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Los ejes de mi carreta El Nacional, domingo 31 de octubre de 1993, p. A-5
No solo cambiaron el diseño de las galletas Sussy y del Cocosette sino que hasta taparon el hueco que estuvo durante tantos años frente al Hotel Kursaal de Sabana Grande, en Caracas, un hueco que ya formaba parte de la Identidad Nacional. Uno iba por su Avenida Casanova y ya sabía que, pasando el Restaurant Soledad el mejor árabe de la ciudad, tenía que comenzar a hacer hábiles e inútiles contorsiones para evitar caer en aquel desnivel de alcantarillas, tan cuidadosamente colocado que era prácticamente imposible evadirlo. En realidad no era imposible, yo lo logré dos veces lo que se explica perfectamente, pues andaba descuidado. No así en las ocasiones todas las demás en que andaba pendiente del hueco. Tantas veces hizo uno maniobras que dejarían en ridículo a Fittipaldy que uno terminó por tomarle cariño a aquella súbita e inexplicable depresión de la calle. Uno se sentía como las moscas ante los vidrios: ante una súbita solidificación del aire. En este caso una súbita gasificación de la calle. Llegó un momento en que uno hacía las maniobras para evitar caer en el hueco solo porque formaban parte de un ritual cotidiano fundamental: uno arriesgaba su seguridad y la de los demás por el solo placer de sentirse ligado a un punto del planeta que hasta ha terminado por amar: las calles de Caracas, es decir, las calles de las ciudades todas del país. No hacerlo era sentirse negligente con lo que nos identifica más como nación: la imposibilidad científica, técnica, política, sociológica, cultural de
No sé, tal vez yo debiera ir a un siquiatra, porque finalmente son elementos de la vida de una persona que se van adquiriendo para siempre, como puntos de referencia, como el sabor del Ponche Crema o el de las galletas Sussy. Tal vez uno no los pruebe más nunca, pero sabe que están allí, uno cuenta con ellos, así como Ortega y Gasset dice que uno cuenta con que la calle está allí, y no se hace conjeturas sobre su existencia cada vez que va a salir de su casa. Es así como se van estableciendo las tradiciones. Aparece un hueco frente al Hotel Kursaal, un hueco nacido de la negligencia, de la incompetencia técnica, pero luego, dada su duración, va adquiriendo abolengo, tradición, solera, hidalguía. Uno cuenta con su hueco como cuenta con el cerro del Ávila, uno sabe que está ahí aunque nunca lo vea y mucho menos lo mire. Mantener el hueco allí es un proceso difícil, lleno de amor, hasta de abnegación, que hace que un funcionario lo haya cuidado de fuerzas hostiles por unos, diríamos, diez años, tal vez más. Y ahora viene de pronto un mequetrefe insensible y lo tapa, a cuenta de buen funcionario, así como así, sin ceremonia, sin ritual, sin duelo, simplemente viene y obtura no un hueco, sino una tradición, un trozo de cultura patria. Para tapar ese hueco se necesita, pues, el mismo grado de negligencia, o peor, un grado mucho mayor de negligencia que el que se necesitó para dejarlo aparecer hace más de diez años. Cuando apareció era un descuido, un momento de desidia, un azar: apareció como hubiera podido no aparecer, total, era un bache de tantos. Pero con el tiempo se fue ennobleciendo y era ya un mínimo monumento de esta ciudad sin Fuente de Trevi, sin Puente de Brooklyn, sin Big Ben, sin Rue Muffetard. Teníamos el hueco frente al Hotel Kursaal. Taparlo no era desidia simplemente, es más, quien lo reparó tal vez lo hizo hasta por un elemental sentido del deber, pero ese funcionario no se daba cuenta de que había también un país al cual el hueco del Hotel Kursaal lo hacía tener un sentido de la identidad, de mire, ese hueco es mío; de mire, las cosas son lo que son y tienden a perdurar en el tiempo; de mire, ese hueco es mi sentido de la vida, mi sentirme esto que voy siendo, ante un mundo que se empeña en que las calles sean un monótono carril de cemento, interminable y sin baches en donde no es posible oír el chirriar de los ejes de mi carreta.
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