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Sección: Bitblioteca
ENVIAR A UN AMIGO | ENVIAR AL DIRECTOR | ENVIAR AL EDITOR Los peluches. Háblame El Nacional, domingo 6 de enero de 2002 Cierto vendedor de autopista se te acerca cargado de peluches y te musita al oído: Los peluches. Háblame. Concisión e incitación a la locuacidad; precisión e imprecisión; claridad y oscuridad. Anáfora. Todo a la vez. Poesía callejera. Los vendedores de autopista me han hecho dudar de la irreligiosa ley aquella de conservación de la materia, la que pretende que nada se pierde ni se crea, sino que todo se transforma. O tal vez sí: hay una transformación del asfalto, que en ciertas condiciones de temperatura y congestionamiento exuda gente con antenas, cueros de ante, preservativos, agua mineral sobrenaturalmente fría, catalinas, regletas, películas y libros pirateados, CDs de videojuegos de moda. Se arma una cola y a los pocos minutos, en los parajes más recónditos, el asfalto rezuma a estos representantes de la iniciativa privada. El asfalto los reabsorbe al despejarse la cola. Es mi teoría. Científica, como se echa de ver. Háblame dice este poeta y te da la libertad de expresar cualquier sentido. Le interesa tu voz. No te conmina como otros vendedores, a quienes tienes que echar con la policía, porque se te aferran enardecidos para que les compres la Enciclopedia En La Que Solo Resplandece La Verdad y qué mal padre eres que no se la quieres comprar a tus hijos. En cambio, este mercader de autopista es respetuoso de tu voz. Ella lo decide todo, pues no estás obligado a una sola respuesta («sí»), como pretenden los traficantes vulgares. Este te abre el espectro infinito de la expresividad humana. Solo te prohíbe el silencio, pues te exhorta a hablarle, con amplitud constitucional. Cual este poeta deambulan otros, como un joven astroso que daba la impresión de que vivía irónicamente, de que sus andrajos eran irónicos que declaró a quien quisiera escucharlo: Ando vestido de dolor humano. Un tipo habla por celular, con sus pantalones a la moda, a la manera de Cantinflas, casi cayéndose. Un amigo suyo se los hala hacia abajo, por detrás, en broma, sin éxito. Y el del celular responde esquivando al amigo: ¿Qué? ¿Me vas a pelar la estructura? pronunciando, como esos guachamarones de barrio, en su prosodia impecable, todas las -s finales. Otros apenas hablan, pero se expresan con elocuencia. Como los que mendigan en ciertas dos esquinas de Caracas. La estampa de estos seres hace que Luis Buñuel te parezca Walt Disney y Goya una imagen de Épinal. Debe haber algún encargado del casting de esas dos esquinas, porque no he visto en toda la ciudad imágenes más patéticas. Desafían a cualquier artista español del esperpento. Si Valle Inclán viviese lo llevaría allí y lo retaría a describir aquello con el verbo exuberante y estudiosamente procaz de sus Divinas palabras, su obra maestra del esperpento. Allí se espesa todo el sucio, todo el greñero y toda la fealdad. Pero no la fealdad normal de la gente poco agraciada, sino la fealdad social, expresada en la minuciosa violación de toda urbanidad, porque hay algunos que, bien mirados, no lucirían mal si vistieran ropas habituales. No son como las indiecitas con niño en brazos, tan estandarizadas que sospecho que se trata de una franquicia. Estos son creativos, tullidos y enfermos de SIDA, que si es mentira que están enfermos de SIDA es porque están enfermos de algo peor, si lo hay. Sí lo hay, la enfermedad de la indiferencia colectiva, que lo peor que tiene es nuestra indiferencia ante esa indiferencia. Si quieres verificarlo con tu propio asombro vete a las esquinas de la Av. Andrés Bello con La Salle o con la Av. Principal de Maripérez, en Caracas. Allí te esperan. Allí esperan a cualquiera. Tal vez a nadie.
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