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La gramática ignorante 

Roberto Hernández Montoya

20 de abril de 1997
Ver
La Real Academia tiene mala ortografía
Gabriel García Márquez,
Botella al mar para el dios de las palabras
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Este texto forma parte de la serie La gramática imaginaria


Con sus hijos Hannah y Herman en Coro,
Venezuela, agosto de 2000.

La reciente incursión de Gabriel García Márquez por la gramática ha sido infortunada, aunque no tanto por él como por las reacciones que ha suscitado. Ello se debe a que el lenguaje es uno de los fenómenos humanos de más difícil inteligencia. Lo hablamos, lo usamos, lo entendemos (con frecuencia), y lo desconocemos.

La ortografía es un artificio que en español tiene al menos dos restricciones contradictorias: la etimología y la pronunciación. El castellano es relativamente más «fonético» que el inglés, el ruso o el francés. Es decir, las letras hispanas parecen corresponder más a lo que oímos que las de esas lenguas. Pero aun así tenemos una sola, la s, para expresar lo en Venezuela, por nombrar un solo país, corresponde al sonido silbante común, la aspiración, la omisión y una s «sonora», que no es este el lugar de describir.

Pero siendo tan seria, según me han asegurado, la Real Academia no es consistente: manda a escribir mover con v y mueble con b aunque tienen la misma raíz, el verbo latino movere, cuya v no sonaba ni como la v ni como la b actuales, que en todo caso son iguales para nosotros. Son arbitrariedades que exasperan, salvo a los académicos. En inglés es peor: escriben jail y gaol y luego las pronuncian igual.

Se toma la protesta de García Márquez como si se tratara de un lingüista que acaba de meter la pata. Tal vez no lo hizo debidamente y alarmó al proponer abolir el celo ortográfico, halgo inpocivle porke ci ezkribimoz cin hunidad hortografika hovligamos ha loz demaz ha lehernoz letra por letra, komo lo demueztra heste troso. Me indignó la norma académica cuando mi hija, aprendiendo las primera letras, escribió ce queriendo decir que. La ortografía, convengo, es en última instancia cuestión de cortesía. Que debiera comenzar por casa, simplificándola como proponía Andrés Bello, entre otros, como ahora García Márquez.

Pero la reflexión académica termina embruteciendo a la gente hasta el punto de inventarse una gramática imaginaria que no tiene nada que ver con lo que la gente habla. A los ejemplos nombrados por García Márquez podemos añadir la lucha académica contra molinos de viento como el plural de haber, cuando gente culta y más de un competente lingüista dice que *habían muchos problemas, en lugar de había muchos problemas, como manda la «norma». La ley, diríamos más bien, que, como tantas leyes, no se cumplen porque no se puede. Pero los académicos se inventan lo que Aníbal Nazoa ha llamado «gramática de invernadero», creación sin imaginación que se entresaca de cierta habla madrileña, reflexiones fatigosas y citas de Cervantes.

Alusiones inconvenientes, porque el Manco era, entre otras cosas, un entusiasta dequeísta, lo que no sería tan embarazoso si no hubiera sido también un despreocupado queísta. Pero así como han inventado un Cervantes angelical —hasta casto era—, han inventado que era un escrupuloso gramático.

¡Menos mal que, como Cervantes, no les hacemos caso! ¿Han observado qué feo escriben la mayoría de los académicos y casi todos los linguistas? Encima, nos imponen dietas verbales que ni la que le recetaba a Sancho el doctor Pedro Recio Tirteafuera. Uno tiene que someterse a sus atascadas neurosis y no podemos usar las queridas palabras de la calle porque no están en el Diccionario de la Real. Ante esa calamidad me quedo más con la «metida de pata» de García Márquez que con una gramática que, amén de imaginaria e ignorante, es terrorista.


Este texto forma parte de la serie sobre lenguaje presentada en
Gramática imaginaria

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