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Magallanes (y Caracas) para todo el mundo

Roberto Hernández Montoya
roberto@analitica.com

El Nacional,Cuerpo E, domingo 28 de enero de 1996

Con sus hijos Hannah y Herman en Coro, Venezuela,
agosto de 2000.

El fanatismo es uno de los peores vicios que puede padecer una persona. Así lo demostró Manuel Caballero hace unos años en un memorable y lúcido artículo, lleno de hondas y luminosas reflexiones dignas de su nada escaso talento. Recuerdo que el único defecto de aquella bien pensada y serena pieza era que no reconocía la patente e indiscutible superioridad del Magallanes y se acogía a un oscuro equipo, llamado los Arrendajos de algún país extranjero, que ese año había ganado un campeonato creo que de bolas criollas. De resto el artículo era bueno.

Ahora que el Magallanes se quedó solo, pues fue eliminado el Caracas, aprovecho para presentar algunas ideas que vale la pena ventilar aquí entre enemigos.

En primer lugar es inútil, dispendiosa y poco seria esa proliferación de equipos sin oficio ni beneficio. El Magallanes y el Caracas son suficientes para satisfacer las necesidades del aficionado serio. Eso en estos tiempos de crisis y descarranche petrolero debiera ser un argumento suficiente, pues al no importar jugadores para todos esos equipos marginales nos ahorraríamos importantes divisas para poder financiar papamóviles y otras necesidades primarias.

Para mí esos equipos raros me lucen como esos candidatos presidenciales folklóricos que entre el desapego de los votantes y los guisos de Alfaro (me refiero al Ucero) terminan siempre con una participación decimal. Hacen ruido, cosechan pocas nueces, hacen gastar al país un realero y no gustan ni disgustan a nadie.

A un magallanero no le ilusiona ganarle a otro equipo que al Caracas. Inversamente, no le humilla perder con otro equipo que el Caracas. Lo mismo pasa a los caraquistas. ¿Qué sentido puede tener para un caraquista ganarles a los Caribes de Oriente o perder con el Pastora? ¿Qué gana un magallanero con derrotar a los Petroleros de Cabimas? Nada. Son juegos inconducentes.

Por mi parte el presente campeonato se terminó el día en que el Caracas fue eliminado. Supongamos que el Magallanes derrote a los Cardenales de Lara —que ahora recuerdo eran los pajarracos admirados por Manuel Caballero. ¿Y? ¿Y qué si pierde? Es absurda esa posición de algunos caraquistas vergonzantes que ahora están hinchando por los avechuchos anómalos esos de Manuel como revancha. Un caraquista serio se encierra en su casa, se entrega a la bebida, se va para un monasterio del Tíbet. Un magallanero serio igual: se regocija de los juegos ganados al Caracas en la serie particular, que es la única que interesa a los partidarios serios de ambos equipos, fastidia a uno que otro caraquista mal puesto y no vuelve al estadio ni ve más televisión ni escucha más radio. Simplemente declara que ya estuvo suave y no se ocupa ni de saber si ganó o perdió con los volátiles mutantes esos. Total qué importa.

Por eso debiera haber una sola liga Caracas-Magallanes. Lo demás es redundante y antieconómico.

Aunque cabe una reflexión final: como este remate petrolero que comenzó el lunes pasado nos va a conducir a un diorama esplendente de rutilante y porcelanizado futuro de pan, amor y fantasía, divisas baratonas en una larga vida de riquezas y placer, bueno, que haya dos ligas, pues. Una para los espectadores serios compuesta por el Caracas y el Magallanes. Y otra para los que tienen gustos raros como Manuel. Total este es un país democrático. Si acaso que haya luego uno que otro partido amistoso entre los campeones de ambas ligas porque, en fin, como ya dije, el fanatismo es uno de los peores vicios de la humanidad.


Manuel Ruiz, ¡LEONES!: ¿Magallanes será campeón?

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