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¿Para qué reír?

Roberto Hernández Montoya

Caracas, 6 de febrero de 2000

Libro de mal humor
Libro de mal humor, Caracas: Fundarte, 1981.
El humor es un terrorismo benigno. Pone sus bombas donde menos se las espera. Uno de los primeros humoristas venezolanos fue el general José Antonio Páez, que volvió locos a los españoles durante la Guerra de Independencia, hasta el punto de que estoy seguro de que el pobre jefe español Pablo Morillo murió angustiado, exclamando: «¡No entiendo nada! ¡Nunca entendí nada! Eran unos tíos descalzos, y nos han ganado. Yo que venía de derrotar a Napoleón y a su hermano Pepe Botella y me han venido a derrotar estos tíos desnudos». Páez les mandaba un rebaño de caballos sin jinetes. Los españoles se aprestaban al combate, con toda su tecnología bélica de punta, para la época, y nada. Cuando venía otra caballería la creían sin jinetes, pero esta vez sí venían caballistas, con su tecnología autóctona, también de punta, y los descalabraban. Se cobraban así la muerte de Guaicaipuro, de Montezuma, de Atahualpa y de Anacaona, que, según la historia lo cuenta, dicen que fue a la cañona, como lo sabemos gracias al eminente historiador José «Cheo» Feliciano.

Hay humoristas espontáneos, que no son en nada inferiores a los profesionales. Una vez pasaron El imperio de los sentidos en Maracaibo. En esa ciudad no puede verse un picón o un besito en una película porque el público grita, abuchea, etc. Cuando vi anunciado El imperio de los sentidos me dije: «Se va a armar por lo menos una guerra civil o un 27 de Febrero». Porque en esa película una pareja de japoneses se entrelaza sin armisticio, sin parar ni para fumarse un cigarrito. Silencio atronador en la sala. «El público está sobrecogido», me dije. Bueno, sobrecogidos estaban los protagonistas, pero tú me entiendes. Todo marchó así durante, digamos, media hora, hasta que un humorista empírico exclamó: «¡Pasame un paisajito!». Y otro rubricó más allá, o más acá: «¡Yo quiero conocer el Japón!». Con eso desató un pandemonio maracucho que derumbó las pretensiones culteranas de la película.

Echador es cualquiera, inteligentísimo, profundísimo, que descubre la ridiculez de ver eso en un cine, sin pareja para achicar la fiebre. El echador nace de toda persona inteligente que padece una ridiculez.

No hay mejor bendición de los dioses para un guasón que una persona seria. El humorista tiene a menudo que aguzar su ingenio en medio de la idiotez general, sin resultados. Se desquita con hombres serios. Por eso es tan difícil burlarse de echadores como Luis Herrera, Jaime Lusinchi y Hugo Chávez. Rico era burlarse de Rómulo Betancourt, que se cogía aquellas rabietas cuando lo llamaban La Violetera. Era acusación infame y mentirosa, pero la justificaba el objetivo de hacerlo rabiar. Los fines del humorismo justifican sus medios.

Los venezolanos, echadores por eso que llaman carácter nacional, no debiéramos sentirnos tan mal. Vivir una vida de país de esos que llaman desarrollados, de eficiencia y desafecto, sin sentido del humor, me luce desolador. Viéndolos estresados, suicidas, drogadictos, logreros, pienso que esos países, y no te digo el Japón, debieran acompañarnos en este modo lúdicro de abordar la existencia, subdesarrollarse un poquito, que total tampoco es que tenemos plenas seguridades de para qué sirve la existencia. Yo al menos no las tengo. Pero pasarla divertidos no parece mala idea.


Contrateoría del poder o poder con humor se paga

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