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La vida es juego Domingo 14 de diciembre de 1997, p. A-5 ¿Cuántas veces regalaste a tu bebé un juguete costoso, con lucecitas y microchips, solo para que prefiriera la caja?
Los bebés son realistas, por eso rechazan las simulaciones. Miran, huelen, palpan, sopesan, paladean y estrellan para indagar sonido y consistencia. Se llama método científico. Por eso investigan cómo se maridan o enemistan las cosas y a qué maniobras invitan. Cómo cuchillo corta, puerta libera, luz hace visible, vaso de vidrio tararea y prolifera en muchas cositas al caer. Actos que fastidian a los adultos porque están fuera de la cortapisa trillada que llamamos madurez y civilización. Los adultos encendemos luz porque hay noche; los niños para saber del esplendor. Unos pocos adultos se percatan de que aún no conocen bien el mundo y lo escudriñan sin utilidad. Se llaman científicos. Es más tarde cuando los juguetes se vuelven simulacro del mundo y vivero de afectos, cuando comienza a creer, ya menos niño, que entiende el universo que imagina real. Los juguetes son autistas. Cantan y se mueven siempre del mismo modo, tienen colores nutridos, pero sus aptitudes son limitadas y exiguo su parentesco con el mundo. Apenas ganan atractivo cuando se desbaratan, porque dejan de ser juguetes, es decir, farsa, y se vinculan incondicionalmente con el Todo, que otros llaman realidad. Devienen basura, sustancia favorita del niño porque es retorno a lo prehumano y devuelve todo al principio, a lo que no tiene antecedentes. Las niños son principistas. Como jugar con tierra, explorar basura es rastrear ingredientes primordiales, preámbulo de la física teórica. Por eso el niño no se contenta con menos que un cenicero con colillas, un cuchillo, un tomacorriente, un VHS para introducirle colillas o cuchillos. No hay juego que alegre tanto como arrancar hojas a un libro, estrujar un gato, paladear el contenido de un frasco. No sabe usar un radio, pero sí dispersarlo. No le interesa su explotación culta sino su virtualidad agreste, su peso, su olor, su consistencia primordial. Como las moscas, los niños nos recuerdan todas las cosas. El brillo de sus ojos informa que no gozan placer más intenso que disparar objetos hasta distancias renovadas, especialmente los que culminan en un destrozo orgásmico. Los niños son heroicos. La imprudencia es virtud de campeador. No sé cómo descendemos de los primeros niños de la especie, que no temían arrojarse de un peñasco o ingerir lo desconocido. Claro, sus adultos ya les delimitaban el horizonte, es decir, los incorporaban a la cultura, para que aprendieran a ser obtusos pero eficaces para sobrevivir. Salvo los genios, pero esos son niños interminables, pues no han olvidado que la vida es juego y que los juegos juegos son.
From: BIOMED <biomed@telcel.net.ve> To: "'Roberto Hernández Montoya'" <rhernand@analitica.com> Subject: sobre los juegos de la vida Date: Tue, 6 Jan 1998 09:21:08 -0400 Sr. R.Hernández Montoya Muchas gracias por su artículo "La vida es juego" del 14-12-97, fue un emocionado y emocionante regalo de navidad, tan lleno de poesía lo sentí que me atrevo a importunarlo con estas líneas, para agradecerlo; pertenezco a ese grupo de adultos que "curucuteamos" en el mundo... ¿sin utilidad?, en todo caso es nuestro juego, si el resultado es un "vaso cantarín", "dedo chamuscado", informe rechazado o vacuna premiada eso es colateral al juego. Reciba mis saludos y un feliz año 98. María M. Cortez
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