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Dime cómo te mueres y te diré quién eres

Roberto Hernández Montoya

Caracas, domingo 19 de marzo de 1995

Roberto_y_Hannah
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia
, Caracas, Venezuela.

Cambiar la muerte es cambiar la vida
Edgar Morin

O, como decía Heidegger, el hombre es un ser-para-la-muerte», y Unamuno que el hombre es el único animal que entierra a sus muertos o el «morir, dormir, tal vez soñar» de Hamlet o que la muerte, lo más natural del hombre, dice el mismo Edgar Morin, es también lo más imbuido de símbolos, de discursos, es decir, lo más cultural, junto con la reproducción y la alimentación. Y Óscar de León: «Ahora nadie se muere de amor».

La muerte es un fenómeno definitorio del que el hombre no se repondrá nunca, con sus aparatos ceremoniales o sus catedrales intelectuales para recubrirla, como las ostras con perlas un cuerpo extraño.

La muerte es inconcebible, el máximo disparate y también la máxima sensatez, si se la compara con el disparate todavía mayor de la inmortalidad. Por eso nacimos con la muerte a cuestas. La representación de la muerte transcurre por cada espacio del tejido social y le da forma y sentido.

No se trata de volver al viejo universo español que determinaba otrora entre nosotros, sus herederos, un duelo perpetuo y solemne, en que la muerte era el espectáculo por excelencia y los lutos se superponían unos a otros como capas arqueológicas. Venía «el hombre de las sillas negras» , se sustituían las cortinas de colores por colgaduras negras y el retrato del finado se atravesaba con una banda negra. Ese patetismo católico, en su versión española, no nos dejaba vivir porque convertía la vida entera en prefacio de la muerte, umbral de la «Verdadera Vida». Se vivía en la muerte, para la muerte, como Heidegger, porque nadie había descubierto la liberación que encontró aquel cantante de protesta alemán oriental —de cuando había una Alemania que era oriental y hasta democrática según parece—, que dijo: «Yo creo en la vida antes de la muerte».

Nuestro proyecto es otro: el respeto por los muertos implica el respeto por los vivos, que morir no sea una contingencia miserable de atracador drogado, ni un arreglo de oscuras cuentas, ni en una autopista sin elementales normas de seguridad o a manos de un policía sicópata. Que si nos toca morir en violencia, que al menos se nos permita la alternativa del héroe, para merecer los héroes, o que si vamos a morir en paz, que se nos permita la muerte del sabio y del digno, para merecer a los sabios y a los dignos.

Ya que no podemos evitarla, porque finalmente forma parte de la vida, que tengamos alternativas mejores que la muerte clínica o el asesinato sin relieve en el país que nos han hecho un puñado de audaces sin escrúpulos, asesorados por pragmáticos ineficaces.

Es un proyecto por el que vale la pena morir.


La pena de muerte en La BitBlioteca

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