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Sección: Bitblioteca
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El grado cero del pensamiento El Nacional, domingo 19 de octubre de 1997
En estos adioses del siglo se ha puesto de moda la muerte de las ideologías. Vemos con la irónica compasión de Borges por los heresiarcas a todos aquellos que se contorsionan con ideas fijas, tutelares y absolutas. No estaríamos como en la Edad Media, cuando había quien sostenía que saltar en la tumba de cierto santo movilizaba como nada la fisiología del espíritu, para no hablar de la circulación sanguínea. Otros que María no era virgen y que Cristo tuvo una porción de hermanos. Por ideas así mataban o se hacían matar. Con frecuencia ambas cosas. Cuando comenzó esta Democracia había un espectro político bastante didáctico: la izquierda era el Partido Comunista de Venezuela, la derecha Copei y Acción Democrática la izquierda «con vaselina» (Rómulo dixit). Unión Republicana Democrática (URD) quedaba como enigma único, al buen tuntún de los lances de Jóvito Villalba, su líder total. Comodín de la política, premonitorio del presente, Jóvito era un profeta. Ahora, niños, ya saben quién es el epónimo del Parque del Oeste. De resto la gente se decidía por un partido u otro según su visión ante la historia de Venezuela, si aplaudía a los liberales o a los conservadores de la Guerra Federal, si creía en Dios o no y cómo. Tanto fue así que cuando Rómulo sumió a Acción Democrática en la tradición retrógrada que tanto combatió, los jóvenes indignados Domingo Alberto Rangel, Jorge Dáger, Américo Martín, se fueron un rato a la guerrilla, a matar o a hacerse matar por las ideas traicionadas. Se aliaron con Teodoro y Pompeyo. Luego vino la «democracia con energía» y con ella esta entropía ideológica. Candidatearse ahora es decir «ese hombre sí camina», «yo tengo la voluntad», «¡palante!», que como ideologías me parece que son bastante deficitarias. En realidad no ha muerto ninguna ideología. Lo que ha menguado es el marxismo. Y ni tanto, porque ahí está Fidel. Las demás están intactas. No he visto al Papa disolver el Vaticano ni a los ayatolas decir que ya no creen en las cosas esas. La secta Moon es tan poderosa que la expulsan a pesar de sus inversiones básicas. Hay gente que se suicida por acudir a una cita con una nave espacial estacionada tras un cometa. Gente que mata por Euzkadi. No estamos en ese mundo de ciertos intelectuales exquisitos que dicen no creer en nada, aparentemente admiradores de Jorge Luis Borges, que han construido una estética sobre su incompetencia absoluta en todo, hasta para escribir, pintar o componer, que se supone que es lo que saben hacer. Están como los demás: en la ideología de la desvergüenza, en la que no se oponen visiones del mundo sino acciones de facto. Así será de desheredado el debate que el único que empuña una ideología es el Movimiento Bolivariano. Tal vez sea mejor así, como sugiere Janet Kelly. Si aunque sea hubiera un candidato como lo esbozaba José Ignacio, que no hablara tanto y tapara unos baches o hiciera funcionar tuberías. Quizás ese candidato es Irene, que solo produce pasión entre quienes la adversan por bonita y por mujer y entonces dicen la tontería de que es tonta. Es una lástima que una beldad no produzca pasión entre sus admiradores. Es inconcebible que en el contexto político cerrado de Venezuela un candidato cimarrón gane las elecciones y se las respeten. Pero si no va a ser apasionante sería al menos divertido que ganara.
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