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Cosas como de locos Domingo 11 de julio de 1999
Homo sapiens es además demens y también hystericus. Edgar Morin Cuando Edgar Morin dijo eso debe haber estado pensando en sucesos como los del 5 de julio de 1999 en Venezuela. Y en más sucesos de este período y de otros. La revista Time se preguntaba hace unos años qué hacer cuando los países se vuelven locos. Como Acción Democrática y Copei no tenían a quien oponer a Hugo Chávez en el Congreso, decidieron plantarle a alguien de fuera. Aceptó la comisión Jorge Olavarría, cuya vida pública es bien conocida. Y los que no la sabían la averiguaron el lunes 5 en vivo y en directo. Trató de retratar a Chávez y terminó retratándose él mismo y de cuerpo entero. Fue el mismo Olavarría quien el 17 de enero pasado publicaba en El Nacional estas aladas palabras: Hablemos claro. En Venezuela está planteado un combate frontal entre las fuerzas regresivas de un pasado fracasado y las fuerzas revolucionarias que liderizadas por Hugo Chávez hemos recibido un mandato para crear un nuevo sistema político de convivencia democrática. Lo vamos a hacer, cueste lo que cueste. De un lado están las fuerzas conservadoras de un orden constitucional que no merece ser conservado. Del otro, está la mayoría que exige un cambio. Esa mayoría va a ser convocada con un Decreto de irreprochable base constitucional para que responda si quiere o no quiere una Asamblea Constituyente para refundar la República desde sus cimientos. ¿O no es el mismo que diez días después, el 3 de febrero, rompía con Chávez? Tal vez la locura es contagiosa y por eso, conjeturo, aquel discurso de desorden de Olavarría sonaba al que criticaba en Chávez. En lugar de una reflexión serena y profunda sobre el momento que vivimos, mezcló observaciones atinadas con improperios descomedidos que eran, por decir lo menos, una descortesía. Qué pena con ese señor, se decía uno. Algo así como que uno invite a alguien a su casa con el fin deliberado de que otro huésped lo insulte. Pero ¿no fue Chávez mismo quien le dio la ocasión de la andanada? ¿No fue Chávez quien aceptó el apoyo de Olvararría conociéndole comportamientos anteriores? De paso, tal vez todos debiéramos imitar la encomiable serenidad de Chávez ese día, empezando por él mismo. Dos parlamentarios se liaron a puñetazos, descomedimiento que prodigaron a grandes y chicos a propósito del de Olavarría. A veces las rudezas se cancelan mutuamente. El Presidente del Congreso dice, con razón, que una vez instalada la Constituyente, el Parlamento no tiene sentido. Pero entonces Pedro Tabata y Capriles Radonski le dicen que tiene que renunciar. Nunca pensé que un parlamentario adeco pudiera tener razón en algo. Es la misma paradoja de los que se opusieron encarnizadamente a la Constituyente y ahora son candidatos a ella. Cervantes cuenta que había un jurado en «una puente». Todo viandante era interrogado: si respondía diciendo verdad se lo dejaba pasar la puente. Si decía mentira se lo colgaba. Un día llegó a la puente uno que dijo: «Vengo a que me cuelguen». ¿Qué hacer? Si lo dejaban pasar decía mentira y había que colgarlo. Pero si lo colgaban decía verdad y había que dejarlo pasar, pero ya estaba colgado, o sea, un loop lógico, del tipo que causa crashes en las computadoras. El jurado también hizo crash y se disolvió (Quijote, II:51). Algo parecido dicen esos candidatos: Quiero estar en una asamblea que no debe existir. Espero que no hagan crash en plenas deliberaciones si quedan electos. Unos liceístas salen a quemar cosas por la calle porque les adelantaron los exámenes de reparación. Los raspados salen a reclamar, destruyendo bienes, su derecho a estar raspados. Salen a destruir en vez de reparar. El jefe de la policía dice que quiere evitar confrontaciones y termina asaltando el liceo con bombas lacrimógenas. Hace un tiempo sostuve que si Descartes hubiera nacido en Venezuela habría inventado la lógica difusa. Ahora creo que hubiera inventado algo así como la ilógica precisa. Si las cosas siguen así, la Constituyente debiera promover una nueva Corte Suprema de Justicia integrada por personas de juicios tan serenos como Jorge Olavarría, Hugo Chávez, Alfredo Peña, Tarek William Saab, Pablo Medina y Alberto Franceschi. O, quién sabe, a lo mejor es como dice la guaracha: «El mundo está bien; el loco soy yo».
Ver Alberto Aranguibel, El loco Olavarría y los dictaminadores del billete Otros artículos sobre política |
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