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Crítica del ritmo

Roberto Hernández Montoya

El Nacional, domingo 3 de setiembre de 1995

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Roberto
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia, Caracas, Venezuela.

Solo la métrica conserva un tiempo kantiano, matematizable. Tiene, pues, ambición de ciencia. Para Kant sólo lo matemático era científico.
Henri Meschonnic, Critique du rythme, Lagrasse: Verdier, 1982, p. 21.

Un amigo vio una vez ese libro en mi biblioteca —Crítica del ritmo —y, luego de un breve e inconcluso ademán de pedirme una explicación, exclamó: «¡Perro! ¡Estos franceses critican toa vaina!» Ciertamente, ¿cómo va nadie a criticar el ritmo? Especialmente aquí en el Caribe, donde el ritmo ritma tan notoriamente los andares, los comeres, los amores, los decires y los vivires. Así y todo, la de Meschonnic es una brillante teoría de 750 páginas que, tranquilos, no pienso exponer aquí.

Basta escuchar un CD de Alonso Toro, que sale al público mañana: No me perdonan se llama esta cumplida ilustración de la crítica del francés ese. Extraña producción musical esta que en lugar de concierto quiere ser desconcierto. Allí encontramos los sones de este momento venezolano, pero no para reflejar nuestra depresión del modo agobiante que hemos adoptado los venezolanos de fin de milenio. Toro escogió nuestro modo más tradicional de tratar los grandes problemas: la zumba, la guasa, la más lúcida, ambigua y antigua mamadera de gallo, esa que orbita por plazas, bares y callejones.

En este caso es una mamadera de gallo más seria que la acostumbrada: con micrófonos, procesadores, irreverencia, paciencia, y mucho talento, Alonso Toro ha fabricado este disco que nos descubre cuánto ritmo tiene no solo Carlos Andrés Pérez, el principal sonero de este CD, sino cualquiera de nosotros, que cuando hablamos producimos una escansión, una cadencia, un tumbaíto, pues, que Alonso Toro advirtió y nos revela ahora del modo más inquietante y divertido: toma una conversación cualquiera de cualquiera y con instrumentos musicales nos revela cuánta melodía y cuánto ritmo hay en la prosa y que solo solemos oír en el verso. Así ocurre en la más bella pieza del disco —es mi gusto—: La escalera y el tornillo, en la que Eloy Toro, el hijo del autor, escande sus balbuceos de niño de dos años. Asimismo descubre los compases de Moisés Moleiro, Renny Ottolina y Arturo Úslar Pietri, de quien Toro dice —así lo recuerdo— que tiene un cariz en re, al estilo de Monteverdi.

Hay, además, una versión zoológica de este estudio: Chancho mix es una pieza construida con gruñidos reales de unos simpáticos cochinos. Pero no hay solo la revelación del ritmo de la prosa de nuestros políticos y nuestros cochinos, sino otros productos más habitualmente musicales: Toro discurre por los ritmos colombianos y venezolanos (¿hay diferencia?) con una soltura divertida y lúcida. Mi favorita es La cumbia del loro, con Agustín Loro.

Aparte de la chacota y la diversión, aparte de la seriedad y los descubrimientos que este disco inspira —todo junto, como sucede con las producciones inteligentes, cosa rara en este fin de siglo de música tan bruta, después de casi cien años de música genial—, hay algo más: una brillantez, una magnánima manera de desplegar la vida, el riesgo, la indiscreción, el atrevimiento, rasgos que contrastan minuciosamente con ese silencio amilanado, estéril, vanidoso y taciturno de aristócratas en la mala que los intelectuales venezolanos quieren y no logran copiarse de Jorge Luis Borges [Documento de intelectuales con el paro, diciembre de 2002]. He aquí, pues, una vuelta de tuerca distinta. Sí hay inteligencia en Venezuela.

Y en cuanto a Pérez y su discurso en el disco —el del 20 de mayo de 1993, cuando la Corte lo botó—, sugiero que no lo perdonen...


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