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¿Quinientos años de cultura no bastan?

Roberto Hernández Montoya

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Revista Imagen, Caracas: Consejo Nacional de la Cultura (Conac) de Venezuela, setiembre-noviembre de 1998
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Como ustedes pueden ver (un programa para la gente que escucha)

Forma parte de la cultura venezolana la convicción paradójica de que ella misma no existe. Según esa tesis miserabilista no solo no hay cultura ilustrada, sino que no la hay ni popular ni de ninguna otra naturaleza porque tampoco hay identidad nacional, ni país mismo siquiera. En realidad no sé cómo estoy escribiendo esto y tú leyéndolo porque, a menos que seas de otra parte, ni tú ni yo existimos.

Hay otra versión de este apocalipsis perpetuo. Circula en un chiste que nos permite reír de esta apoplejía existencial:

Mueren dos malvados, uno alemán, el otro venezolano. Al primero le toca la sección germana del infierno. Al otro la venezolana. Se encuentran luego de varios siglos. El tudesco refiere las pailas, el plomo fundido, las pestilencias.
—Lo peor es el fuego constante. ¿Y tú? —añade el teutón.
—Me va muy bien —cuenta el criollo—. Casi nunca hay gas y cuando lo hay alguien se roba los lanzallamas. Cuando hay gas y lanzallamas entonces no viene el diablo encargado. Por fin cuando todo funciona, le pasas una plata al diablo por debajo de la mesa y listo. Así llevamos varios siglos y no me han echado ni la primera chamuscada.

El único mérito de este chiste es servir de emblema a una nación semiparalizada. Si explicara el fenómeno tendría el rango de mito. No está a esa altura porque un chiste es exiguo para explicar cosa tan tupida como cualquier país. Solo da una pista.

Criollo y sabroso

La convicción de que somos un crisol de tres culturas no es errónea; solo es incompleta. En primer lugar porque fueron mucho más de tres. Las hemos resumido así porque pensar cansa.

  • Los que llamamos españoles no eran una cultura emulsionada, sino un surtido en el cual no coincidía ni siquiera la lengua, porque hablaban castellano, catalán, gallego, valenciano, vascuense.
  • Los indígenas tampoco. En lo que ahora es Venezuela, donde se concentra la atención de este texto, había un archipiélago de comunidades dispersas no solo por la geografía sino porque tampoco coincidían en lengua y cultura. Y en algunos casos era peor que en el de los peninsulares, porque muchos no se habían visto jamás.
  • Como las desgracias humanas siempre se pueden empeorar, la situación de los africanos era aún más drástica. Eran cazados como bestias en el hinterland africano por los reyezuelos africanos de la costa, quienes los vendían a tratantes españoles y sobre todo portugueses. Esa primera cacería revolvía los orígenes, tal vez por motivos estratégicos: al producir accidental o deliberadamente una Babel, se desintegraba la coherencia interna mínima que requieren las rebeliones. La mezcla continuaba creciendo en los propios barcos y lo que llegaba a América era un desconcierto de lenguas y jirones de tradiciones dispersas.

Los españoles tenían una ventaja: una sola religión, aparte de arcabuces y visión global y eurocéntrica del mundo. Ello explica, especulo, que la Reina Católica promoviese la Inquisición: para enardecer el eje doctrinario común. La única cohesión interna de africanos, indígenas y españoles era el papel sociopolítico que les tocó: esclavos, siervos y señores. Fuera de esas funciones y la religión que trajeron los peninsulares, no tenían representaciones concurrentes.

Todo era antiguo, lo único nuevo del Nuevo Mundo era el encuentro. Las músicas y las culinarias criollas que resultaron son engañosas porque hacen pensar en un cruce apacible de culturas amables. No dice nada de las decenas de millones de indios exterminados por pestes, trabajo forzado y matanzas organizadas o improvisadas. Todo hay que decirlo: los curas se opusieron a la esclavización de los indios. Alguno denunció con vehemencia la destrucción de las Indias. Pero bendijeron la esclavización de los africanos. Advertí que todo hay que decirlo.

Como buena dominante, la estructura política europea era intolerante. No admitía el menor valor a nada que no fuera ella misma: su religión, su modo de actuar, su burocracia, su lengua —finalmente adoptaron la castellana como una y única. Los españoles impusieron un solo sistema en toda América. No descuidaron ninguna grieta. Los indígenas que no evangelizaron, ni pusieron a hablar castellano porque eran muchos, quedaron enmarcados dentro de comunidades bien controladas que no han dejado de menguar desde entonces.

La Independencia no cambió ese elemento básico: la dominación de la raíz sociopolítica europea. Lo demás es residuo indeseable.

Soy esquizofrénico. Yo también

Vivimos una esquizofrenia. En el plano racional —así se presenta, así miente— somos europeos. Según eso Aristóteles nos organiza las mentes, el derecho romano nos legisla, el Sermón de la Montaña nos religa. Es lo público, el mobiliario que sacamos cuando hay visita. Tenemos leyes estupendas, las universidades sabios bien recomendables y los conventos son impecables.

Pero más abajo, en los ríos profundos, subyace un magma de tambores, plátanos fritos, tonadas de ordeño, empanadas de cazón y hamacas, que no dejamos llegar al salón principal salvo por demagogias bien breves y bien controladas. Eso explica las pasantías de los niños bien en los movimientos de izquierda y su afición fugitiva por las cosas populares (ver La aristocracia de izquierda).

El Apartheid surafricano era sencillo: unos aquí otros allá. No había confusiones. Entre nosotros no hay tal llaneza, porque no es que unos tienen raíz europea, otros indígena y otros afroamericana, sino que coexisten sin convivencia en todos y cada uno de nosotros. En el trabajo, en la docencia y en el mando la referencia privilegiada es la raíz europea. Pero en lo dilecto, hedónico, lúdicro, íntimo, felicitario, nos aferramos a esas querencias profundas, de fogón y traspatio, donde las cocineras africanas enseñaron los plátanos a las indias que preparaban pasteles de maíz aderezados con ingredientes peninsulares. Parecen tamales, pero en Venezuela se llaman hallacas y no se concibe Navidad sin ellas. Son más importantes que el Niño Dios, porque ya no creemos en eso. Dejamos de creer en Dios, pero no en las hallacas y los centros comerciales.

Un, dos, salvaje

La vida es complicada. Según J.M. Briceño Guerrero nuestra vida está presidida por tres discursos: los que él llama

  • La Europa Primera, la de los privilegios aristocráticos y los principios religiosos más vetustos.
  • La Europa Segunda, la de la ciencia, la tecnología y el estado de derecho.
  • El discurso salvaje, los harapos sin doctrina que quedaron del despojo y la dispersión de las culturas africanas e indígenas.
[...] ninguno de los tres discursos logra gobernar la vida pública hasta el punto de poder dirigirla hacia formas coherentes y exitosas de organización, pero cada uno es lo suficientemente fuerte para frustrar a los otros dos, y los tres son mutuamente inconciliables e irreconciliables. Entre tanto las circunstancias internacionales del mundo tienden, por una parte, a reforzar el discurso europeo segundo y prestan altavoz al clamor de desarrollo acelerado hacia un discurso racional segundo apoyado por la ciencia y la técnica, pero el discurso mantuano se esconde detrás del discurso europeo segundo y negocia su continuidad con intereses de las grandes potencias beneficiadas por ese estado de cosas mientras el discurso salvaje corroe todos los proyectos y se lamenta complacido (J.M. Briceño Guerrero, El laberinto de los tres Minotauros, Caracas: Monte Ávila, 1993, p. 9; ver América habla a través de J. M. Briceño Guerrero).

¿Cómo se puede vivir así? Bueno, tú sabes. Los empresarios no tienen fines de lucro (ver Locademia de gerentes). Si así fuera sus productos no serían tan desnutridos, erráticos y negligentes. La televisión no sabotearía a sus mejores libretistas, actores y directores. Los cajeros automáticos de los bancos funcionarían al punto y las líneas no se caerían los viernes en la tarde para evitar salirse de compensación. Lo que tienen es ambición de poder, que es vocación más feudal que capitalista. Por el otro extremo el discurso salvaje se la pasa saboteando a los otros dos, burlándose, divirtiéndose, en medio de una libido destructiva y autodestructiva porque no tiene horizontes.

De los tres el más contuso es el de la Europa Segunda. La Primera lo usa como celada, simulando lealtad a la ciencia, la tecnología y las leyes. Es mentira, claro. Lo fundamental es que su poder y sus privilegios congénitos no sean discutidos. La Primera ha adoptado la Segunda porque la hegemonía mundial se acoda sobre ciencia y derecho, pero solo como táctica, porque ni modo que se ofrezca ante el mundo con todo su descaro aristocrático. Fíjate cómo todo conflicto se dirime siempre en favor de privilegios innatos. Y por su lado el discurso salvaje lo burla cada vez que puede, y siempre puede.

Se configura así un discurso público embrollado, embaucador y embarcador que simula poner por delante el derecho, el método científico y la viabilidad tecnológica. Pero los aparatos y programas apenas funcionan, las leyes son un ejercicio nominalista según el cual basta redactar y promulgar una ley para que se satisfaga la necesidad que la engendró. En la realidad se aplica el celebrado principio esquizofrénico de «se acata pero no se cumple». Sin apelaciones. Luego vienen las excusas: el gobierno anterior, el sabotaje de la oposición, la intervención del Estado, falta de estímulo a la inversión privada. Por eso no hay fracasos sino mala suerte o mala voluntad de los demás. Parafraseando a Zapata, todos somos eficientes; los ineficientes son los demás.

¡Triunfar!

Simón Bolívar —el que pronunció esa palabra en momento de desesperación general— fue el único que organizó los tres discursos en un dispositivo hacendoso y triunfador. Siempre me he preguntado qué voz y qué gesto empleó para movilizar a Mariño, a Páez, a Bermúdez y a sus respectivas gentes para hacer lo que hizo desde la Isla de Margarita hasta el Alto Perú, hoy Bolivia.

No fue fácil, hubo reventones e implicó una violencia equiparable a la del enemigo, tal vez superior, empezando por la Guerra a Muerte. Le implicó integrarse con el tumulto, es decir, bailar su música, amar a sus mujeres, completar sus faenas, ser mejor jinete que todos, ejercicio que se emparejaba con sus otros talentos, más publicados. Ejerció los tres discursos con igual soltura y los hizo alimentarse y no sabotearse mutuamente. Pero al final ya nadie pudo vivirlo. La Europa Primera pasó su factura con el aislacionismo de «La Cosiata» y el discurso salvaje se sacudió durante un siglo XIX desastroso de guerras y sobre todo guerritas interminables porque no podían concluir, como ahora pasa en Colombia. Una guerra finaliza con la derrota de uno de los bandos o porque ambos convienen en que no vale la pena seguirla. Eso pareció suceder con el Tratado de Coche, que no fue un término cierto, porque dejaron afuera a los que pusieron los muertos: los que detentaban el discurso salvaje, eso que hemos convenido en llamar con más demagogia que precisión «el pueblo», lo que he llamado el balurdo impertinente. Las guerritas siguieron aguando la fiesta de las Europas Primera y Segunda. Vino a detener aquellas guerras el dictador Juan Vicente Gómez, mediante la violencia incalculable de la Europa Primera, armada con los recursos de la Segunda: telégrafo y tropa mecanizada, que le permitía campear por el territorio nacional con una eficacia que los solos caballos y recuas de los ejércitos nacionales anteriores no podían siquiera vislumbrar. Para eso sirve la Europa Segunda: servir de auxilio a la Primera, la que manda.

¿Cómo ha logrado el Metro de Caracas, ese ovillo de Europa Segunda triunfante, sobrevivir a los otros dos discursos? Todos los días nos maravilla su funcionamiento impecable. Todos los días nos organiza y nos fascina. ¿Cómo es posible? No lo sé. El genio de su creador, José González Lander, no me basta. Otros ha habido de igual Europa Segunda como él que han sucumbido en un tremedal de maniobras y astucias que le han armado los otros dos discursos.

Si alguna vez la humanidad supera vicios como el racismo y la discriminación comenzará por algún país latinoamericano, tal vez por Venezuela. Tenemos los ingredientes: una cultura que las entiende todas porque las contiene todas. Solo falta mezclarlos sin neurosis. Pero para ello, como en la superación de toda neurosis, hay que madurar y madurar implica no avergonzarnos por nada que no sea vergonzoso.

La Europa Segunda, por ejemplo, no es toda paraíso, basten los infiernos industriales desde los talleres de la revolución industrial hasta los niños japoneses que se suicidan porque sacan bajas notas, pasando por los tiempos modernos de Chaplin. Para no hablar de las guerras de exterminio, desde la Primera Mundial hasta Hiroshima, tan eficientes, tan industriales. No quiero ser japonés, como quieren tantos simuladores de la Europa Primera. No quiero ser alemán. No me cuadra esa vida sin sabores ni amores.

Para superar esa neurosis tengo que despuntar mis raíces, que no son tan ridículas como me gusta pensar. Para conocer la cultura africana no tengo que hacer el esfuerzo que necesita un sueco: hablar con un gentío y asimilar un montón de libros y experiencias inexploradas. A mí me basta comenzar viendo mi interior porque soy africano de todas las Áfricas, indígena en todas sus inmediaciones, europeo desde Lisboa hasta Moscú, como lo fue Miranda, como lo fue Bolívar, como lo es cualquier intelectual latinoamericano, como lo es cualquier latinoamericano.

Somos más europeos que los europeos, porque un francés sabe de la cultura francesa e ignora casi todo de la inglesa o la italiana, aunque la tiene al lado. Cuando un latinoamericano es culto abraza y abrasa toda amplitud europea, sin curarse de fronteras y provincias. Terencio lo decía: «Homo sum, nihil humani a me alienum puto», ‘hombre soy, nada humano me es extraño’. José Vasconcelos nos llamó «raza cósmica». No fue mala intuición porque el cosmos nos pertenece porque pertenecemos al cosmos como ningún otro pueblo. Nunca hubo lugar donde la humanidad se congregara con tanta unanimidad como ineficacia. Hemos hecho grandes cosas, pero son más las que hemos extraviado que las que podríamos lograr.

Pero tampoco es como para deprimirse, que es uno de los peores síntomas de parálisis, pensando que no tenemos remedio y que nos lleve el Diablo. Peores cosas han vivido otros pueblos que se nos presentan como envidiables, como modelos, guerras atroces como las dos mundiales, exterminios sistemáticos como los de Hitler, bombas atómicas como las de Truman, industrializaciones criminales como la de Stalin. No hemos creado tecnologías apocalípticas como la nuclear, que han puesto a la humanidad a punto de acabar con todo en un borrón sin cuenta nueva. Visto así tampoco lo hemos hecho peor que ellos y puestos a comparar creo que salimos bastante bien parados, total un siglo de paz sistemática no recomienda mal a Venezuela.


Roberto
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia, Caracas, Venezuela.

También:
América habla a través de J. M. Briceño Guerrero

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