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Risas

Roberto Hernández Montoya

El Nacional, domingo 4 de abril de 1999
Caracas en La BitBlioteca
Caracas según RHM

Los humoristas nos hemos resignado a la competencia desleal de los políticos, que suelen dedicarse al ejercicio ilegal de la risa. Reza el precepto que la ignorancia de la ley no excusa su cumplimiento, por eso los políticos no pueden alegar que hacen reír a la gente involuntariamente. La nueva Constitución deberá prever normativas a ese respecto, con severas sanciones, como, por ejemplo, una sala pública para el político que cause risa.

Pero no solo son los políticos; hay otros sectores que se dedican a ello sin el menor escrúpulo. Recientemente hemos asistido en la Universidad Central de Venezuela a una gimnasia lúdica que no sé hasta qué punto sea involuntaria.

Los irresponsables del mantenimiento de la infraestructura y patrimonio artístico y demás de la Ciudad Universitaria han permitido una ranchificación que pondrá de cabeza a los arqueólogos del siglo XXX. Descubrirán una civilización extraña que fabricaba ruinas. El Helicoide es el ejemplo más refinado. El Partenón está en ruinas, pero hubo una vez en que tuvo un esplendor bien registrado y averiguado. No así el Helicoide, que fue ruina desde el primer día, gracias a la competencia sobrenatural de la libre empresa. La Ciudad Universitaria, me han asegurado, tuvo un momento de esplendor, efímero, hasta que los universitarios nos dedicamos a su devastación vehemente y sostenida. Solo el genio de Carlos Raúl Villanueva, su arquitecto, ha permitido que algo sobreviva de aquel brillo. Pero se le han añadido tabiques, cartones, muros indelebles, pintura sobre obra limpia, el uso de baños como salas de multígrafo, condena de puertas, más tabiques para cubrir tabiques, colocación de carteles con engrudo inviolable sobre murales de valor mundial, estupro de espacios, murales inconcebibles como los que se turnan a la entrada del Jardín Botánico, construcción de galpones nada menos que en la Facultad de Arquitectura de Villanueva. Nada de eso, que recuerden los anales, provocó la protesta, la inquietud, el desvelo, y mucho menos la renuncia de la tal Comisión de Conservación, que ahora protesta airada porque se planifica un mural de valor artístico.

No voy a discutir, por respeto al lector, los méritos artísticos de Pedro León Zapata. Además, la moribunda Constitución —y espero que la próxima— garantiza que cada quien disfrute de la estética que le dé su gana, desde la avenida Baralt hasta la Capilla Sixtina, pasando por el Edificio de Trasbordo propinado a la UCV por la propia UCV. Cualquiera diría que se ha tratado de una profanación bárbara, de un Atila que cayó sobre la UCV. Pero no, ha sido más bien una autoflagelación capuchina, con pocas remisiones. Es un milagro del Altísimo que a pesar de tanta saña haya sobrevivido la mayor parte de sus obras artísticas. Tal vez la ignorancia de los universitarios, que no saben ver esas obras, las ha protegido.

Venezuela es una sociedad feudal en que hay gente tan poderosa como estéril que se apodera de bienes públicos como si fueran privados. La UCV es un caso, como esas casas patricias en ocaso que sus dueños decadentes se niegan a restaurar. Cualquiera cree que el lugar donde se va a poner el mural es digno de conservarse. Pero así son los cómicos, esos especialistas de lo grotesco, como estos curadores de la Ciudad Universitaria, tan chistosos.


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