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¿Qué se promueve cuando se promueve la lectura?

Caracas, lunes 4 de junio de 2001
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Qué hacer para que la gente no lea

Cuando una letra le habla a la otra

Los organismos oficiales, y también algunos privados interesados por el tema, han expresado un renovado interés por la promoción de la lectura. He aquí un apunte teórico para una campaña publicitaria de la lectura.

RobertoHannahHerman
Con sus hijos Hannah y Herman, 2002.
Caracas, ahí está...

En primer lugar despejemos una falsedad: hoy se lee menos que antes, entendiendo por «antes» un vaguísimo pasado. Si ese pasado llega hasta mediados de siglo XIX la mentira es importante porque en ese entonces los niveles de analfabetismo eran más masivos que ahora. Pero si ese pasado llega hasta antes de la invención de la imprenta, la mentira se vuelve escandalosa, porque entonces leía solo una pequeñísima minoría de profesionales: académicos, curas, monjes y algunas pocas personas cultas, a quienes les daba por ahí, como el Marqués de Santillana. Leer letras era competencia aun más minoritaria que hoy leer partituras o radiografías. Era además cosa sagrada, porque lo que se solía leer eran, precisamente, las Escrituras: Ilíada, Biblia, Corán, Talmud. Leer era un ritual.

Lo sigue siendo, solo que ahora es también ritual laico. Emprender la lectura de un libro es algo que siempre causa un vago escalofrío o en todo caso la certitud de un compromiso, una promesa, un envite. No importa que el libro luego decepcione, pues precisamente decepciona porque prometía una aventura y tal vez una ventura y no cumplió su oferta. Es un riesgo, no sabes si ahí está la idea que cambiará tu vida o si será tan chato que lo olvidarás apenas cierres el tomo. O contiene una idea que puede arruinar tu futuro. Entre esos extremos están placeres, terrores, obsesiones, dichas, risas, llantos. O mera información útil, conveniente, adecuada, práctica, sin sobresaltos. O acercamiento con tus dioses. O convicción de que no existen dioses. Los libros vierten, convierten, divierten, pervierten, advierten, revierten, subvierten, invierten. Cambian la historia e impiden su cambio. Iluminan, embrutecen. Son lo mejor y lo peor, como el lenguaje.

Pero leer no es meramente una devoción como suelen sugerir muchas campañas de lectura. Algo que hacen personas de gusto refinado o que tienen fervor por la Cultura —sí, la que se escribe con C mayúscula. También es eso, pero es mucho más. No sabemos exactamente cuáles fueron las diversas circunstancias de las invenciones de los alfabetos. Pero en todo caso registrar la voz no debe haber sido acontecimiento trivial. Era asombroso poder comunicarse más allá del tiempo y del espacio, porque el alfabeto es la primera máquina del tiempo y del traslado instantáneo: leo un libro y me traslado al pasado y a kilómetros de distancia. Escribo un libro y me comunico con el futuro y por allá lejísimo. Al menos eso espero. «Escribe, que algo queda», decía Kotepa Delgado.

Es decir, la escritura es un colágeno comunitario que religa las partes sociales entre sí. Mediante el alfabeto las partes de la vida social se hablan entre sí y se dan sentido mutuamente. El lego conoce las leyes, el legista conoce la poesía, el poeta se entera del decreto, el mecánico lee al político, el magistrado lee una carta de amor, el francés lee a Shakespeare y el guaraní a Hugo. Los idiomas se asientan sobre bases tan sólidas que aún podemos leer griego, latín o sánscrito aunque no sepamos del todo cómo se pronunciaban.

Por eso es triste que se pierdan tantas lenguas cada año, agonizantes en la mente de un último hablante, esa premonición del Último Hombre, hasta que se extinguen en su muerte. Eran lenguas no escritas. En Venezuela hemos intentado al menos retardar el proceso, mediante la dotación de alfabeto a las lenguas indígenas que aquí se hablan, mediante el Programa de Educación Intercultural Bilingüe. Multilingüe en realidad. Eso nos permitió saber antes de la Constitución de 1999 que somos una sociedad multicultural y multiétnica. Esas lenguas no desaparecerán del todo, así se extingan de la boca viva de sus hablantes. Quedará al menos su testimonio escrito. Serán lenguas muertas, pero no extintas. Sabremos incluso cómo se pronunciaban. Leer es, pues, religar.

Es una necesidad primera. Por más analfabetos funcionales (esos que saben leer pero no leen) que seamos, siempre habrá unas letras que nos comuniquen que no debes ingerir alimentos en el Metro, que no debes fumar en tal o cual lugar, que por esa calle se va a tu casa. Las neuronas se comunican entre sí mediante un fenómeno llamado sinapsis; el texto, ese ensanchamiento del lenguaje, establece sinapsis entre esas estructuras de neuronas que llamamos cerebro. Es la emersión, diría Edgar Morin, de un orden sobre otro. Primero fueron los seres unicelulares, que se agregaron en multicelulares, luego se gregarizaron y formaron manadas, cardúmenes, rebaños, piaras, greyes, hatos, vacadas, tropas, tropillas y tropeles. Los humanos hicieron hordas, turbas, pandillas, sociedades. Y esas sociedades se constituyeron con lenguaje, pero ese lenguaje no fue suficiente para las ciudades-estado, que necesitaron alfabetos desde quipos y logogramas chinos o egipcios hasta garabatos fonéticos que permitían hilvanar mito, ley, ciencia, poesía, historia, es decir, la ideología que armó hasta hoy el cuerpo social tal como lo conocemos. Luego, sobre el alfabeto, que discurría por papiros, pergaminos, bronces y piedras. Pero aún no fue suficiente, hizo falta imprenta y ahora Internet.

Por eso toda campaña debe sostenerse sobre esa experiencia de lectura necesaria de todo orden social moderno. No debe partir de la idea de que va a iniciar en la lectura a nadie, salvo cuando una sociedad emprende una campaña de alfabetización para evolucionar hacia un orden social que requiere del alfabeto. Eso es diferente y escapa a estas letras que me lees. Me refiero a convencer a los que ya leen de que lean. Una campaña de lectura no puede aspirar a tanto sino a lo justo: reorientar el hecho de leer. Ya que puedes leer revistas hípicas ¿por qué no aprovechas de usar esa pericia para algo de mayor entidad? Pero no tanto exactamente, porque quien solo lee revistas hípicas y ¡Hola! solo sabe leer eso. De lo que se trata es de informarle de que existe algo más, de seducirlo para otra cosa. Y también de facilitar el acceso al libro y la revista. La campaña, si es de estado poderoso como el de Venezuela, puede desplegarse no solo por la exhortación inspiradora de nobles fines, sino por la infraestructura misma, poniendo el libro más cerca de las manos, proliferando librerías y bibliotecas, abaratando la producción, poniendo los textos en manos infantiles. También lo puede la empresa privada, como esos libros de kiosco de alta calidad que han llenado de Don Quijote y Martín Fierro a miles de hogares. Sale ganando todo el mundo, especialmente la empresa privada, pues no todo es la miopía descabellada de cerrar los Espacios Unión porque no son rentables. Por supuesto que la cultura sí es rentable, como que contribuye con el 4,6% del PIB venezolano, más que el turismo, más que la industria de la flor en Colombia. Y aún puede contribuir más, pero no precisamente cerrando los Espacios Unión. Para no contar el bien no cuantificable que hace la cultura.

Leer no es solo exaltación dominguera. Tan importante es la cultura de sábado y domingo como la de lunes a viernes y esta es aun más estratégica porque es «infratextura generativa» (de nuevo Morin), texto que subyace en todo y que se genera y regenera a cada paso. Es la cultura que hace rodar fluidamente al mejor Metro del Mundo, el de Caracas.

Hubo una vez una señora que trabajaba en el Buffet Vegetariano separando piedrecillas de frijoles y arvejas. Un día comenzó a cometer errores. Era la presbicia. Miguel Kamnitzer, el dueño del restaurant, la mandó a que un oculista le hiciera lentes «para leer». Al día siguiente fue al optometrista a que le reparase los lentes, pues había intentado leer el periódico y no había entendido nada. Esos lentes no servían para leer.

Las campañas de lectura no deben ser como esta señora, que creen que ellas solas bastan para que la gente lea. Esa señora no sabía que para leer hace falta un instrumento más sutil que unos lentes, que consiste sobre todo en insertarse en un orden social que requiere que ella lea. Si no es así, me parece por todo lo dicho, no habrá lentes ni campañas de lectura que la conduzcan al dominio de los signos quietos.


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