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Miserabilismo

Roberto Hernández Montoya

El Nacional, domingo 17 de mayo de 1998
Caracas en La BitBlioteca
Caracas según RHM

Roberto
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia
, Caracas, Venezuela.

Está bien, el país anda mal. Hasta muy mal. No componen las calles, hay deuda eterna, hambre, violencia y el Metro no basta para aliviarnos la mala conciencia.

Pero también, aparte del Metro de Caracas hay Monte Ávila, Biblioteca Ayacucho, Inparques, Biblioteca Nacional y Banco del Libro. Hay Galarragas y Vizqueles, hay Jacinto Convit e Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC).

Tenemos un filtro que nos predispone a percibir las cosas como si las hubiera solo malas. Los políticos tienen parte de la responsabilidad, cuando nos dicen, por ejemplo, que «todos somos culpables». Roberto Malaver ha respondido en su entrevista para la revista Letras preguntando de qué seremos culpables el año que viene. Cierto que cuando uno lanza una colilla en la calle está contaminando, pero cuando un supertanquero embadurna de petróleo el Lago de Maracaibo hay algo así como una pequeña diferencia.

Recientemente se ha discutido el asunto, por ejemplo, en la lista Atarraya, de los venezolanos que habitan Internet. Unos señalan que todos somos responsables de esto, y otros, me luce que con más acierto, dicen que sí, pero que hay unos que son más culpables que otros. El asunto es sintomático y, sí, deprimente, porque en Atarraya se reúne, espero, parte de la élite intelectual, académica, científica, humanística de Venezuela. Hay mucho bobo, pero eso es normal en toda comunidad. Lo que inquieta es que de pronto se arman unas masas críticas no solo de trivialidad, que no es criticable cuando es inteligente, sino de errores de concepto como este, de que el país se hundió con todos adentro, salvo los que habitan Atarraya pero no el país, que abandonaron para no sufrirlo. No pienso que es vituperable que alguien emigre buscando otras perspectivas y horizontes, pero sí decir luego que todos somos culpables, echando de paso el país al cesto de la basura.

Lo peor de este miserabilismo es que el país termine eligiendo soluciones extremas, que son por cierto más extremas que soluciones. A veces me pregunto si una alternativa autoritaria es la mejor. Sería defendible, si acaso, si hubiera un sector «sano» capaz de dirigir un proceso de recuperación de tanta cuita. Pero ¿dónde está ese fragmento rubicundo? ¿La cúpula militar? Pido perdón a los oficiales honestos, pero ellos mismos se darán cuenta de que entre sus filas hubo unos cuantos ministros de la defensa que andan prófugos de la justicia. Y asimismo me perdonarán los empresarios justos, pero habrán de convenir conmigo en que entre ellos hay mucho prófugo o que debiera serlo, o más bien debieran estar presos. Parecida cosa hay que decir de los sectores académico, político, jurídico. Apenas las religiones parecen atender sus principios, sean judíos, católicos, musulmanes, santeros o marialionceros. Al menos se respetan y se entienden entre ellos, pero sin consecuencias externas

Jorge Luis Borges dijo que lo peor de los falsos problemas es que recomiendan falsas soluciones. Como que en diciembre elijamos un remedio peor que la enfermedad. El problema es que todos los remedios que conforman el menú que nos están cocinando lucen peores que cualquier enfermedad.


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