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 Caracas, Jueves, 09 de febrero de 2012
 

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Cómo hablar con un político

El Nacional, domingo 8 de noviembre de 1992


Con sus hijos Hannah y Herman en Coro, Venezuela.

El discurso político venezolano se ha configurado en cuatro principios elementales de mala fe, facilísimos de refutar. Con ellos el político habla con lengua de palo y es imposible sostener diálogo alguno con él, porque no hace sino repetir la misma salmodia. No es, pues, reformable, es decir, no tiene remedio, como ha demostrado la Copre. Es, por cierto, la misma estructura del chantaje stalinista. Así:

Primera mala fe: La Democracia soy yo. Y por eso no me puedes criticar. Como decía Stalin: El socialismo soy yo. Así hablan todos los totalitarios. De aquí se derivan las demás:

Segunda mala fe: Criticar el régimen es dar armas al enemigo. Es lo que decía el camarada Stalin. El político dice: La culpa de la indignación contra los corruptos la tiene la prensa; es decir: los verdaderos corruptos son los que denuncian la corrupción; no los corruptos mismos, etc. Cuando botaron a una periodista de una televisora por confundir a Blanca Ibáñez con la primera dama, Andrés Eloy Blanco (me refiero al gris) pronunció esta forma infinita de la mala fe: «Esa periodista ofendió la majestad de la Presidencia». Es decir: ofender esa «majestad» no era que el Presidente pusiera el Estado en manos de su querida, sino que eso se nombrara. El régimen es, por tanto, incriticable, como Dios.

Tercera mala fe: Después de mí, el Diluvio. El Diluvio es para el político una dictadura. Para el stalinista es el restablecimiento del capitalismo. Ambos fines son el Mal Absoluto. Si un campesino soviético se muere de hambre por la colectivización forzada de las granjas mientras el campesino capitalista tiene un alto nivel de vida, no hay problema: el bien capitalista es relativo, mientras el socialista es absoluto. De ese modo el obrero hambriento en el socialismo está mejor que el obrero harto en el capitalismo, porque el socialismo es un Bien Absoluto, mientras el del capitalismo goza un bien relativo y vive en un Mal Absoluto. Así habla el político: la Democracia ha producido desmoralización general, desmantelamiento del Estado, ruina económica, etc., pero eso, dice el político, es mejor que una dictadura.

Cuarta mala fe: El que me critica es un bellaco. Un asesino, un gorila, un lacayo del Imperialismo, un renegado, un agente de la CIA. Los «notables» piden renuncias y entonces uno de ellos, Arturo Úslar Pietri, era medinista, lo cual, de paso, no veo qué tiene que ver con la renuncia de la Corte. Hasta la cédula le piden. El Fiscal acusa a Antonio Ríos y entonces lo que el Fiscal quiere es ser Presidente. El súbdito es libre de pensar como quiera, siempre que piense como Stalin o como Morales Bello.


Pero ya la gente se escapó:

El discurso stalinista solo puede funcionar entero. Por eso el Muro de Berlín se cayó entero y de un solo golpe. El stalinismo —esta Democracia es stalinista, como ha dicho Manuel Caballero— no se cae a pedazos sino que se desmorona de una sola vez. Y es posible enfrentar discursivamente la beatería seudodemocrática, así:

Primera refutación: es mentira que criticarte es dar armas al enemigo, porque el enemigo eres tú.

Segunda refutación: es mentira que después de ti el Diluvio, porque el Diluvio eres tú y por esa vía igual da una dictadura.

Tercera refutación: la Democracia no eres tú, porque la democracia no es un ente, sino un proceso, «la democracia es una manera, no un objetivo en sí mismo» (Cabrujas). No tiene sentido defender una entelequia, porque democracia no es esto, sino participar en las decisiones, quien quiera, cuando quiera, y no votar por colores cada cinco años. Democracia no es la palabra inane de los políticos, no es voy a darte, sino aquí tienes. No es anunciar que vamos a echar a patadas a los corruptos del partido, sino echarlos sin decir nada.

La cuarta mala fe no merece ni refutarse.

Ahora revisemos el otro discurso totalitario: el del Salvador de la Patria. Digo, por si acaso:

El discurso dictatorial parte de las mismas premisas de mala fe: la Patria soy yo, ergo criticarme es criticar a la Patria, ergo después de mí el Diluvio, ergo quien me critica es un enemigo de la Patria. Pero hay una modificación de este código: el dictador añade una quinta mala fe, que, de paso, es un corolario de las otras cuatro:

Quinta mala fe: Yo sé mejor que tú qué te conviene. Debo, pues rescatarte de ti mismo; por la fuerza, pues la libertad conduce al libertinaje. O como decía el arquitecto fascista catalán Antonio Gaudí: «El que manda debe ser uno solo y no debe discutir con nadie, pues de la discusión no surge la luz sino el amor propio». Según esta lógica, el Estado solo se salva si hay orden, lo cual viene siendo cierto, pero con límites, que son los que el dictador ignora, pues, para él, el Estado es el mundo. El problema es que para el dictador el orden va más allá del buen funcionamiento del Estado y termina decidiendo desde qué películas se pueden ver hasta qué hora pueden dar los relojes. Como aquel jefe civil de un pueblo del Brasil, que abolió la Ley de la Gravedad porque un ingeniero le dijo que cierta construcción era imposible a causa de ella.

Esto nos lleva a una conclusión estratégica de importancia: esta seudodemocracia y la dictadura son variantes del mismo fenómeno totalitario. En fin de cuentas eso, de hecho, es lo que está percibiendo la gente del Cacerolazo, es decir, la gente.

Yo no sé si todos los golpistas degeneran en dictadores. Pero es siempre una posibilidad, mejor dicho: una tentación. Somos primates, y el poder nos fascina, y si es absoluto nos corrompe y finalmente enloquece —literalmente. Lo primero que le pasó al comunismo fue que tuvo que salvarse, para lo cual debió suprimir las disidencias en el seno del partido, aplastar a los marineros de Kronstadt porque eran demasiado revolucionarios, suprimir a los Socialistas Revolucionarios porque pusieron una bomba al embajador alemán y encarataron la paz de Brest-Litovsk, etc. Así, poco a poco, de giro en giro, pasaron del futuro radiante al gulag. Así, de giro en giro se pasa del Sermón de la Montaña a Torquemada. No es nada nuevo, por cierto.

El asunto está en saber si ambos discursos son posibles en el contexto discursivo de la noche del Cacerolazo (10 de marzo de 1992), el discurso de Fuenteovejuna. Esto es: la gente descubrió un nuevo mecanismo, que no es más que una versión muy refinada del 27 de febrero de 1989. Así:

  1. No hay convocatoria visible y, por tanto, no puede haber persecución de los dirigentes. Dirigente puede ser cualquiera y como no es un individuo no puede ni corromperse ni desprestigiarse. A los políticos que dicen (Cuarta mala fe) que lo del 10 de marzo fue conspiración, se les debe preguntar: si la gente hubiera sido convocada por algún dirigente, es decir, por un político, ¿hubiera hecho el Cacerolazo? El argumento de la conspiración es doblemente inepto, pues si alguien tuviera esa capacidad de convocatoria, ya estaría en el poder.
  2. No pueden reprimir a los insurrectos porque no tienen poder genocida para poner preso ni matar a un país entero. Cuando los políticos tienen ese poder lo ejercen. Pol Pot, Stalin, los que exterminan armenios, kurdos, indígenas americanos, judíos, africanos, etc. Aquí en Venezuela no tienen ese poder.
  3. No hacen falta los partidos, porque las gentes se convocan entre sí.
  4. Por razones que la sociología tiene el deber de explicar, la organización es impecable. El 10 de marzo no hubo un lugar en donde no sonaran las cacerolas —perdón, sí hubo uno. Y al mismo tiempo.

Como el 27 de Febrero, que ocurrió sin convocatoria, sin medios de comunicación y sin organización institucional. La radio y la televisión apenas informaron del asunto brevemente el mediodía del 27. Solo el Canal 8, del Estado, informó de los sucesos a las 8 de la noche y los demás canales después de las 10. De modo que no fue el «efecto de demostración de la televisión», pues en primer lugar, antes de que la televisión informara, ya había saqueos, en segundo lugar porque eso haría suponer que toda la gente que saqueó vio la televisión. En tercer lugar, hubo saqueos en pueblos en donde no hay electricidad, y, por tanto, no hay televisión.

¿Cómo se produjo este fenómeno, que, además, se dio en todo el país? En otras partes ha habido saqueos, Santo Domingo, São Paulo, Buenos Aires, Inglaterra, Atlanta y otros lugares, pero nunca simultáneamente en todo un país y con tanta unanimidad. Que yo sepa, el 27 de Febrero es un fenómeno original en su unanimidad y simultaneidad. El asunto es que puede darse una situación en que las sociedades acumulen grandes cantidades de pequeñas fuerzas que alcanzan en un momento una masa crítica que estalla con una sola y formidable fuerza y en un solo instante: caída del Muro de Berlín, Toma de la Bastilla, Octubre de 1917, 23 de Enero de 1958 en Venezuela, saqueos a la muerte de Juan Vicente Gómez.

Por otra parte, por ser súbito y explosivo, no fue menos organizado, es decir, sin tener detrás una institución partidista o de otra naturaleza, hubo una inteligencia del fenómeno: casi no se saquearon farmacias, librerías, joyerías, bancos. Principalmente se saquearon ventas de ropa, comida y electrodomésticos, es decir, las que satisfacen necesidades primarias, casi se diría fisiológicas. Igualmente se dio el caso de gente que acordonó negocios para que no fueran desvalijados, porque sus dueños «son panas» (‘amigos’), porque prestaban dinero, no conminaban a pagar deudas, daban crédito, etc., y, sobre todo, tenían una relación amistosa con la gente. No hubo asaltos a residencias particulares —aunque eso se temió a partir del 1º de marzo aproximadamente y la clase media se parapetó armada en sus casas y edificios, esperando la acometida de los «monos» (‘pobres’). Ciertamente la clase media estuvo muy entusiasmada entre el 27 y el 28, pero luego dio marcha atrás. Está visto, como dice Aníbal Nazoa, que la clase media «se medio compromete cuando medio le conviene». No hubo mayormente agresión a edificios de partidos políticos, gremiales o patronales (el edificio de Fedecámaras fue amenazado, pero el grupo de motorizados que lo hizo no concretó ninguna acción). No hubo asalto a medios de comunicación, ni a puestos policiales o militares.

Hubo, sin embargo, una fuerte y coherente, que no organizada, participación de motociclistas, de policías que aparejaron los saqueos, de malandros que iban de santamaría en santamaría reventándolas con una pata de cabra. Y que luego, cuando el ejército ametralló y allanó los barrios —que es la principal vocación de todo ejército latinoamericano—, los malandros mostraron una gran pericia de combate, así como un armamento ligero que no le iba en zaga al armamento equivalente del ejército. Ello haría idealmente posible la estructuración de un aparato paramilitar de gran poder de fuego.

Pero ello no es posible: los dispositivos sociales de respuesta al Estado están desvencijados, pues han sido cooptados todos por el Estado. No ha habido un solo político de oposición que en mayor o menor medida no haya pactado algo con el Estado, directa o indirectamente, con el consiguiente desprestigio. Ninguno de los modos de protesta que fueron convocados por los partidos tuvo consecuencias similares: el Pitazo fue considerablemente más débil que el Cacerolazo y nadie puso trapos negros junto con la bandera el 19 de abril.

De todos modos la santabárbara esta allí, lista para reventar de nuevo, quién sabe cómo. Estamos encerrados en un cuarto oscuro con una olla de presión sin espita. El problema no es si la olla va a estallar o no va a estallar, sino cuándo y hacia dónde. La inanidad de los políticos es tal que no hay modo de que razonen diez segundos. No entienden sino de congelar el precio de la gasolina y acaparar cínicamente para sí un cacerolazo que era explícitamente contra ellos. Estamos ante lo que los físicos teóricos llaman una «singularidad»: políticamente puede pasar cualquier cosa, entre ellas ninguna, que sería, por cierto, la peor.

El problema es de fondo y no son ellos quienes pueden enfrentarlo. La actual Democracia no puede corregir la corrupción y la ruina económica porque ambas le son consustanciales (nota para los que dicen que son excepcionales: si lo fueran, ya habría habido al menos un corrupto preso). El corrupto no es una excepción, sino la regla. No es posible meter presos a quienes tienen que ir presos porque quienes los van a meter presos son los que deben ir presos. Esta especie de Democracia no puede quitarse la escalera porque no puede agarrarse de la brocha. Y aun en la hipótesis delirante de que se entregaran, ¿a quién se van a entregar? Además, los partidos políticos son grandes burocracias que tienen un personal enorme, así como anchurosos gastos de funcionamiento, de publicidad, de locales, de transporte, de alojamiento, de soborno, etc., que tienen que ser financiados por el Estado, que es el único que dispone de tal masa de capitales. De modo, pues, que la corrupción no es la conducta de dos o tres pícaros que pudieran controlarse policialmente.

¿Podemos contar con la madurez política del 10 de marzo cuando ocurrió el Cacerolazo? ¿No vamos a incurrir en el proceso que hemos vivido desde que tumbamos a Pérez Jiménez, cuando hemos pasado neuróticamente de repudiar a alguien para luego ensalzarlo y luego volverlo a repudiar? Así se hizo con Pérez Jiménez: fue derrocado de modo infamante en 1958 y no habían pasado diez años cuando fue ungido por medio millón de votos. Así pasó con el actual Presidente (Carlos Andrés Pérez), exaltado en 1974, execrado en 1980, vuelto a exaltar en 1988, golpeado y caceroleado ahora. Y tal vez, sí, termine saliendo en hombros, tal como él anunció al comienzo de su período.

La cosa depende de los que no se han hundido en este tremedal de Copres, claudicaciones y arribismos. ¿Dónde están, por cierto? ¿Existirán? Pero, si existen, da miedo que luego se vuelvan Salvadores de la Patria, como Piñerúa. O Caldera...


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