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Sección: Bitblioteca
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El origen de la tragedia Caracas, miércoles 11 de setiembre de 2002 Palabras no quiebran huesos Romance histórico ¿A qué gritar cuando las gentes pueden también entenderse en el tono normal de la voz humana? Mariano Picón Salas Una vez pidieron a Esopo que comprara en el mercado lo mejor que encontrase. Trajo una lengua. Dijo que era lo mejor porque permitía poesía, ciencia, requiebro, comunión. Luego le pidieron que trajera lo peor. Trajo una lengua. Permite conspiraciones, calumnias, contumelias, insultos, chismes, guerras. Algo así observamos en el mundo, para no hablar de la historia de la humanidad. Gente de Oriente y Occidente habla para deliberadamente no entenderse. No siempre fue así. Por siglos en España confluyeron y convivieron con mutuo provecho las tres religiones monoteístas que ahora tienen al planeta al borde de la destrucción. Es que luego vino Torquemada y se acabó la diversión. Parecido nos pasa en Venezuela en estos días. Vemos un país en un canal de televisión y otro en otro canal. Últimamente no es solo una cuestión de falta de entendimiento entre oposición y gobierno, sino dentro de los bandos. El Diccionario de la Real Academia Española dice que palabrero es el que «habla mucho». Pero en la Guajira es quien media en los conflictos. Aram Aharonian ha dicho que estamos importando mediadores: Carter, OEA, PNUD. Para nada porque hay quienes no quieren reunirse con nadie ni hablar de nada. No hay negociación posible cuando parto de que solo dialogo si se satisfacen todas mis condiciones y solo mis condiciones. En ese caso dialogo deliberadamente para no entenderme con nadie. Debiéramos importar a un palabrero. El poeta y ensayista colombiano William Ospina anota una diferencia estratégica entre Colombia y Venezuela: el lenguaje. En Venezuela se habla con injurias incalculables. Eso no es posible en Colombia, porque allá se te va la lengua y te matan. Aquí nos matamos solo el 11 de abril y aún no sabemos si fue una intervención ajena a los bandos, que es lo que me vengo maliciando desde ese día. En todo caso no es el modo habitual de enfrentarnos. No lo fue antes ni lo ha sido después de ese día. Una de las pruebas de ello es nuestro modo brutal de insultarnos. Digo barriga verde a mi vecino, porque me llamó tripas azules, y sé que de ademanes desapacibles no pasamos. Aunque, aquí entre nos, nunca he insultado a nadie, pero no ha sido por miedo a que me mate, sino por terror de sentirme ridículo. Hasta ahora ha sido así. Pero pudiéramos cambiar para peor. Hay gente empeñada en eso, que no recuerda que por andar invocando violencia España tuvo que sobrevivir a tres años de guerra civil, un millón de muertos y 40 años de dictadura. No esperaron unos días, unos meses, no se escucharon, no se dio paso a la gente comedida sino a los más extremados. Alguien debiera trasmitir en cadena nacional una película de Laurel y Hardy en que destruyen la casa a un tipo, que a su vez les destruye el auto. Por incapacidad para dialogar van escalando de violencia en violencia hasta terminar en una desmesura destructiva. Es una película muy cómica pero, como dice Claude Roy, «la verdad es demasiado dura para decirla sin hacer reír». Tal vez esa película nos ayude, más que Esquilo, a entender el origen de la tragedia.
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