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Moral burguesa

Roberto Hernández Montoya

Caracas, martes 3 de octubre de 2006

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roberto_rnv
El autor en la Radio Nacional de Venezuela (RNV), 2 de agosto de 2006
(foto Tulio Monsalve).

Nada como este discurso de Hugo Chávez en la ONU para revelar en qué consiste la moral burguesa. Toda la prensa reaccionaria reacciona (precisamente, es su papel) con escándalo y grave ofensa ante lo que dijo Chávez sobre George W. Bush.

Para un burgués que se precie (caro, claro) los modales son lo único importante, todo lo demás no cuenta, destruir países, matar a cientos de miles de personas indefensas e inocentes, eso no importa siempre que se haga cumpliendo todos los detalles de etiqueta. El burgués Winston Churchill decía que nada cuesta conservar los buenos modales en el momento de matar a un hombre. La calificación de Bush como el Diablo es mucho más grave que todos los bombardeos en Iraq, Afganistán y el Líbano, para hablar solo de hechos recientes.

Es lo que Friedrich Nietzsche llamaba la moralina. El plan de Nietzsche es el del superhombre, en todo caso no es el de la mediocridad, el peor pecado en mi valoración del mundo. Hace años que no hablamos de burgueses, esos señores generalmente panzudos, que fueron siempre ejemplo de medianía y chabacanería. Así los veían los aristócratas de antaño. Hoy vemos en qué estado nos quieren dejar el planeta estos idiotizados del capital, a quienes no importa hundirse con globo y todo con tal de que sus balances cuadren. No tienen miramientos en acabar con naciones enteras (Iraq, Líbano) con tal de lograr esa fracción de ganancia necesaria para la salud de la empresa. Así es de abominable la racionalidad burguesa.

No hay que ir demasiado lejos para ver cómo el aparato ideológico burgués todo lo aplana a las apariencias y a la hoja de Excel. Chávez no diferencia entre una copa de agua y una de vino, como reclamaba Roland Carreño, «porque tú ahí ves el nivel, mi amor», y eso puede justificar hasta una guerra civil. Los videos de la Misión Robinson son feos, lo que puede justificar un golpe que abrogue todas las instituciones democráticas o un paro patronal y petrolero con aquel muertero. Jugar golf en el centro de la ciudad bien puede valer un genocidio ahí más o menos y tal.

El burgués disfruta de la división del trabajo, para no tener que cumplir las labores de Henry López Sisco mientras disfruta de un buen vino. Para eso está Alberto Federico Ravell, mientras él se limita al aria en el Teatro Teresa Carreño, eso sí, sin monos ni chusma, debidamente desinfectado.

Lo importante para el buen burgués son, pues, las formas, pero si hace falta aplastarlas se aplastan y se recurre al Conde del Guácharo, porque creyeron que su chabacanería era la del pueblo y no la de los pequeños burgueses que tienen con qué pagar sus espectáculos. O se azuza a ese desierto llamado Manuel «Diciera» Rosales. Cualquier recurso vale con tal de conservar medio metro de campo de golf. Si no importa acabar con Guernica o con Faluya ¿qué puede importar hundirse en el ridículo con un candidato sin médula social, producto perfecto de 40 años de esterilidad burguesa?


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