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Sección: Bitblioteca
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Elogio de la política Domingo 12 de mayo de 1996
Apenas el 8% de los venezolanos votaría por un político. Prefieren a un militar retirado, a una mujer, a un intelectual. Lo dice una encuesta verosímil. ¿Qué pasa con los políticos? Porque la cosa no es solo en Venezuela. Está pasando en todo el mundo. En 1958 cada ciudadano tenía un político en quien confiaba con beatitud. Pero una sucesión sistemática de despechos, rupturas, desgarramientos, enguerrillamientos, arrepentimientos traumáticos, derrumbes, depresiones, fue malbaratando aquella candidez. Se desató una entropía, un desgaste, un deslucimiento de la profesión de político. Y es una lástima porque es tal vez el oficio más universal, más estratégico; el que los coordina a todos y los hace valer. El político sintetiza el todo social, hace fluir fuerzas encontradas, sortea obstáculos, halla soluciones, organiza vigores, expectativas, ansiedades. Evita que los conflictos lleguen a manos militares y cuando así sucede se los quita lo más pronto posible, con el menor daño posible. No tengo trato asiduo con los políticos porque me inquieta su tanta frialdad con asuntos que me merecen el mayor miramiento. Y también porque las técnicas con que se proponen manipularme me dan risa. Pero me simpatizan desde lejos, entre otras cosas porque, por poner solo un ejemplo, muchos de mis mejores alumnos han tenido experiencia política, que enseña cosas de la vida que los libros no dicen ni pueden ni tienen por qué decir. Pero esos son los buenos políticos. Los malos son, por lo menos, de dos tipos: fanáticos o mediocres. A nosotros nos han tocado más los segundos que los primeros. Por suerte, porque los fanáticos son peores. Organizan exterminios, desarticulan instituciones, castran la creatividad hasta de sus propios partidarios. Son stalinistas, nazis, chiítas, neoliberales. Pero a diferencia de lo que se suele pensar, los buenos políticos no son honrados. Son honestos, que es cosa diferente. Honrado no roba, honesto es digno de crédito, así represente ideas y actitudes enemigas de uno. Y aquí está el centro del problema. No cabe esperar que cambiar a unos políticos por otros signifique sustituir a unos truhanes por unos honrados. Mejor así, porque los honrados suelen ser fanáticos. Hoy tenemos, además, el desafío mayor de sostener los partidos. Hay que pagar faxes, computadoras, celulares, transporte, publicidad, oficinas, secretarios, asistentes, alojamientos. Se necesitan aviones, prensa, hay que aceitar manos. ¿De dónde sale todo eso? ¿De las cotizaciones de una militancia cada vez más exigua y estorbosa? Tiene que salir de otras fuentes. De los caudales del estado, de las dádivas de los banqueros, del narcotráfico... La labor más delicada del político honesto es no envilecer sus principios a cambio de esas exacciones que llamamos corrupción o de esas mercedes opulentas que comprometen. Es un grave problema que afecta a esta democracia retorcida, que es la que conocemos. Aquí y en España, donde los electores acaban de desalojar a un equipo escandaloso por otro que no veo cómo va a eludir la mantenencia de una maquinaria no menos voraz de fondos que el PSOE. No sé por dónde andará el Montesquieu que resolverá este entrevero, pero más vale que se vaya apresurando antes de que el desgaste de la democracia nos lleve a la dictadura, el máximo mal de la política, pues tiene todas las desventajas de la democracia y ninguna de sus ventajas.
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