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Chávez y Sancho Panza

Roberto Hernández Montoya

El Nacional, domingo 14 de noviembre de 1999

Jesucristo, Don Quijote y yo hemos sido los grandes majaderos de la historia.

Simón Bolívar

MuelaSiempre se habla del quijotismo, se dice que Fulano es un Quijote, pero a Sancho lo hemos ninguneado, como si no hubiera también conductas y actitudes sanchescas. Se ha dicho mucho también que El Quijote nos integra, pues todos tenemos algo de Quijote y de Sancho. Obras literarias así nos permiten entendernos, pues redactan paradigmas, puntos cardinales que alumbran el todo y nos hacen menos ignorantes de nosotros mismos.

Caballero andante no es solo el que sale por ahí disfrazado a «enderezar tuertos» y socorrer viudas y princesas cautivas. Caballero es también quien se arma ante un destino aciago y lo enfrenta como decía Hamlet: tomando «armas contra un mar de calamidades y aniquilarlas oponiéndoseles» (“take arms against a sea of troubles, and by opposing end them”). No siempre es iluso, por cierto. Cervantes fue demasiado duro con el hidalgo, porque me consta que a veces las quijotadas se cumplen.

Hugo Chávez irrumpe en un país escéptico y deprimido con su quijotada del 4 de febrero de 1992 a convocarlo a una aventura que muchos, precisamente por cinismo o depresión, aún creen inconcebible. Como don Quijote, arremete contra sus molinos con un lenguaje altisonante y arcaico, lleno de barroquismos apenas comprensibles; sus cartas a la Corte Suprema de Justicia y a Illich Ramírez se parecen a aquello de «la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece que con razón me quejo de la vuestra fermosura», con que el hidalgo se fatigaba, hasta que terminó con esa lúcida insensatez que no le permitía aceptar una realidad tan mediocre que no merecía tomarse tal como le venía dada. En cierto modo Don Quijote era más cuerdo que los que aceptaban aquel mundo de medianía.

Otro comentario ha sido que tampoco Sancho estaba muy en sus cabales si era capaz de creer tanta enormidad como le comunicaba don Quijote. El concepto de locura no luce muy claro en todo esto, pues hacia el final de la novela descubrimos que leerla nos hace personajes de ella y, como los demás, terminamos deplorando que don Quijote abandone su ilusión y muera en plena cordura. Otra crueldad de Cervantes fue matar a su personaje para que no hubiera más versiones apócrifas, como la que apareció firmada por Alonso Fernández de Avellaneda. Un problema de derechos de autor nos privó de dejar abierta la aventura para que la siguiéramos escribiendo.

Pero hay modos de continuar la narración, y en la vida real, como esta en que el «soberano», como Sancho, espera de Chávez una ínsula. El soberano Panza está dispuesto a padecer todos los trabajos y penurias de la andante caballería con la promesa de una redención luminosa que no está muy clara. El paradigma es vigoroso porque el «caballero» Chávez no solo rescata docellas cautivas como Mely Alejandra Carrero, sino que, como Don Quijote y Sancho, recorre los caminos rodeado de la mar de cínicos malandrines y Ginesillos de Pasamonte que hoy pueblan la nación y no solo entre los corruptos desplazados sino en unos cuantos pícaros que conozco bien y que andan con el caballero y su escudero. Espero que su rechazo de la realidad tal como es no lo haga confundir a Maritornes con Dulcinea o siga cediendo todo cuando con iglesia dé, porque, insisto, hay mucho por hacer y el quijotismo se cumple con más frecuencia de la que a veces el mismo caballero cree. De otro modo no valdría la pena vivir.


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