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El laberinto derecho

Question, Caracas, julio de 2003
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RobertoHannahHerman
Con sus hijos Hannah y Herman, 2002.
Caracas, ahí está...

El debate político en Venezuela
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Ibrahín Ibn Saúd Tarek al Ibrahín descubrió todo durante una noche de estrellas innumerables de los llanos de Monagas. Había venido a Venezuela para contemplar cómo la historia había comenzado a tartamudear. Conjeturaba, acaso con razón, que solo él podía entenderlo y, tal vez, hallar la explicación o al menos una inferencia que aunque no fuese cierta mereciese algún encomio. Historiador de alientos atascados, como esas pesadillas que recomienzan sin indulgencia, pensó, tal vez sin desatino, que podía hallar una congruencia de su vida íntima con los ciclos venezolanos de los últimos meses.

Había tropezado con graves dificultades para concluir su disertación de grado en la Alemania a donde emigró, acaso lo único que llegó a completar en su vida antes del hallazgo del laberinto venezolano. Por eso anduvo con su título académico a cuestas, más como rémora que como acicate, de falla en falla, de intento en intento, todo inconcluso, hasta que leyó en algún periódico extraviado, inconcluso del mismo modo que él, de esos que hallan amnistía temporal como bártulo de limpieza, sobre lo que en Venezuela acaecía sin sobrevenir. Tal vez su vocación por lo inconcluso y mil veces reiniciado era un método, El Método que se necesitaba para comprender esa Venezuela repetitiva, minimalista.

Indagó, hizo malabarismos en las esquinas congestionadas para comer precariamente, acogiéndose en casas dispersas, de gente que conoció por Internet y que conocía a otra gente que también se había conocido por Internet, gente también repetitiva y minimalista como él. Comprobó que no era necesario refinar su castellano más allá de las mismas consignas mil veces salmodiadas en los mitines, en las marchas, en los volantes, en las entrevistas. Los hechos monótonos estaban recubiertos por las mismas frases monótonas. Un castellano embrionario le bastó. Recorrió calles, vendió sangre, compareció en marchas, fregó ventanales, leyó panfletos, robó comida, se extravió en sitios Web, comió de la basura, interrogó, vendió su cuerpo, agobió hemerotecas, revendió drogas.

La búsqueda se le mostraba elusiva, inconclusa, tartajosa, entrecortada. Eran añicos de rompecabezas diversos, incompletos, rebuscados. Algunos se armaban, otros se rehusaban a calzar con esa testarudez con que las cosas se burlan del entendimiento.

Pronto tropezó con la única evidencia que lo acompañó hasta que dio con la clave final: repetía las mismas preguntas sobre los mismos hechos a los mismos protagonistas. El golpe que no fue golpe, la firma que no se rubricó, el paro que nada detuvo, los muertos que no mató quien los mató, las marchas inagotables, los ejercicios inextinguibles, las violencias atomizadas, los cacerolazos inconducentes, las gargantas afónicas por los mismos gritos.

Se percató de que su método oscurecía el problema en lugar de elucidarlo porque tenía con él una complicidad pertinaz. Ambos, realidad y método, tartamudeaban en las mismas palabras, en las mismas ideas, en los mismos hechos. Pensó que eso se lo imponía el ser extranjero, pero al mismo tiempo advirtió que esa condición más bien le consentía el ángulo que los nativos no podían usar de tanto vigilar los mismos hechos desde los mismos puntos de partida.

Ibrahín Ibn Saúd Tarek al Ibrahín no era propenso a la desesperación y abrigó la jactancia de que el tiempo lo conduciría al final del laberinto. Al menos había apostado que la naturaleza del caso era la del laberinto, en donde siempre volvemos a los mismos pasadizos, cíclicamente. Estudió los laberintos, sondeó sus requisitos, denunció su ilusión de desesperanza.

La clave no estaba en los sabios de la oposición, pues al punto halló que no entendían nada, tupidos de fórmulas de memoria rumiante. La solución, asombrosa, se la dio el menos esperable: uno de esos marchistas sin intelecto, de banderita maniática, que se repite como conjuro mágico, alquimia política que en alguna reiteración de tantas dará fatalmente al traste con un Enemigo Absoluto, que lo estimulaba armonizando con él, quizá sin advertirlo, para que lo vigorizase. Al principio no entendió, no podía, que ese fracaso reincidente era un exorcismo de la muerte. Era una misión sadomasoquista que se proponía solo aparentemente dañarse dañando, con lo que se ensañaba en robustecer a su Enemigo Absoluto en cada marcha, en cada grito, en cada camisa banderita, en cada pantalón banderita, en cada koala banderita, en cada sombrerito banderita, en cada corbata banderita, en cada cintillo banderita. Ibrahín Ibn Saúd Tarek al Ibrahín enfocó su talento intermitente en aquella pertinacia marchista, rectilínea, contumaz en el naufragio y bajo aquel cielo genérico monaguense, descubrió, meditando sobre aquel marchista disciplinado en el mismo error, que la condición bidimensional de los laberintos no era irrevocable.

Era de necesidad conjeturar un laberinto rectilíneo en donde pudiera uno extraviarse en un camino que no tenía curvas porque consentía una sola dimensión como carril de la existencia. El carácter unidireccional del laberinto desalentaba la idea de una solución. Por eso buscó campo abierto, para corregir su ofuscación. A veces, pensó sin convicción confiable, los problemas se ven mejor desde lejos. Se llevó aquella imagen marchista hasta los llanos de Uracoa, un poblado cuyo nombre le inspiró el azar de un mapa. Fue a la orilla del río donde halló la flecha del tiempo como base del laberinto. Ante el río Uracoa halló que los ríos no solo son siempre distintos, sino que sus aguas son irremisibles porque no retroceden.

Entonces lo visitó el destello completo. Alguna estrella le sirvió de alef que lo autorizó a reparar en que la oposición en Venezuela había hallado al fin el laberinto con que Jorge Luis Borges, cuyo estilo intachable intenta regir estas precarias palabras, siempre soñó sin triunfo: el laberinto infinito, en el que podemos extraviarnos en la flecha del tiempo para siempre. El tiempo es una flecha, como dijo Richard Hawkins de modo que Ibrahín Ibn Saúd Tarek al Ibrahín hallaba indisputable, pero es posible burlar la flecha repitiendo empedernidamente los mismos actos por igual prometedores y fallidos. No tener alternativa ni Plan B. Fue así como su entendimiento se abismó ante aquella astucia inesperada que había logrado, mediante la derrota perpetua, vencer la predestinación de la vida a plazo fijo que ha atormentado a los hombres desde la noche de sus tiempos. Halló que la oposición en Venezuela había logrado el máximo triunfo del hombre: derrotar el tiempo. Fue así como Ibrahín Ibn Saúd Tarek al Ibrahín percibió de un solo vistazo cómo la oposición detuvo el tiempo y conquistó la eternidad.


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