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Contrateoría del poder Poder con humor se paga Edición Aniversaria (titulada «Tierra de Gracia») de El Nacional, 4 de agosto de 1985
a) si el humorista produce humor y el público no ríe, no hay acto humorístico; b) si el público ríe, se burla entonces de aquella seriedad recóndita y fundamental que el humorista respeta sobre todas las cosas, con lo cual el hecho humorístico desaparece para devenir chacota. Escolio: Propongamos un ejercicio: un chiste sobre el «bono alimentario» para los pobres planteado en el contexto de Vinicio Carrera siendo Ministro y Nerio Neri Presidente de CANTV (véase proposición número 1,31). La gente va y puede que no se ría, o porque el chiste es malo o porque el tema es muy serio o porque la gente es así. No hay entonces acto humorístico. O bien la gente va y se ríe, porque también la gente es así. O porque el chiste es bueno y/o porque el tema, con ser tan serio, da risa. Entonces el humorista dice Pedro León Zapata se indigna con la profunda indolencia del género humano, que se ríe de un chiste dirigido contra algo tan tierno como un bono alimentario que quién sabe si hasta fue idea del propio Vinicio. 0,1 El humorismo produce una risa sin lugar posible porque es la variante más conmovedora de la compasión. Escolio primero: Baudelaire sobre la Revolución de 1848: El cañón truena. Los miembros vuelan. Se escuchan los gemidos de las víctimas y el rugir de los sacrificadores. Es la humanidad que lucha por su felicidad. Escolio segundo: «La verdad es demasiado cruel para decirla sin hacer reír» (Claude Roy). 0,2 El hecho humorístico es místico por cuanto como Dios para el creyente es tan inaccesible como irrenunciable. 0,3 El humorismo tiene lugar solo en los márgenes de la existencia, en la medida en que renuncia a instaurarse como poder. Escolio primero: «Para establecerse en el mundo hay que parecer estar en él establecido» (La Rochefoucauld). El humorismo, para ser tal, no debe estar establecido en ninguna parte. Ni parecerlo. Escolio segundo: Volvamos a la primera presidencia de Carlos Andrés Pérez quiero decir, imaginariamente: todo el mundo se reía, o celebraba, los chistes de Luis Herrera desde la oposición, pero luego los chistes que Herrera hizo como Presidente contra la nueva oposición se revirtieron contra él, desde el ruido de la hierba al crecer hasta los «profetas del desastre», como él llamaba a los críticos que, precisamente, predijeron el desastre que produjo su gobierno. Algún general mexicano, cuenta Diego Rivera, declaró cierta vez que la Revolución había degenerado en gobierno (ver Cómo evitar que la revolución degenere en gobierno). Así, parafraseando, diremos que, cuando se instala a mandar, el humorismo degenera en poder, entonces muere porque causa solamente ira. 0,4 El humorismo es una risa tan inevitable como insostenible, es decir, dramática. O trágica. Escolio: En su novela Fiebre, Miguel Otero Silva cuenta la brevísima tragedia de un negro barquisimetano que antes de atacar un pueblo le grita al estudiante metido a montonero: ¡Ah, bachiller! Voy un fuerte a que a usted lo matan primero que a mí. El humorismo juega con los recursos de la lógica, buscando las antinomias, las paradojas y demás inconsistencias para detectar con ellas las situaciones ridículas. La del negro barquisimetano, satreanamente hablando, era absurda; sabía que iba a morir porque era una operación desesperada, suicida, pero no tenía alternativa y apostar a la vida era aun más ridículo que apostar a la muerte. No menos ridículo, aunque sí bastante menos trágico, fue algo que sucedió también entre estudiantes de la Universidad Central de Venezuela en las vísperas de la intervención militar de Caldera contra su propia universidad en 1970. Un grupo de revoltosos se había apostado en la entrada de la Plaza Venezuela. Tan intensa sería la refriega, que había pasado el mediodía y ahí seguía la barricada, sin el paréntesis acostumbrado del almuerzo, y todo el mundo estaba cansado y, más aún, fastidiado, ya a las seis de la tarde, de tomar el Cielo por asalto. Avanzaban y retrocedían policías y estudiantes al vaivén de lacrimógenas, peinillas y, también, balas, porque en ese quinquenio presidencial hubo 40 estudiantes muertos a tiros, como cacería menor. Es decir, asomar la cabeza podía tener consecuencias mortales. Esa vez, sin embargo, no había habido consecuencias tan drásticas, ni siquiera heridos había. Entonces, el más aguerrido bachiller de aquel proceloso combate, delante de cientos de policías dispuestos a matar, se levantó sobre la barricada, heroicamente, ofreciendo un blanco tan perfecto como el que ofrecía medio siglo atrás el negro barquisimetano, y, dirigiéndose a los policías, les gritó vehemente y sudoroso estas aladas palabras: ¡Ríndanse, coños de madre, ríndanse! La risa general que provocó, homérica, consiguió lo único lógico que cabía en el momento: disolver la barricada y seguirla al día siguiente, porque lo solemne tiene algún pasadizo no demasiado secreto hacia lo ridículo. 1. El poder sostiene el sentido de las (sus) palabras por medio de una amenaza de violencia sin palabras (cf. Louis Marin, le Portrait du Roi, París: Minuit, 1981). Cuando el poder dice: «La justicia es la injusticia» (Pascal, Pensées), señala el cerco que tiende; desafiarlo discursivamente, sin contar con un poder alternativo, es incurrir en un acto de ridiculez. Escolio:
b) no se podía jugar dominó de noche porque lo prohibía una policía tenebrosa llamada La Sagrada, para torturar también a los que aún no estaban presos en La Rotunda, la Bastilla del régimen. Así, los subversivos más peligrosos de entonces, Job Pim, por ejemplo, también llamado Francisco Pimentel, jugaban moviendo las piezas sobre periódicos, para no hacer ruido. Así y todo, una noche los sorprendió La Sagrada en desobediencia civil tan temeraria. Uno de los chácharos, como llamaban entonces a los esbirros que hogaño llaman sapos, increpó entonces al Jobo Pimentel: Dese preso, joven, que usted tiene cara de ser el principal. No, señor agente, yo soy el Pimentel respondió el interpelado. Razón por la cual, cuentan también los antiguos, metieron preso al Jobo durante varios meses. Porque el humorista no puede aguantarse de decir un chiste aun a riesgo de caer en manos de La Sagrada. 1,1 Ejercer el humorismo es preferir la ridiculez a morirse de terror.
¡Hasta en sus iras se parece al Libertador! Guzmán, el Ilustre Americano, el Autócrata Civilizador, que en esto del halago era tan mediocre como cualquiera, lo distinguió desde entonces con su privanza y sus favores y procedió más bien contra el chismeado. He visto de cerca a aduladores así y he sobrevivido. Me consta que su presencia produce una mezcla radicalmente caótica de ira y risa, porque en vez de abrazar el humorismo y desafiar al poder, sin poder, bañándolo por tanto con su propia ridiculez, esta gente prefiere morirse de terror y hacer ella sola el ridículo que le tocaba hacer al poder. Solo hay algo más ridículo que el poder: la pobre gente que le sirve y se identifica con él sin poseerlo y causa entonces la misma risa sin lugar, incómoda, torpe y destructiva que se dice en la proposición 1. Escolio del escolio: 1,11 No se puede vivir sin honor porque entonces no se vive la vida propia sino una vida ajena cualquiera. El honor no es un principio ético sino la única variante estética del egoísmo. Escolio: Durante el gobierno de Joaquín Crespo, ocupó lugar prominente Telmo Romero, a quien Ramón J. Velázquez ha llamado el Rasputín criollo. Este charlatán, después de curar milagrosamente a una hija de Crespo, consiguió ser promovido a Ministro de Sanidad. Para justificar su exaltación, Romero inventó entonces que había curado a unos leprosos y organizó un gran evento que consistía en recibir a los falsos curados en el Salón Elíptico, el más alto de la República, con el presidente Crespo y su gabinete. Allí los ministros tuvieron que resolver el siguiente y ridículo dilema: dar la mano a los leprosos o perder el puesto (véanse textos de este prohombre en Caupolicán Ovalles (comp.), Antología de la literatura marginal, Caracas: Monte Ávila, 1978). Si eran hombres de poder, no renunciaron, porque ser hombre de poder consiste en no tener sentido del ridículo y por consiguiente no saber renunciar jamás, por cómica que sea su situación. 1,2 La palabra, cualquier palabra, solo tiene sentido en tanto que se apoya en una acción eficaz, esto es, en un nudo y lacónico hecho, esto es, de poder. Solo es comprensible aquello que es necesario comprender so pena de retaliación por parte del emisor, que entonces calla y procede, como La Sagrada. Escolio: Don Ramón del Valle Inclán cometió alguna vez cierta trapatiesta que lo hizo digno de la visita de dos guardias civiles, que traían una orden de detención contra él. Lo encontraron en su cama, hasta donde don Ramón, muy amable, los hizo pasar. Allí se entabló este diálogo: GUARDIAS CIVILES: Traemos una orden de detención contra usted. DON RAMÓN: Muy bien. GUARDIAS CIVILES: Levántese, pues, y vístase usted. DON RAMÓN: No, en la orden no dice que tengo que levantarme y vestirme. GUARDIAS CIVILES: Ea, pero no lo podemos llevar con esa facha por la calle. DON RAMÓN: Vístanme entonces ustedes, si tanto interés tienen. Así, ante la terquedad de don Ramón, procedieron a vestirlo. GUARDIAS CIVILES: Bien, don Ramón, vamos. DON RAMÓN: ¿A dónde? GUARDIAS CIVILES: Pues a la comisaría. DON RAMÓN: Yo estaba aquí en mi casa durmiendo y no tenía ningún interés en ir a ninguna comisaría. Me llevan ustedes, porque yo no voy. GUARDIAS CIVILES: Pero ¿cómo? No pensara que... DON RAMÓN: Ustedes verán. Y así tuvieron que llevarlo por la calle, cargado entre dos Guardias Civiles, con quienes don Ramón sostuvo el diálogo que acabamos de reproducir, en que ya suponemos quién se quedó con el poder porque 1,21 Todo diálogo es una disputa por el poder. Escolio: «Una de las cosas que hacen que uno encuentre tan poca gente que luzca razonable y agradable en la conversación, es que no hay casi nadie que no piense más en lo que va a decir que en responder a lo que se le dice» (La Rochefoucauld). 1,211 El humorismo es un monólogo contra el poder.
¿Y usted qué hace allí? Nada respondió Riera serenamente. ¿No va a hacer el espectáculo? No. ¡Pero el Presidente de la República espera! Riera se encogió de hombros. ¡Si no sale a escena lo vamos a llevar preso! Bueno. Así hicieron, y como el preso, a la Valle Inclán, no se levantaba voluntariamente, lo tomaron en peso. Celestino Riera dio entonces la orden de subir el telón y rápidamente hizo su monólogo contra el poder, gritando hacia el público sorprendido: ¡Este es El acontecimiento del día! 1,22 Un acto discursivo es un hecho como cualquier otro. 1,23 Una proposición es una figura experimental de la realidad, dice Wittgestein. En cambio, prosigue, una tautología (v. gr. «la justicia es la justicia») y una contradicción (v. gr. «la justicia es la injusticia») son una, incondicionalmente cierta, la otra, incondicionalmente falsa. Ninguna admite por tanto discusión, porque no tiene objeto demostrar ni la verdad de la una ni la falsedad de la otra. La proposición es, pues, una palabra democrática ajena al poder y al humorismo porque ninguno de los dos admite discusión: un acto de poder solo se responde efectivamente mediante otro acto de poder; una palabra humorística solo se responde efectivamente mediante otra palabra humorística porque humor con humor se paga. La palabra humorística es irrefutable porque es el correlato negativo del poder de la palabra del poder. Escolio primero: Se atribuye a Carlos Andrés Pérez haber dicho que su gobierno no iba ni hacia el socialismo ni hacia el capitalismo, sino todo lo contrario. Escolio segundo: Aforismo recogido en la República Democrática Alemana: «El capitalismo es la explotación del hombre por el hombre, en tanto que el comunismo es todo lo contrario» (Len Deighton, Funeral in Berlin). 1,231 Tautología y contradicción son recursos retóricos exactos para el poder porque una es un abuso de confianza en el sentido de los signos y la otra desdén absoluto por el sentido de los signos, ambas una abolición formal del sentido de los signos, lugar perfecto para investirlos de un sentido fundado en la fuerza. Escolio: La Reina de Corazones propuso a Alicia, la amiguita de Lewis Carroll, una variante de cróquet en que ganaba quien hiciera pasar cierto animalito por unos arcos. Su Graciosa Majestad lo logró y dijo: ¡Gané! Alicia también acertó y la Reina le dijo: Perdiste. ¿Por qué, si acerté? preguntó Alicia, que era una niña que sabía de lógica. Acabo decretar que las reglas dicen lo contrario; para eso soy la Reina y porque 1,2311 El sentido que se sostiene en el arbitrio de la fuerza no tiene nada que ver con la lógica, y cuando coincide con ella la parodia. 1,3 Ejercer el humorismo es aplicar un irresistible chantaje al poder: si este es inmoral, sostiene el humorista, no hay moral alguna en el mundo. Si el poderoso se hace amar por medio de la crueldad, entonces, sostiene el humorista, la crueldad, que conduce a puestos máximos, es la virtud máxima. Así es la ética del humorismo. Escolio primero: «Dios perdona a los que se arrepienten, pero los hombres solo perdonan a los que perseveran en el mal» (Sem Tob). Escolio segundo: «El mal que hacemos no nos granjea más persecución y odio que nuestras buenas cualidades» (La Rochefoucauld). Escolio tercero: Jonathan Swift hizo Una modesta proposición... que, traducida a nuestro medio, podría rezar así, cual silogismo: MAYOR: Durante el período democrático hemos tenido en Venezuela gobiernos encabezados por hombres inmejorables. MENOR: Durante ese lapso no se ha encontrado solución para el problema de la infancia abandonada. CONCLUSIÓN: Ese problema, pues, definitivamente no tiene solución. Por tanto, razona Swift, la única salida es comerse a los niños, para así resolver el problema alimentario y de paso encontrar una alternativa mejor para el famoso bono de Luis Herrera, o de Vinicio. Etc. El lector puede enriquecer sus propias variaciones diciendo que así se contribuye con la reactivación económica y a enfrentar el problema de la deuda externa y cualquier otra crueldad peor aún que se le ocurra. Recuérdese que ya postulamos que la crueldad es la virtud máxima. 1,31 El humorista, como tal, es una persona radicalmente ingenua que cree en todo lo que le dicen; por eso suele descubrir que la engañan. Se dice entonces que vive de mal humor. Por lo cual, ya desengañada, lleva los absurdos, i. e. todas las variantes de la violencia simbólica, hasta sus últimas consecuencias. Así es la catarsis del humorista. Escolio primero: El Ingenioso Hidalgo don Quijote de La Mancha. Escolio segundo: «La ley es equitativa: prohíbe a todos vivir bajo los puentes» (Anatole France). Escolio tercero: «Si la limosna solo se diese por compasión ya habrían desaparecido los mendigos» (Nietzsche). Escolio cuarto: Ironía, dicen los que saben griego, significa falsa ignorancia. Escolio quinto: «Todo poder de violencia simbólica, i. e. todo poder que consigue imponer significaciones e imponerlas como legítimas, disimulando las relaciones de fuerza que están en el fundamento de su fuerza, agrega su propia fuerza, i. e. propiamente simbólica, a tales relaciones de fuerza» (Pierre Bourdieu-Jean-Claude Passeron, la Reproduction, París: Minuit, 1973, p. 18). 1,311 La legitimidad es el código del poder. 1,32 «No hay poder inocente» (Saint-Just). 1,321 No hay sociedad sin poder porque no hay sociedad inocente. Y no puede haber sociedad inocente porque no puede haber sociedad sin poder. 1,3211 La inocencia es una de las utopías que el Hombre construye para refugiarse de sí mismo. Escolio: Cf. las vestales, los niños, los ancestros, los «primeros cristianos», el Hombre Nuevo, los indígenas, el Pueblo, los pobres, los héroes, Carlos Gardel, el «Primer Bob Dylan», la poesía, esa «suspensión voluntaria del descreimiento» (Coleridge). 1,33 Cuando el poder reprime al humorista incurre en la ridiculez que este le tiende como trampa, porque en tal acción el poder se pone a la altura de quien recurre al humorismo porque precisamente carece totalmente de poder. Escolio: En los años sesenta salía en Caracas un periodiquito humorístico, llamado El Fóforo (sic), «porque en cualquier momento lo raspan». Efectivamente, no importa qué gobierno cometió la inmensa ridiculez de prohibirlo, visto que 1,331 El poder es impotente ante el humor. Escolio: Como después de un baile nadie nos quita lo bailado, después de un chiste nadie nos quita lo reído. Eso lo sabe el tirano, que tiene la desgracia de poder matar al humorista solo después de que la gente se rio y ya, haga lo que haga, no puede quitarle a nadie lo reído. Como Salieri ante Mozart, nadie puede entender mejor el chiste que el propio tirano a quien se dirige. Antes del chiste no puede matarlo porque no sabe que el humorista va a ser humorista, pues la gente no se ha reído todavía y porque a veces el humorista puede ser cualquiera que inesperadamente se improvisa como tal. Peor aún: la gente va a seguirse riendo del mismo chiste quién sabe cuánto y hasta cuándo, tal como seguimos riéndonos en este texto de todos los tiranos que en el mundo han sido y serán. Tiranos hay que solo son recordados a causa de un chiste. Difícil encontrar experiencia más dolorosa: el poder humillado por el que no tiene poder precisamente porque no tiene poder. El humor humilla al poder, el instrumento mismo de la humillación. 1,332 El poder no puede evitar hacer el ridículo porque es él quien engendra el humorismo. El poder cuenta con el humorismo para vivir su certeza: solo el humorismo es verdadero porque no puede simularse, como la seriedad de los que creen que ser serio es no reírse nunca. La seriedad es simulable como la del diente roto o como la del rey que iba desnudo. 1,3321 Se puede simular seriedad, pero no se puede simular gracia. Escolio primero: Creso se hizo tan sabio y ocurrente al perder el poder, que Ciro, su vencedor, le perdonó la vida y se lo llevó a Ecbátana para que continuara diciéndole ocurrencias, porque ningún tirano puede vivir sin la certeza que de su propio poder le brindan los humoristas, así los encarcele y los persiga. Y cuando el gobernante se ríe de sus chistes, o bien lo hace muy en privado, o bien lo hace para negociar su legitimidad, o bien goza del aprecio general y por tanto no es poder, en cuyo caso los chistes pasan a ser bromas amigables o el lado luminoso de su conciencia como era el bufón para el Rey Lear. Escolio segundo: Quien descendía a la tumba de Trofonio nunca más reía. La secta helénica que creía en esta inquietante virtud de los restos de Trofonio, fracasó como religión de Estado porque esas religiones exigen pruebas de lealtad difíciles de simular, muy especialmente en la forma de apremios corporales: ayunos, retiros, tabúes, penitencias, castidad; no puede haber pruebas de lealtad placenteras: por eso las religiones, como la militancia política, exigen incomodidad: «El respeto es: incomódese usted» (Pascal). La prueba de lealtad al culto de Trofonio era solamente la seriedad, cosa demasiado fácil de fingir. 1,3322 El humorista es ingenuo pero no inocente, por eso se constituye en la Moira, o Némesis, del poder. 1,3323 La dialéctica existe. 1,333 El poder nunca es absoluto porque nunca es infinito. Solo hay poderes más poderosos que otros. Escolio: El poder suele incurrir en el profundo ludibrio de creerse eterno, como lo creyó Creso y, apenas lo perdió a manos de Ciro, se sumergió en la sabiduría. Y como viera que los hombres de Ciro se dedicaban al saqueo, le preguntó: ¿Qué hacen tus hombres, Ciro? Saquean tus riquezas, Creso. No, Ciro respondió Creso en plan de humorista, saquean tus riquezas, porque ahora son tuyas. Y mejor será que los detengas porque si prueban las riquezas ambicionarán luego más y pronto montarán mil sediciones contra ti. Yo puedo decírtelo porque sé lo que es la ambición de riqueza, que nunca se sacia. Porque apenas perdió el poder, Creso, hombre inteligente, adquirió sentido del ridículo y vio cómo el ridículo pasaba a Ciro, junto con el poder. 2. La teoría del humorismo es la contrateoría del poder. Y viceversa. 3. El humorismo no tienen nada que decir sobre la bondad humana. 3.1 De lo que no se puede hacer humor, lo mejor es no reír.
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