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A mí me gustó Letras, 8 de julio de 1999
Dígame eso: un tipo se solla leyendo libros de caballerías y sale a dar la cómica con un gordo tragón por los caminos de La Mancha y eso y que es una gran obra maestra, qué bolas. Y esto otro: una tipa se casa con su cuñado después de que los dos dejan en la carretera al marido de ella. El hijo de la tipa empieza a hablar pistoladas por los corredores y al final hay una matazón. Y eso dicen que es una gran genialidad. Dos chamos salen de brejeteros a enamorarse sabiendo que sus familias no se pueden ver y se terminan matando y dejando otro muertero por el camino. Ajá, ahora dime tú dónde está la gran cosota. Y no te pierdas al tal Beethoven: «Popopopón» y ya está, la gran vainota. Parecido andan diciendo algunos intelectuales sobre Episodio I: la amenaza fantasma. El guión no es la gran cosota, con ese realero cualquiera hace trucos espectaculares, las ciudades son venecianas, la reina es una emperatriz japonesa, los personajes son esquemáticos y los actores más aún. Pero ¿qué estamos juzgando? No creo que Lucas se haya propuesto competir con Ingmar Bergman o con el Ulises. Se propuso hacer una película de aventuras de más ficción que ciencia, interplanetaria y tal, algo bien conocido y con reglas bien divulgadas desde el famoso Viaje a la Luna de Georges Méliès, por allá cuando el cine mudo. Para convencernos de que estamos lejos, bien lejos en la Galaxia, tiene que cundir una multitud de embustes visuales que hogaño llaman efectos especiales. Estos han desplazado a los actores en el estrellato. La gente no va a ver The Matrix porque ahí se hace una especulación sobre el idealismo solipsista de Berkeley, ni por la actuación genial de Keanu Reeves sino porque este hace unas cosas que nadie puede en la vida real. Algo parecido pasa con la saga de La guerra de las galaxias. Poco interés filosófico, y menos teológico, ofrece la discusión sobre el Lado Oscuro de la Fuerza, o el misterio de los personajes, o la telenovela del padre enemigo de su hijo, con quien se reconcilia en el final feliz. Todo eso llama la atención porque está vaciado sobre un clima de efectos alucinantes. Mi hijo Rodrigo, cuando tenía un año de edad, dispensó dos horas y pico de su corta vida de entonces a mirar sin moverse, de pie, en televisión, el cuarto episodio de la historia. Por primera vez dedicó tanto tiempo a algo, cosa insólita en niños de esa edad. Algo vio que ya no recuerda y en aquel entonces no podía explicar. Conjeturo que serían los trucos, los muñecos, los robots, las naves, en fin, los juguetes semovientes. Lucas ha creado una cosmogonía contemporánea. No sé qué ventura tendrá andando los años, pero por ahora no le está yendo mal. La música, las imágenes, la historia maniquea (¿qué historia de aventuras no es maniquea?), el vestuario, la ambientación, la banda sonora, los conflictos elementales arman una Gestalt que causa un embeleso que nadie puede explicar. El embeleso del mito, bastante menos mediocre que muchos de sus críticos.
Otras obras y artículos del mismo autor Roberto Hernández Montoya es Licenciado en Letras de la Universidad Central de Venezuela, Jefe de Redacción de Venezuela Analítica, Director de La BitBlioteca; miembro de las direcciones editoriales de Venezuela Cultural e Imagen; columnista de El Nacional, Letras, Imagen e Internet World Venezuela. Cursó estudios de análisis del discurso en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, París. Fue Presidente fundador de la Asociación Venezolana de Editores y Director de la Editorial del Ateneo de Caracas. |
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