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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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Fumadores y gordos: ¡temblad!

Domingo 8 de setiembre de 1991

Roberto
Con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia, Caracas, Venezuela.

Hubo una época en que no ocurría nada malo que no fuese achacado a la «judería internacional», a la «rémora racial», a la «conspiración bolchevique» o «plutocrática». Así el fascismo ordinario. Así el stalinismo.

Pero hemos progresado. El fascista moderno se sentiría rayadísimo persiguiendo a negros, comunistas y judíos. Si están hasta de moda, ahora que entre Colin Powell y Nelson Mandela agotan el espectro político, desde la ultraderecha hasta la ultraizquierda; ahora que los judíos tienen a sus propios judíos: los palestinos; ahora que los burgueses son la Izquierda y los ñángaras la Derecha; y ahora que ya no se consiguen stalinistas de los buenos porque casi todos son neoliberales.

¿Qué hacer?, como preguntaba Lenin.

A alguien habrá que perseguir a sangre y fuego. Hay gente a quien la idea de un clima de cordialidad o, peor, de igualdad, fraternidad y libertad, parece ridícula y contraria a la naturaleza humana. Pues bien, no desesperéis, humanos, demasiado humanos, los hemos hallado: no hay en esta sociedad contemporánea nada más culpable y más abominable que un fumador y un gordo. Y no sé cuál es peor. El fumador inficiona con su humo a todo el mundo, pues, como el apestado, contagia su enfermedad perversamente. El gordo, por su parte, afea el ambiente y ofende con el más capital de los pecados: la gula. (Como la corpulencia es subjetiva, llámase ‘gordo’ a cualquiera que a uno le dé la gana de acusar de tal, por flaco que sea).

He visto a personas de muy buena condición retirarse de donde hay un fumador. Las he visto amargarle la cena a un rollizo. Pero nunca vi a ninguna de esas personas ausentarse para evitar a un notorio corrupto o alguien que haya traicionado a sus amigos, sus ideales o sus principios. Es más, las he visto apoyar con entusiasmo a famosos asesinos para cargos públicos de delicadísima responsabilidad.

No hay nada peor: un drogadicto, por ejemplo, es un enfermo que requiere ayuda. El corruptor de menores de Petare seguramente pasó desapercibido porque no fumaba. Hasta flaco sería. El borracho es un tipo simpático y nadie siquiera lo zahiere por amenazar con causar tragedias en el volante. Feo es fumar.

Estas ideas me las inspiró un amigo, pero darle aquí su crédito equivaldría a una delación, pues es gordo y fumador. No logra esconder el protervo estigma de su corpulencia, aunque sí oculta su nefando vicio tabáquico en el baño de su casa. En la oficina no se atreve a fumar, pues la policía antitabáquica lo persigue, olisqueando el tufo execrable. Pero las prohibiciones avanzan tanto que pronto no podrá fumar ni en el baño de su casa. Últimamente lo he oído balbucir no sé qué cosa sobre los anacoretas.

La policía antitabáquica es casi siempre gente que se baña con agua fría y se levanta de madrugada. Y considera esas prácticas grandes virtudes. En realidad lo que pasa es que no suele tener otras y entonces se dedica a ganar adeptos repitiendo estas necedades: «Comer carne es comer cadáveres» (como si comer matas no fuera comer cadáveres de matas, o como si devorar al animal vivo fuera mejor que tragarlo muerto); «el agua fría estimula la circulación» (concepto que no discuto porque ni siquiera lo entiendo); «levantarse al alba hace rendir el tiempo» (¿será que Einstein, entre tantas cosas raras, dijo que el tiempo de madrugada es más largo que el de las 5 de la tarde o de las 11 de la noche?; no sé, pero siempre me inquietó la pregunta de Borges: «¿Por qué es tan triste madrugar?»).

Es un paradigma puritano que forma parte del pequeño fascista-stalinista que todos llevamos por dentro. El ser humano es incorregible: necesita siempre una bruja que cazar. Ahora les está tocando el turno a los fumadores y a los rebultados. Sobre todo en estos días anglicanos, vegetarianos, higiénicos, ascéticos y farisaicos, es decir, sin berro, sin vida y sin amor.


Pablo Antillano, Homeless
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