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¡Qué jerga! Caracas, julio de 1995 Este texto forma parte de la serie sobre lenguaje presentada en
Establecer la pertinencia de un corpus de jerga y hablas marginales presenta problemas metodológicos de importancia estratégica para la sociolingüística. Son de importancia estratégica porque obligan a resolver algunas cuestiones cardinales en las disciplinas lingüística y sociolingüística. En primer lugar el establecimiento no trivial del grupo que practica una cierta jerga, caló, slang, argot o habla de germanía. Cuando se trata de jergas profesionales no hay dificultades mayores en la medida en que se trata de repertorios léxicos ligados a oficios, tecnologías, ciencias, prácticas, creencias, ritos, mitos. Es el caso, por ejemplo, de la jerga médica, practicada por los agremiados de las ciencias de la salud en general: médicos, nutricionistas, farmacéuticos, odontólogos, enfermeros, etc. He allí un sector social que se constituye como un conjunto bien definido. Nadie discute, por demás, el área de incumbencia profesional, obvia y bien delimitada, de la jerga marinera, tan incomprensible para los legos como imprescindible para la buena conducción de las embarcaciones, que suele ser cosa de vida o muerte, de modo que no se juega con ciertas jergas. El problema se presenta ante conjuntos difusos como la jerga juvenil, estudiantil, intelectual, o el habla de germanía, por ejemplo, o ante las que se han llamado hablas marginales. No siempre sabemos qué llamamos jóvenes, porque la edad juvenil no tiene límites precisos, lo mismo que ser estudiante, con sus sectores vinculados: docentes, empleados, bedeles y otros. Intelectual puede ser cualquiera que se autodesigne así y/o conviva con los que se suelen reconocer como tales. Son, pues, conjuntos borrosos (fuzzy), etnoobjetos mal definidos, como para un geólogo una piedra o para un siquiatra un loco o como para un astrónomo el cielo. Son conjuntos, además, heterogéneos, heteróclitos, indefinibles. No son ideas, pues, como pedía Descartes, «claras y distintas». Funcionan en la comunicación en general, pero son inútiles para la práctica cartesiana de la ciencia. Funcionan en la vida social como conjuntos borrosos porque se refieren a asuntos que no requieren delimitación precisa. Son numerosos los etnoobjetos difusos que debe enfrentar la lingüística, como el concepto de americanismo, por nombrar solo uno, o una zona dialectal o una familia lingüística. Esta vaguedad conceptual se patentiza cuando tratamos de responder numerosas preguntas, entre las que destacamos las siguientes:
Sería más adecuado recurrir a una caracterización sociológica estricta para definir qué entendemos por jerga y por habla marginal. Por ejemplo, sería una definición no trivial hacer una caracterización determinada por indicadores sociales tales como nivel de ingresos, grado de vinculación con el sector formal de la economía, nivel educativo, tipo de vivienda, etc. Esto debe estar referido al grupo y no solo al individuo específico, pues la condición sociocultural es compleja y depende del habitus que se adquiere en la educación informal en el seno de la familia, el barrio, etc., como la formal que se adquiere en la escuela e instituciones similares. Es perceptible, sin embargo, una práctica lingüística propia de sectores imbuidos de un aura romántica de «ladrones y rufianes». Nuestra percepción está marcada por esa aura, que no tiene nada de criticable como tal, pero solo como aproximación literaria, perfectamente legítima, por otra parte, y que ha producido importantes y valiosos textos narrativos, como la novela picaresca, por solo nombrar un repertorio de textos muy preciso y apreciado. Pero cuando se trata de una práctica científica, como la lingüística o la sociolingüística [4], es obligatorio recurrir a fórmulas estrictas y a una metodología distintas a las no menos estrictas y metódicas de la literatura. Siendo ficción, la literatura, por realista que sea, no está obligada a hacer demostraciones apodícticas o empíricas de los datos e informaciones que presenta. Basta que sea verosímil o aceptable por algún código estético determinado. Por supuestamente reales o históricos que sean los personajes y hechos narrados, siempre hay en su representación literaria una restricción engendrada por las reglas estéticas del arte. De allí que no siempre sea confiable la versión que nos dan los autores de las hablas regionales, populares, o particulares de ciertos sectores, por convincentes que «suenen» a nuestros oídos. Si no contamos con medios de verificación y contrastación es imposible saber si la versión del habla popular que Cervantes dibuja en la de Sancho era la «verdadera». Es probable, por ejemplo, que un autor enfatice el uso de cierto conjunto léxico para dar un efecto literario de «popularidad». Además, habría que atribuir entonces a los pariguales de Panza cierto estilo italianizante cuando él usa la expresión dare un pugno in cielo: «Así sé yo quién es la señora Dulcinea como dar un puño en el cielo» (Quijote, II, 9). Volviendo a las restricciones del arte: Umberto Eco ha declarado que la versión cinematográfica de Il nome della rosa no es fiel a la novela, pues en esta no se menciona el color del cielo y en la película es inevitable que el cielo tenga un color. Así puede ocurrir con el léxico: ¿cómo saber si Cervantes no recalcó cierto léxico colorido para hacer más atractiva y peculiar el habla de Sancho? ¿Era habitual en los pariguales de Panza ese encadenamiento de refranes? ¿No era una fina caricatura, como tal exagerada, de cierta práctica verbal popular? Además, ¿por qué pensar que Cervantes se propuso la tarea sociolingüística de referirnos el modo de hablar de cierto sector de su época? ¿Tenemos indicios suficientes para atribuir a Cervantes esa competencia científica? La versión literaria no es inválida, claro está, y es con frecuencia un instrumento epistemológico insustituible, pero es solo uno más del instrumental lingüístico, aun cuando a menudo es la única fuente o una de las pocas. Por otra parte se produce un fenómeno de no poca importancia: a veces la literatura termina influyendo en el habla general. Es lo que Jorge Luis Borges ha señalado con respecto al lunfardo, cuyo cultivo entre la gente de letras ha terminado adoctrinando a ciertos hablantes para que lo usen más de lo que espontáneamente hubieran hecho. La literatura, sin embargo, puede ser muy valiosa para la determinación de un estado de lengua, pues ella es un cultivo consciente y habitualmente esmerado del lenguaje. Nadie escribe literatura con descuido y cuando lo hace no es literatura... De modo que ella es un intenso sistema de condensación de operaciones lingüísticas ejecutadas por alguien que, aunque no cuente con el instrumental científico del lingüista, ha reflexionado mucho y tiene una intuición especial sobre el lenguaje que emplea. Un escultor reflexiona sobre la piedra de un modo distinto a como lo hace la geología o la mineralogía, pero sus observaciones no son menos valiosas. Escritores y lingüistas debieran entenderse más y mejor para bien de ellos mismos y de todos. Por eso los escritores hablan de cosas que los científicos en tanto tales no tienen por qué entender, como los elfos y los unicornios. No obstante ello, la literatura no es necesariamente una representación del lenguaje general. Entre otras razones porque no hay lenguaje general, es decir, no hay lenguaje en estado puro, sin que pase por las cribas del género escrito u oral, el contexto, el registro de lengua, el nivel sociocultural, el léxico profesional, edad, sexo, período histórico, región. La literatura no es necesariamente una representación porque ella misma forma parte del lenguaje, como una de sus manifestaciones, tanto como el discurso político, la injuria, el chascarrillo, el tratado científico, el requiebro... El lenguaje es una estructura compleja que no puede ser estudiada sobre muestras neutrales, como quien toma una muestra de sangre. El lenguaje está en la literatura, en la calle, en la academia, en los medios de comunicación, en los diccionarios, en las gramáticas, en los estudios lingüísticos, en los metalenguajes, en el chisme, etc. No debemos privilegiar ninguna versión y decir que solo ella es el lenguaje. Tal criterio tiene la misma estructura del racismo, según la cual solo es humana cierta etnia y las demás son versiones espurias de humanidad, si es que se les reconoce humanidad. Cuando el lingüista falla en un criterio no trivial para la determinación de su corpus, corre el riesgo de terminar trabajando sobre un imaginario, su propio imaginario de lo que es el lenguaje. Siempre trabajamos sobre versiones del lenguaje, que no solo está sometido a las restricciones de la gramática académica, sino a otros elementos de fuerza no menos gramatical como los que dimanan de la pragmática, y también del género. No se habla del mismo modo en toda circunstancia, y desde el habla más informal hasta la más formal siempre estamos sometidos a restricciones de este tipo: la conversación entre amigos, la anécdota, el discurso de orden, la disertación filosófica, el poema. Siempre tendremos un conjunto de restricciones obligatorias que dimanan del tipo de comunicación de que se trata y de su género correspondiente. Entiendo aquí por género, en modo análogo al concepto de género literario, un conjunto canónico de restricciones que rigen ciertas prácticas discursivas. Así, la anécdota es un género, como lo es también el requiebro, el insulto y el saludo, por poner ejemplos generalmente solo de la oralidad. Ellos implican ciertos usos léxicos, sintácticos, fonéticos, de entonación, gestuales, etc. El académico hispanoamericano que usa vosotros en sus disertaciones formales seguramente no lo emplea jamás en su conversación cotidiana, porque son géneros distintos. Hay otro problema que la sociolingüística comparte con otras ciencias del hombre: su particular versión del Principio de Incertidumbre conocido en la física: el grado de perturbación que puede ocasionar el observador sobre el objeto. ¿Cómo evitar que la presencia del investigador condicione el registro de lengua que el informante adopta? Convendrá a veces, tal vez, si ello es posible, mimetizarse, en otras ocasiones será aconsejable la llamada observación participativa. Convendrá tal vez no estar presente y trabajar con transcripciones de terceros; aun así persiste el problema: ¿qué terceros son esos que hacen transcripciones confiables y no perturban el objeto? Quizás convenga declarar de antemano el hecho de que puede haber elementos del corpus determinados por la presencia del estudioso. En fin, cada caso irá indicando qué recurso del método es admisible. A diferencia de otras disciplinas, entre ellas la literatura, la ciencia está obligada, si es ciencia, a ser capaz de demostrarse desde el principio hasta el fin en la integridad de su estructura y en cualquier momento de su desarrollo. La ciencia no puede hacer afirmaciones arbitrarias como esa de «significación distinta de la genuina y verdadera» de una palabra, por cuanto el sentido lo determina el hablante y el oyente, quienesquiera que ellos sean. Podemos, sí, hablar estadísticamente de una significación alejada del uso general, pero cualquier significación atribuida a un término por un sector cualquiera es válida, independientemente de la magnitud demográfica de ese sector o de su inserción social, legítima o no según el orden jurídico vigente en la sociedad general a que pertenece o su grado de poder político la lingüística no es, o no debiera ser, una rama servil de la ciencia jurídica o de la peor práctica política. Para nosotros, aquí y ahora, es delito lo que para otras formaciones sociales es considerado normal y hasta elogiable. Durante la Edad Media, por ejemplo, era práctica habitual de las clases dominantes la exacción violenta de bienes ajenos. Los señores feudales ganaban así no solo riqueza, sino honra y gloria, habitualmente celebrada por los cantares de gesta y géneros afines. De nuevo la experiencia literaria... Y sin embargo, ese tipo de exacción es hoy considerado propio de «ladrones y rufianes», salvo el que viene recubierto de aura empresarial que, si a eso vamos, suelen imponer su jerga so capa de cientificidad. Asimismo, en la mayoría de las sociedades contemporáneas tal vez en todas ha sido imposible erradicar el llamado «delito de cuello blanco», practicado estructuralmente por sectores dominantes que no tienen otro modo de financiar sus aparatos políticos cada vez más onerosos. Así, haciendo abstracción de los períodos históricos, solemos llamar germanía a los delincuentes que no gozan de ningún grado de legitimidad, entendiendo por legitimidad el código del poder, es decir, el dispositivo simbólico estratégico que genera un sector dominante para configurar su modo de dominación. Marginal en ese contexto es el adjetivo que se atribuye a un sector en función de la legitimidad mínima que se le reconoce. Por todas estas razones, proponemos el siguiente esquema previo para el estudio del habla de los llamados «sectores marginales»:
Una vez establecidas estas premisas se puede proceder al trabajo lingüístico o sociolingüístico propiamente dicho. Análogas consideraciones pueden y deben hacerse para el establecimiento de otros sectores sociales. Hemos omitido observaciones sobre los modos de obtención, configuración y tratamiento de los corpora porque ello depende de cada quehacer lingüístico y sociolingüístico y no dimana del asunto teórico que intentamos tratar aquí. Es curioso observar, de pasada y ya casi para concluir, con palabras de Ángel Rosenblat, que «en el estudio de nuestro español de América no vemos el reflejo del hampa española del siglo XVI las hablas de germanía existentes hoy en varias de nuestras capitales son de formación tardía» («Nivel social y cultural de los conquistadores y pobladores del siglo XVI», en Estudios sobre el español de América. Biblioteca Ángel Rosenblat, v. III, Caracas: Monte Ávila, 1990, p. 64-9). Por último: ¿cuán marginales, lingüísticamente hablando, son esos marginales? Hemos oído entre ellos mil expresiones como fuerza para referirse al dinero; en otras matar a alguien es dejarlo muñeco o dejarlo pegado. Pelarle la estructura es desnudar a alguien. ¿No son operaciones metafóricas habituales en la experiencia literaria? ¿No revelan una relación terrible de personas que se juegan la vida y la muerte a cada minuto? La germanía suele ser un habla trágica. No siempre se trata de desprendimientos del semantismo general de las palabras con fines tácticos de encubrimiento ante el Estado: la policía y demás autoridades de paso la policía es, por razones profesionales, la primera entidad social en enterarse del sentido de la jerigonza hamponil, cuando no es ella misma delincuente como pasa en tantos países, entre ellos Venezuela. La germanía comparte gran parte de su vocabulario con la gendarmería, de modo que su principal foco no parece ser el encubrimiento sino un rasgo más de asimilación e identificación de grupo, junto con cierta vestimenta, cierta gestualidad, cierta entonación, etc., amén de tratamiento puramente estético de la palabra: En esa esquina tengo una jeva [muchacha] inquieta. El tipo se solló [se volvió loco] y se robó el home [se suicidó]. Yo soy un optimista de mi propia tragedia (un malandro que fue asesinado poco después de pronunciar esta pavorosa sentencia sobre sí mismo Magaly Sánchez e Yves Pedrazzini (1992), Malandros, bandas y niños de la calle. Cultura de urgencia en la metrópoli latinoamericana, Caracas: Vadell). A veces es la expresión de un modo de vida, una vida trágica, catastrófica, aliada de la muerte, que por igual sufre y prodiga como si fuera cosa trivial por eso tal vez los delincuentes llamaron en alguna ocasión achaque al atraco. A veces el habla marginal tiene también fines estratégicos...
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