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Prólogo de Información verás
El presente espectáculo comunicacional venezolano muestra fenómenos ya trillados en otros tiempos y lugares, pero de una intensidad que tal vez no tenga antecedente en el resto del mundo y de la historia. Entre los medios venezolanos anida una implacable disposición al totalitarismo, pues pretenden someter todos los poderes públicos y económicos en un ejercicio que va más allá del poder de los reyes absolutos o de las satrapías orientales. Este libro recoge reflexiones desarrolladas al bochorno de los hechos acaecidos en Venezuela entre 1998 y 2003 y de algunos otros fenómenos menos perentorios. Intento exponer la tesis esbozada en el párrafo anterior a través de una reflexión sobre
Todo ello pueda tal vez resumirse
Los medios venezolanos se proponen ejercer la política sin sufrir sus eventuales consecuencias adversas. Solo usan lo que difunden: gratificación instantánea, desde despedir a un periodista respondón hasta el acoso y derribo de un gobierno democrático legitimado en siete elecciones seguidas. Para ello no vacilan en manipular masas previamente educadas durante años por sus pantallas y por su tinta. Como todo poder despótico, no temen nada. Los reyes absolutos rendían cuentas, al menos, a una corte, a un parlamento, a un consejo de grandes, o respondían solo ante Dios y ante la historia, como Francisco Franco. Hoy los medios, sobre todo los venezolanos, no aceptan menos que el mando más absoluto conocido por la historia humana, pues no admiten la estructura de poderes públicos mutuamente controlados que diseñó Montesquieu. Cualquier intento de formular reglas de juego es denunciado como atentado contra la libertad de expresión, su rehén. Un poder que no acepta límites es un poder dictatorial. Nunca la chocarrería y el descaro brillaron con luz más vergonzosa. Raras veces la falta de ética rigió con tanta comodidad. Ni la carencia de sentido estratégico moldeó mejor una conducta corporativa que condujera a resultados tan catastróficos: en 2002, según la Cámara de la Industria Papelera, la venta de papel de periódico bajó en un 70%. La maniobra de los medios venezolanos de estos años ha conducido además a la reducción considerable de páginas de cada edición, así como a la mengua de la sintonía de los medios radioeléctricos. Tal vez el amarillismo y la marrullería fueron inventados para que culminaran en esta hora y punto de la comunicación en Venezuela. Muchos de los críticos de los medios durante los años 60 y 70 han cerrado filas temeraria y desvergonzadamente con quienes otrora los repudiaron sin clemencia y más temprano que tarde los desecharán como bagazo cuando ya no los necesiten, como han hecho recientemente con cientos de sus trabajadores más fieles, a los que no pueden pagar por culpa de la dispendiosa aventura golpista en que se comprometieron. Además de la consideración de la coyuntura, intento un recorrido por las actuales perspectivas tecnológicas y sociales de los nuevos medios, así como por su inesperado y estratégico papel político en el sostenimiento y fortalecimiento de la democracia. Durante las 36 horas del golpe de estado de abril de 2002 Venezuela vivió una situación tal vez inédita en el mundo: los nuevos medios de comunicación (teléfonos móviles celulares e Internet), junto con los más antiguos (la calle, el ágora, la voz humana desnuda), impidieron la consolidación del derrocamiento del gobierno, llevado a cabo por los de edad media (televisión, prensa, radio). En esto Venezuela ha estado a la vanguardia tecnológica: por primera vez los medios del siglo XX derrocaron un gobierno y los más nuevos y los más viejos lo restituyeron. Asimismo, entre diciembre de 2002 y enero de 2003 en Petróleos de Venezuela se escenificó por primera vez en el mundo una guerra cibernética. Hasta ahora las batallas cibernéticas han sido auxiliares de la guerra convencional, para sabotear servicios computarizados del enemigo, pero nunca una guerra se había desarrollado de pleno y lleno en el terreno cibernético, donde los combatientes en lugar de hacer armas habituales unos contra otros, se lanzan códigos, contraseñas, bombas lógicas, etc. Esa situación se vivió durante el mes de diciembre de 2002 y parte de enero de 2003 cuando Intesa, una compañía inventada para administrar los servicios informáticos de Petróleos de Venezuela, saboteó todo el sistema para contribuir con el llamado a paro realizado por la alta gerencia de la industria, la patronal Fedecámaras, la Confederación de Trabajadores de Venezuela, los partidos políticos de oposición y, por encima de todos ellos, los medios, núcleo y savia de la conspiración. Esa acción fue pieza clave en el sabotaje petrolero y constituye el primer caso de terrorismo cibernético a gran escala. Habrá que crear otra épica para estas acciones bélicas. Por un lado los computistas y por otro la gente reportando directa y heroicamente por celulares los acontecimientos en medio de la calle, frente a los cuarteles, ante el palacio presidencial, ante la televisora del Estado. Y por otro la televisión y la radio transmitiendo dibujos animados y música, mientras la historia transcurría. Es como si en plena batalla de Austerlitz o de Ayacucho las televisoras y radios, de haber existido, hubieran transmitido solo películas baladíes. Pero la gente se les escapó, los medios no comprenden nada. El 11 de abril de 2002 escenificaron un golpe de Estado mediático, ante las cámaras, con los recursos y la lógica de un productor de televisión. Montaron una masacre para la pantalla, acusaron sin pruebas al gobierno y un pelotón de generales se dirigió a la nación a través de la televisión. Sin ningún sustento fuera del medio, doblegaron en pocas horas un gobierno desprevenido porque ignora disciplinadamente, aun hoy, el funcionamiento de los medios. Tal vez es mejor así, para que no entre también en esa lógica perversa. Son ignorancias correlativas: el gobierno ignora el funcionamiento de los medios y estos el funcionamiento del actual proceso político. Es esa una de las actuales impasses políticas de Venezuela: el gobierno sabe hacer más oposición que gobierno y la oposición sabe hacer más gobierno que oposición. Lo que ocurre en los medios es un trasunto de ese desarreglo. Es eso lo que trata de desarrollar el artículo «Nuevos medios contra viejos golpes». Entender este proceso venezolano de las comunicaciones dirigidas por una oposición mediocre, marrullera y artera es crucial para la humanidad, porque el experimento puede tenerla en sus manos en cualquier momento, como en la Italia de Berlusconi y en los Estados Unidos con la Ley Patriótica que sus medios practican ávidamente. Ya hubo antecedentes alarmantes con el macarthismo y el Código Hayes de Hollywood contra la expresión erótica. Como toda censura erótica producía más lubricidad que la expresión llana: como no se podían mostrar ombligos, porque recordaban otro orificio centímetros más abajo, las odaliscas, tan al uso de la época, tuvieron que ponerse una joya en ese lugar. No es nuevo, pero el de Venezuela luce como el más grave hasta ahora. Ya la amenaza no es de las dictaduras clásicas solamente, sino de la dictadura que instauran los medios, como han hecho en Venezuela. Por último, pero no menos importante, debo agradecer muy especialmente el minucioso trabajo de corrección y retoque de los textos, realizado por Clara Díaz de San Martín.
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