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El erotismo histórico: Helena, Cleopatra, Mónica Letras, jueves 7 de enero de 1999
Ciertas mujeres han dado mala prensa al gremio y alimentado la misoginia, tan humana como ellas, a pesar de la tesis precisamente misógina de que «mujer no es gente». Han metido las sábanas en la historia. O viceversa. Dos de las heroínas de este artículo son personajes reales. La otra es mítica y por tanto impecable: Helena, la secuestrada. José Ángel Ciliberto opinaría seguramente que ella fue anuente, pues según él dijo cuando era ministro de Relaciones Interiores, «a las mujeres les gusta que las secuestren». Parece mentira que alguien así haya llegado a Ministro del Interior. Paris está de lo más tranquilo con sus ovejas cuando se le presentan tres diosas para que elija a la más bella. Nada menos que las tres diosas mayores. Según el poético chisme, nadie invita a Discordia al matrimonio de Peleo y Tetis, padres de Aquiles, el de los pies ligeros. Todos pensaron que otro la había invitado y así fueron relevándose unos a otros la responsabilidad de la invitación. Enfurecida por el desaire, Discordia, gemela de Marte, lanza en medio de las mujeres y las diosas una manzana de oro y dice: Para la más bella.
Genial. Las mortales y las diosas menores se retiran prudentemente. Quedan solo las tres más potentes: Afrodita, Atenea y Hera. Deciden someter el grave veredicto a un mortal, Paris, a quien intentan sobornar, mala maña tan vieja como la humanidad. Atenea promete a Paris triunfo bélico; Hera hacerlo rico; Afrodita va al grano: la mujer más bella. Varón débil, Paris acepta el unto de Afrodita. Pero tampoco es que Afrodita también llamadaVenus se la va a traer; él tiene que poner de su parte. Hay un problema que dificulta pero no impide: la futura Helena de Troya es una señora casada. Paris la secuestra y arde Troya. Los caudillos aqueos han jurado ante Estigia socorrer al cornudo. Así lo exigió el padre de la núbil cuando todos se la disputaban. Que decida ella con quien casarse, pero antes todos se comprometen a apoyar al elegido, sea quien sea. Paris ofende a su anfitrión Menelao, el cornúpeta esposo, lo que es pecado capital en aquellos tiempos primordiales. El chisme es largo y bello, aunque insinúa que la feminidad es insalubre.
En fin, si hay mujeres arañas que han enlodado la reputación de su sexo, debiéramos considerar también que hay varones que han dejado bien mal parado el suyo.
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