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Elogio de Carlos Andrés Pérez

Roberto Hernández Montoya

Ca. 1993

Roberto
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia
, Caracas, Venezuela.

No me saquen de mi ambigüedad, que me confunden.
Richelieu

Tal vez nunca resonó con más precisión la trillada frase de Ortega y Gasset, «yo soy yo y mi circunstancia», como en el caso de Carlos Andrés Pérez.

Desde el comienzo de su carrera pública conocida, como Ministro del Interior, enfrentó esa mezcla de recreo con tragedia que fue la lucha armada, en el período presidencial de Rómulo Betancourt, su mentor y patrocinante. Pérez se empleó con todas las consecuencias de la situación trágica, arrostrando odios, muchos justificados por una violencia que es hoy una leyenda contemporánea olvidada, especialmente por quienes la padecieron. Pocas veces el país presenció aquella manera de conducir la represión. Los agentes de la Seguridad Nacional de Pérez Jiménez, dicen mis mayores, eran caballeros comparados con los digepoles (hoy disips), que llegaban sacando bebés de su cuna para despedazar colchones buscando metralletas castrocomunistas. Se lanzaba gente desde helicópteros en vuelo. Se instauró una crueldad creativa.

Después presidió un gobierno signado por la bancarrota de los ideales de 1936. Como para que no los tumbasen no era posible atender las añoranzas de la gente buena que «ama, sufre y espera», que había líricamente declamado Rómulo Gallegos, entonces se instauró «el cuánto hay pa eso», el «vamos a dejarnos de vainas» y «el que venga atrás que arree», que se quería resumir en el lema de «La Gran Venezuela». Los realazos dañaron todo lo que era dañabley empeoraron todo lo que era empeaorable en un hallazgo tal vez venezolano: la democratización de la corrupción. Todo eso lo presidió Carlos Andrés con un entusiasmo digno de Rimbaud, sin enfrentar el proceso sino más bien arrebatado por él.

En su segundo mandato le tocó administrar los escombros que dejó su primer impulso, y que continuó sin variaciones dignas de historiar durante los gobiernos (los llamo así por pereza mental) de Luis Herrera Campíns y Jaime Lusinchi.

No me corresponde ni tengo cómo determinar la veracidad de los rumores sobre su honestidad. Sí me corresponde anotar su heroísmo. No solo dejó que la circunstancia lo inundara con su fuerza atroz, sino que a la hora del peligro lo enfrentó en los dos golpes de estado de 1992 con singular denuedo, dispuesto a sacrificarse por el peor derrumbe moral de nuestra historia. Nadie puede llamarlo cobarde. Luego de dejar su yo enredado en los desplantes que Rómulo le enseñó a digerir, se inmoló a las circunstancias que le tocaron, sin importarle su decoro y su don de gentes. Fue una ofrenda aturdida ante procesos que requerían más de astucia, que a CAP le sobra, que de lucidez, de que carece casi del todo.

Cierto que «yo soy yo y mi circunstancia», pero también soy yo, por favor. Más de un lío me ha causado negarme a ciertas circunstancias. Pero en peores jaleos se mete uno dejándose arrollar. Destituido casi en su primer gobierno, detestado siempre, destituido en su segundo por un caso en que, me perdone la Corte, pero la Moribunda me sigue autorizando a considerarlo un disparate jurídico.

Carlos Andrés Pérez no deja espacio para la curiosidad porque todo lo deja claro. Solo quisiera ahora saber qué modo va a encontrar para dejarse arrollar por las actuales circunstancias.


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