica, Hispanoamérica, América Latina. Todos esos nombres y otros dejan fuera alguno de nuestros componentes (ver Whats in a name?, en Latin America: An Impractical Handbook). El primer personaje en que pienso es Francisco de Miranda, con su proyecto continental. Después vinieron Simón Bolívar, Antonio José de Sucre y demás héroes, pasando por Martí y señalaré solo a unos cuantos porque referirlos todos requiere una enciclopedia aún pendiente. Están los hermanos Pedro y Max Henríquez Ureña, Leopoldo Zea, inspirador del Fundación Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg), que pensaron a esta América junto a una legión. Y artistas que pintaron, cantaron, narraron y dijeron la poesía de esta América, lista aún más larga. Alejo Carpentier y Julio Cortázar, que la contaron pensándola. Los músicos que la hicieron sonar, Heitor Villalobos, Beny Moré, Carlos Gardel, Silvestre Revueltas, Violeta Parra, José Alfredo Jiménez. Wilfredo Lam, Joaquín Torres García, Arturo Michelena, Diego Rivera, que la pintaron. Los que estaban aquí antes de la invasión europea, los del Popol Vuh, los de Machu Picchu, Nezahualcóyotl, los hombres de maíz y los que no dejaron rastro visible porque fueron destruidos para desconstruirlos. Aquí me detengo para decir por fin que hay quienes destruyen todo lo que respire a nuestra América, que ahora descubren que hay que olvidar a Bolívar, que cualquier aspiración de autonomía es perfectamente estúpida. No nombraré a los más porque ellos mismos se mientan a cada rato. Hablaré, sí, de Mario Vargas Llosa, porque como tantos escritores, como Honorato de Balzac, como Jorge Luis Borges, dejan una huella doble: por un lado sus ideas políticas y por otro su literatura, impecable. La fiesta del chivo, para nombrar una sola de sus magníficas novelas, no tiene estrictamente nada que ver con sus conceptos civiles. Me quedo con su literatura. Esas son las dramatis personae de todo momento de nuestra América y particularmente de este presente luminoso que vino para quedarse, incluso con sus desconstructures.
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