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El sentido del sentido

Roberto Hernández Montoya

Versión 1,0, lunes 1° de junio de 1998
Versión 1,1, miércoles 16 de noviembre de 2005

Caracas, julio de 2001
Versión del 8 de febrero de 2002

Roberto_Hannah_Herman
Con sus hijos Hannah y Herman en Coro,
Venezuela, agosto de 2000.

Este texto forma parte de la serie sobre lenguaje presentada en
Gramática imaginaria

Los esfuerzos por hallar el «verdadero significado» de las palabras han sido siempre laboriosos. Ello se debe a que no hay tal significado verdadero. El semantismo no es una cosa, esto es, su eje básico no obedece a una determinación de objeto sino de sujeto. Fuera de consideraciones de razón pura que podrían hacerse, a la manera de Noam Chomsky, sobre hipotéticas reglas mínimas o estructuras profundas del semantismo, la masa crítica de este es cultural y, por tanto, vive en el espacio-tiempo social. Así y todo, opera como el juicio estético según Kant, en que todo es subjetivo pero todo es percibido como objetivo. Me gusta una sinfonía y no entiendo que otros no la aprecien igual, porque me parece «objetivamente hermosa». Similar ocurre con el sentido: siempre me parece «obvio» que algo significa para todos lo que significa para mí. Es, en fin, un a posteriori, no un a priori, que ha de ser pensado «con carácter de necesidad» como el conocimiento matemático, por ejemplo (Immanuel Kant, Crítica de la razón pura, Barcelona: Orbis, 1984, Introducción, II. Ver también la Crítica de la facultad de juzgar, Caracas: Monte Ávila, 1986). El semantismo, pues, no es anterior a la experiencia, como los atributos geométricos. No podemos derivar a priori el sentido de un término, como en la lengua que deliraba John Wilkins. He aquí la versión de Borges (1974:707):

Dividió el universo en cuarenta categorías o géneros, subdivisibles luego en diferencias, subdivisibles a su vez en especies. Asignó a cada género un monosílabo de dos letras; a cada diferencia, una consonante; a cada especie, una vocal. Por ejemplo: de, quiere decir elemento; deb, el primero de los elementos, el fuego; deba, una porción del elemento del fuego, una llama.

La semántica se ha alimentado del mito de la lengua perfecta, habla «racional» en que el sentido de cada palabra obedece a una exacta correspondencia con su fonética o su morfología (también Alfonso Reyes habla de John Wilkins, 1983:39 y ss.).

El éxito de las otras ramas de la lingüística estimuló la expectativa de la averiguación en el campo semántico de datos igualmente «duros» como los de la fonética y la morfosintaxis. Estas dos ramas son relativamente simples, pues requieren de esprit géométrique; en cambio la semántica exige principalmente esprit de finesse (Blaise Pascal, Pensées § 21).

Se han sugerido con la ingenuidad perversa de los seudocientíficos cosas como rasgos mínimos, hipónimos e hiperónimos. No tienen conciencia de sus confines al proponerse tener la consistencia objetiva de las ciencias «duras», como si el significado fuera un hecho natural dado, un datum, que no depende del sujeto, compartiendo la gran virtud que supuestamente tienen de las ciencias «duras»: haberse emancipado del sujeto, algo que la física teórica contemporánea ha perdido, pues la posición o el acto mismo de observación del sujeto puede sesgar la percepción del objeto. De allí el llamado principio de incertidumbre de Heisenberg. Asimismo, la posición del sujeto observador modifica la percepción de una onda sonora emitida por un cuerpo en movimiento, según esa posición sea aquella a la cual el cuerpo se dirige, aquella de la cual se aleja o que el observador esté moviéndose en la misma dirección y velocidad del cuerpo. Es el llamado efecto Doppler, común en las carreteras, cuando un automóvil en dirección contraria a la del observador se acerca y luego se aleja: la altura del sonido de su bocina varía de relativamente agudo a relativamente grave. Ese mismo efecto es el que sesga la coloración hacia el rojo de los cuerpos celestes, de donde han tomado ocasión muchos astrofísicos, no todos, para señalar que el universo está en una expansión resultante de un estallido primigenio que se ha bautizado Big Bang. En tales casos el observador está obligado a señalar su situación a fin de ponderar los datos que ha recogido. Pero los signos son diferentes: no poseen propiedades intrínsecas.

La tesis boquirrubia de los hipónimos y los hiperónimos requiere responder algunas cuestiones que deben tener carácter previo: ¿ballena, por ejemplo, es hipónimo de mamífero o de pez? Depende, me parece, del sujeto que diga su nombre: un zoólogo obviamente dirá que de mamífero, un pescador quizá que de pez. Ambos tendrán sus razones, aunque el pescador no tenga la razón. Para el hombre de mar que declara que es hipónimo de pez, el signo ballena se comporta como parte del paradigma ictiológico usual entre los hablantes no doctos. Para él eso de que el ballenato succiona como un cachorro tal vez le parezca escandaloso. Por eso no podemos decir a priori que el signo ballena pertenece a este o aquel hiperónimo. Del mismo modo, culturalmente, según la doxa, tomate no pertenece al hiperónimo fruta, aunque botánicamente así sea, sino al de verdura, aunque no sea verde sino rojo... Hay sabiduría en el botánico, pero también en el gastrónomo que ubica el tomate en la cocina, donde tiene más luz social que en en el invernadero del botánico. ¿Cuál es el hiperónimo de amor? ¿Cuáles sus hipónimos? ¿Tela es hipónimo o hiperónimo de ropa? ¿Cuáles son los hipónimos y el hiperónimo de una palabra usada metafóricamente? De todos modos te recomiendo precaverte de los lingüistas que sostienen cosas así, pues al refutarles sus verdades seudoduras creen que el bruto eres tú. Si esto lo está leyendo uno de ellos debe estarse riendo de lo bruto que soy.

Cultura se opone a ciencia en la medida en que esta no es de dominio general sino de un nicho específico, que suele trastornar las convicciones de la doxa, en donde la ciencia tiene una presencia nula y en todo caso precaria. No podemos invadir el uso general del lenguaje con especulaciones científicas que, de paso, son siempre provisionales. Cualquier día una nueva teoría científica las echa por tierra, así como pasó con el átomo (‘lo que no se divide’). Un día amaneció fragmentado y así y todo lo seguimos llamando átomo y no tomo, que continúa siendo término bibliográfico. Los signos, pues, no tienen propiedades intrínsecas. La palabra perro no muerde...

Otras veces la lingüística se ha impacientado y con esa ingenua perversidad de los lingüistas que venimos prosando, ha expulsado la semántica como un estorbo enojoso dejándola en una suerte de limbo epistemológico —ha tirado el agua del baño con el niño dentro, por cierto, pues en la semántica está la razón de ser del lenguaje: ¿qué sería este sin competencia evocatoria? Sería una mera sucesión de sonidos gratuita y más o menos ordenada. Fonética y morfosintaxis operan en función del sentido, aun en aquellos casos en que parecen independizarse, como en la jitanjáfora: «Hay horas en que las palabras se alejan, dejando en su lugar unas sombras que las imitan» (Reyes, 1962:XIV, 190-230). Citemos una jitanjáfora cualquiera, la de Chaplin en Modern Times:

La spinach or la tuko
gigeretto toto torlo
e rusho spagaletto
je le tu le tu le twaa.

O esta otra, de Mariano Brull, de donde precisamente tomó Alfonso Reyes el término jitanjáfora:

Filiflama alabe cundre
ala alalúnea alífera
alveolea jintanjáfora
liris salumba salífera.

Aun en la jitanjáfora la sucesión aparentemente caprichosa de sonidos crea un efecto difuso de sentido, o su parodia, como los sentidos imprecisos e intensos de la música. En la de Chaplin hay un efecto de ‘italianidad’ y de ‘francesidad’ al final. Este efecto difuso o paródico de sentido es el neokantiano de «las palabras mismas» que J. M. Briceño Guerrero les atribuye:

Desde siempre la experiencia vivida en la palabra me pareció más real que el contacto directo con las cosas. No sentí al lenguaje como representante del mundo que los sentidos me entregaban, no como camino hacia él, sino como ámbito de una realidad más fuerte y más cercana a mí. No sólo lo que yo percibía, también que todo lo que hacía y sentía mostraba signos dolorosos y grises de inferioridad y exilio en contraste con la plenitud verbal. Todos los seres eran para mí aspirantes oscuros a una dignidad que sólo la palabra podía darles y hasta su débil existencia provenía de sus nombres; una existencia prestada, pues el centro de gravedad y de prestigio se mantenía en los nombres (1987:13).

Es, además, doctrina de abolengo. También Alfonso Reyes se ejercitó en ella (1962:XIV, 193-94):

...la palabra nos fue dada, primero, para apoderarnos de los objetos. [...] después de la palabra comenzamos a abusar creando con ella nuevos entes, nuevos «ontos». Y a esto propiamente se llama creación; en griego: poesía. Juntando los nombres de dos objetos que no se dan juntos por sí solos, los pobres objetos quedan atados por el conjuro verbal, sean centauros, sirenas, dragones, heroicidad o verso: mitología, ética, métrica.

Luego cita a Paul Valéry (Reyes, 1962:XIV, 194):

Mito es el nombre de aquello que no existe o no subsiste sino fundado, como causa única, en la palabra. [...] ¿Qué sería, pues, de nosotros sin la ayuda de lo que no existe?

Es el sentido de estas palabras luminosas del Caraqueño, un hombre abrumado por la llanura venezolana, que conversa dramáticamente con los llaneros Cantaclaro y Crisanto Báez, en la novela de Rómulo Gallegos (Cantaclaro, I:ii, «Al abrigo de las matas», Obras completas, Madrid: Aguilar, 826:27).:

—Porque las palabras son los espantos de la sabana. Usted lo ha dicho y ya se me venía ocurriendo. No sólo por el sentido enigmático que adquieren de la manera con que, al emplearlas como lo hacen, deforman ustedes [los llaneros] la realidad, sino porque ellas mismas y cualesquiera que sean, resultan inquietantes por estas soledades. Hace poco le advirtió el baquiano que no es bueno «ir regando uno su nombre por el camino», y estoy seguro de que no se refería solamente al peligro de que por ello pudiese identificarlo un posible enemigo emboscado. ¿Verdad, Crisanto?
[...]
...todas las palabras que se pronuncian estando a solas, que es como generalmente se halla el hombre por estas tierras, se convierten en fantasmas. En estos sitios callados y desiertos están suspendidas en el aire, o mejor dicho en el silencio, a orillas del camino, todas las palabras frustradas, por no haber sido recogidas por el interlocutor necesario en toda conversación, que se pronunciaron al atravesarlos pensando en alta voz. Están mudas, pero sentimos que nos hablan, porque son palabras y necesitan ser recogidas por oídos inteligentes. Esas son las almas en pena que, según ustedes, se aparecen por estos lugares pidiendo oraciones que las saquen del purgatorio. Por estas tierras vagan en el limbo del silencio todas las palabras que van dejando por el camino los que viajan hablando a solas. Mañana, cuando usted vuelva a pasar por aquí, oirá estas que estamos pronunciando y dirá que es el Ánima Sola que recorre esta mata gimiendo y rezando.

La semántica ha sido ciertamente una zona fronteriza de la lingüística, suerte de interfaz entre la precisión clara y distinta de la fonética y la morfosintaxis por un lado y por el otro el resto impreciso de la vida de los signos en el seno de la vida social. Es así como Saussure definió la semiótica (la sémiologie), que adscribió a la sicología (Saussure, 1973:33). En tal caso, me parece, también se podría adscribir a la sociología, a la antropología, a la historia, a la filosofía y a las disciplinas humanísticas en general. Pienso, sin embargo, que no tiene por qué adscribirse a ninguna ciencia, en la medida en que trata con un objeto bien delimitado, irreductible a esas disciplinas, aunque sea imprescindible recurrir a ellas para comprenderlo —auxiliarse con otras ciencias es práctica normal entre los científicos inteligentes. Igualmente les es imprescindible a ellas comprenderlo para comprenderse (cf. Morin, 1991:«Du langage»). En computación el neologismo interfaz (del inglés interface) designa un recurso para la interacción entre dos elementos de la cadena computacional. Entre el usuario humano y la computadora, por ejemplo, hay una interfaz que les permite interactuar: hay interfaces textuales, aquellas en que los comandos toman la forma de cadenas verbales que el usuario escribe; existen también interfaces gráficas, que hoy predominan: el usuario manipula la computadora mediante iconos de diverso tipo, que funcionan como metáforas de otros tantos comandos: para borrar un documento, por ejemplo, se arrastra su icono hasta el de una papelera. Estas interfaces gráficas contienen también elementos sonoros que orientan al usuario en el manejo de la máquina. Es decir, ha sido la interfaz entre el lenguaje y el resto del mundo, lo que ha conducido a proponer a la lingüística como ciencia piloto no solo de la semiótica, como sugería Saussure, sino de las ciencias humanas en general, puesto que todo lo humano conduce al lenguaje y este conduce a todo lo humano. Es más: el lenguaje es una interfaz entre el hombre y el mundo gracias a su componente semántico. Sin lenguaje no hay vida humana en tanto tal porque no habría vida síquica, el hombre no se hominizaría en sociedad ni las cosas tendrían sentido para él. Sin semántica, sin léxico, no hay lenguaje. Fonética y morfosintaxis son imprescindibles, pero en tanto servidoras del sentido. El sentido es la esencia del lenguaje, fonética y morfosintaxis son auxiliares, ancilarias del sentido. George Bataille (1981:25) lo expone, luminoso, inquietante:

No hubo paisajes en un mundo en el que los ojos que se abrían [los de los animales, antes de la aparición del ser humano] no aprehendían lo que miraban, en el que, a nuestra medida, los ojos no veían. Y si ahora, en el desorden de mi espíritu, contemplando como un bruto esa ausencia de visión, me pongo a decir: «No había ni visión ni nada, nada más que una especie de embriaguez vacía a la que el terror, el sufrimiento y la muerte, que limitaban, daban una suerte de espesor...», no hago más que abusar de un poder poético, sustituyendo la nada de la ignorancia por una fulguración indistinta. Ya lo sé: el espíritu no podría prescindir de una fulguración de palabras que le forma una aureola fascinante: es su riqueza, su gloria, y es un signo de soberanía.

En realidad las cosas tienen el sentido que les dan las palabras que nos las organizan y clasifican en la mente. Cuando aprendemos una nueva cualidad de una cosa le ponemos un nombre, si es que no lo tenía ya y aprendimos esa cualidad a través de otra persona, que nos la informó a través de ese nombre. Es más: ¿hasta qué punto esa separación trinitaria (semántica, fonética, morfosintaxis) no es un desenfado epistemológico a que nos tienta nuestra limitación de medios para entender algo firmemente único? Porque ¿cómo pensar que se trate de tres entidades distintas si sabemos cuánto se interdeterminan y que nunca estan separadas? ¿Si sabemos, por ejemplo, cómo una inestabilidad fonológica puede provocar cambios formidables en el sistema morfosintáctico y de las propiedades semánticas? ¿O cómo la fonética puede provocar la desaparición de términos y la creación de otros? ¿No nos es dable pensar que el adverbio de lugar y desapareció cuando la antigua conjunción e pasó a pronunciarse y, lo que podría causar confusiones? Veamos una —el subrayado, mío, distingue el adverbio y de la actual conjunción y:

...no pudieron y llegar, tuvieron por bien que hubiesen esos perdones cumplidamente, así como aquellos que y llegaron y cumplieron su romería (El caballero Cifar, prólogo).

El caballero Cifar es el primer libro de caballerías de lengua española y con fecha conocida (primera mitad del siglo XIV). En Calila y Dimna, de fecha anterior (¿1261?), la distinción entre adverbio y conjunción era más obvia:

Dicen que un buen hombre religioso cuya voz oía Dios, estaba un día ribera de un río, e pasó por y un milano, et levaba una rata, e cayósele delante de aquel religioso.

La semántica, pues, es disciplina compleja, mientras fonética y morfosintaxis tienen la virtud de ser simples, es decir, monológicas, en el siguiente sentido, descrito por Mijaíl Bajtín:

Las ciencias exactas representan una forma monológica del conocimiento: el intelecto contempla la cosa y se expresa acerca de ella. Allí sólo existe un sujeto, el cognoscitivo (contemplativo) y hablante (enunciador). Lo que se le opone es tan sólo una cosa sin voz. Cualquier objeto del conocimiento (incluso el hombre) puede ser percibido y comprendido como cosa. Pero un sujeto como tal no puede ser percibido ni estudiado como cosa, puesto que siendo sujeto no puede, si sigue siéndolo, permanecer sin voz; por lo tanto su conocimiento sólo puede tener carácter dialógico (1982:383).

Para el estudio de la fonética y la morfosintaxis bastan recursos en gran medida análogos a los empleados para las ciencias exactas. Pero para el estudio de la semántica se requiere la aplicación, además del esprit de finesse, de lo que, a propósito de Bajtín, Todorov (1981) llama el ‘principio dialógico’. No es posible tratar una propiedad del sujeto, «si sigue siéndolo», sin entablar un diálogo con él en tanto que sujeto. Así ocurre con la semántica.

Es posible tal vez hallar compuestos semánticos que puedan ser descritos «objetivamente», pero no parecen verificables, al menos por ahora, que sepamos. Los más visibles son precisamente los subjetivos. El significado es cosa de sujetos. Sin embargo, no podemos descartar a priori compuestos semánticos objetivos, es decir, que en el seno del sujeto se manifiesten fenómenos puramente objetivos. No es imposible, aunque luce arduo. Podemos examinarlo por el momento a la luz de algunos fenómenos simples: nuestra capacidad lógica es un objeto, tanto, que puede ser replicado por una máquina. Como la máquina aritmética que inventó Blaise Pascal, el antecedente y el razonamiento más lúcidos de la computadora contemporánea:

La machine arithmétique fait des effets qui approchent plus de la pensée que tout ce que font les animaux; mais elle ne fait rien qui puisse faire dire qu’elle a de la volonté comme les animaux (Pascal, Pensées, § 262).

Y así sucesivamente. No solo somos capaces de hacer cálculos conscientes, que son los menos sorprendentes, sino los enormísimos que se requieren para dar un paso, para no hablar de una grande jetée o para los cómputos bioquímicos necesarios para asimilar un simple vaso de agua. Hay en nuestra condición humana una vinculación enmarañada con el mundo: «Yo soy yo y mi circunstancia», dijo José Ortega y Gasset. Asimismo, Edgar Morin ha dicho: « Je suis dans le monde qui est en moi ». Una traducción española nos obligaría a desdoblar la frase: «Soy en el mundo que es en mí» y «estoy en el mundo que está en mí». En francés el verbo être abarca los valores de los verbos españoles ser y estar. La observación no es trivial, pues la idea de Morin implica por igual esencia y presencia.

Le computo est un acte opératoire qui suppose et pose une praxis, c’est-à-dire, ipso facto, a) un monde physique/énergétique), b) une activité biologique inscrite dans ce monde physique, c) une relation dialogique auto-éco-organisatrice qui permet à un sujet d’élaborer une connaissance objective.
Dans ce sens, nous pouvons établir la réalité de l’être-sujet dans la réalité du monde objectif. Non pas, de façon cartésienne, dans la disjonction entre le sujet et l’objet, mais au contraire, de façon complexe, dans leur indissoluble conjonction, en vertu d’une boucle récursive dont les diverses instances sont nécessaires à la constitution les unes des autres ; le computo est à la fois producteur et produit de la boucle auto-éco-organisatrice, laquelle nécessite à la fois l’individu-sujet et l’univers où il opère, où il s’inscrit, et qui, d’une certaine façon, s’inscrit en lui. Ainsi, si nous cogitons le computo (ce que ne pouvait évidemment faire Descartes), nous débouchons sur un « je suis dans le monde qui est en moi ». La preuve de la réalité objective du monde auquel nous appartenons nous est fournie par l’activité objective qui organise, non seulement la connaissance, mais primordialement la vie.
Dans ces conditions, la computation vivante nous permet de concevoir l’émergence simultanée, inséparable et distincte du sujet et de l’objet. De plus, tout en demeurant distincts, le sujet et l’objet sont inclus en yin-yang l’un dans l’autre : le sujet est nécessairement un être objectif et objectivable, tandis que l’objet de connaissance comporte nécessairement en lui les opérations/constructions/traductions du sujet. Chacune des deux notions est à la fois nécessaire et inhérente à l’autre au sein de la même boucle dialogique (Morin, 1986:210).

Bello modo de rematar la ciclópea elipse epistemológica iniciada por Descartes, transcurrida por Kant y sus empresas filiales —Berkeley entre otros spin-offs —, recusada por Lenin en su ruda requisitoria contra el empiriocriticismo y descansando en paz finalmente en esta auto-eco-organización de Morin. Sujeto y objeto no son, pues, instancias distintas sino un yin-yang existencial en que los miembros del par se ordenan mutuamente como seres interdependientes que no pueden ser reconocidos por separado a riesgo de prolongar interminablemente una búsqueda fantasmal.

Así, el significado no es una dimensión objetiva sino en la medida en que el sujeto «es necesariamente un ser objetivo y objetivable, mientras que el objeto de conocimiento comporta necesariamente las operaciones/construcciones/traducciones del sujeto». Mientras aprendemos a identificar la dimensión objetiva de la semántica, sin embargo, convendrá detenerse en un tópos poco frecuentado: el principio dialógico.

Cuando decimos una palabra, decimos todas las palabras. Como lo desmenuza Pinson (1985):

En retórica esto tiene un nombre, la metonimia: beber una copa, beber el vino contenido en una copa, tragar el líquido alcohólico proveniente de la fermentación de la uva en un recipiente de vidrio, hacer descender por el gaznate el fluido condensado y alcohólico proveniente de la transformación producida por una enzima del jugo del fruto de la vid en el utensilio hueco hecho de una materia quebradiza y transparente compuesta de silicatos alcalinos, etc., etc.

Por eso no se habla en vano: proferimos algo y eso tiene resonancias inesperadas: nombrar la soga en la casa del ahorcado tiene consecuencias impredecibles. De modo que hablar, por inocente que sea, es un riesgo, porque no podemos adelantarnos a los efectos de lo dicho: no hay un estado puro, o una luz blanca, del sentido a que podamos apelar para sostener que «eso no fue lo que quise decir, sino esto otro». El sentido es poder, y no hay poder inocente (Saint-Just). Para asegurar el sentido que queremos dar a nuestras palabras hay que tener cuidado de con quien se habla, porque ese alocutario es corresponsable de ese sentido.

Recordamos haber leído por primera vez, en Ortega y Gasset, la palabra chumbera, la desconocíamos, pero junto con ella nos decía que vive en Australia, que, llevada irresponsablemente a ese continente a cuyo bioma no pertenecía, se convirtió en una plaga que devora los arijos y no han podido exterminarla. ¡Es un conejo! O casi, nos decimos. No la define así el diccionario, pero no hace falta tal a nuestras entendederas. Y arijos han de ser ‘sembrados’. Qué gusto entretenido ese de Ortega de usar palabras raras, aunque castizas, como eso de rigoroso en lugar de riguroso. Por ademanes así, entre otros motivos, nos aficionamos a un escritor. Con este y otros recursos, se compone un estilo literario.

Un sistema de lógica deductiva nos rellena de sentido ese colgajo vacío que al principio nos desconcertó y luego pudimos interpretar, pues cuando no entendemos una palabra, intentamos reconstruirla con las fracciones hologramáticas que nos inspiran las que sí entendemos. La holografía es un modo de crear una imagen sin el uso de un lente. La fotografía que resulta de ello, un holograma, es un conjunto de líneas curvas que registran la imagen, que solo es interpretable como tal para el ojo cuando es iluminada por una luz coherente, como un rayo láser, que permite reproducir los registros de fase de la luz reflejada por el objeto, que también fue fotografiado con luz coherente. El holograma organiza entonces la imagen como una representación tridimensional del objeto original. En un holograma la información no aparece en forma analógica, como en una foto convencional, en que la figura «se parece» al objeto, en la cual se registran las diversas intensidades de luz. Además, en la foto de la Torre Eiffel hay una parte que se parece a la torre y lo demás a los Campos de Marte donde está emplazada, etc. En el holograma hay datos no analógicos, distribuidos por toda la placa fotográfica. La imagen no está en cierto lugar de la placa, sino distribuida en toda ella. De modo similar conserva el cerebro sus informaciones, por eso puede recuperarlas luego de una mutilación cortical.


Una parte de la foto se parece a la Torre Eiffel y otra a los Campos de Marte (foto RHM).

En lo que respecta al sentido, casi siempre logramos reconstruir el rompecabezas holográfico. El léxico no es un conjunto de elementos discretos que tienen cada uno su propio valor y solo ese. Este está definido por otras palabras y el léxico de una lengua es un entramado en que las palabras se hablan unas a otras. No tiene sentido emitir una palabra aislada en un acto de comunicación. El efecto sería tal vez desconcertante, por decir lo menos, salvo que el contexto complete el sentido, como ocurrió al explorador Samuel Fergusson, en una novela de Julio Verne, cuando quiso resumir su proyecto de exploración del África. Dijo solo una palabra: «Excelsior!». En el contexto de la asamblea de la Royal Society que Verne narra, este vocablo no solo fue interpretable sino que ocasionó una ovación (Cinq semaines en ballon, cap. I). Tal me dijo una vez un analfabeto: «Nunca aprendí a leer porque nunca entendí que una letra le habla a la otra». Me hubiera gustado consultar estas cosas a hombre tan sabio, ya desaparecido. Dolido de su ausencia, recurro a otro, Edgar Morin (1991):

El sentido es hologramático [...] El sentido es lo que se autoenlaza [se boucle]; lo vemos en ocasión de una traducción del latín, en la que, a partir de la localización de palabras conocidas (que hacen emerger insularmente las potencialidades polisémicas), a partir de verbos, nombres propios, singulares, plurales, a partir de las articulaciones secundarias reconocidas, verificamos por diccionario las palabras inciertas, buscamos un sentido que no emerge aún, aunque aparece ya como los picos de un macizo ahogado entre las nubes. Buscamos, lo que quiere decir también que los sentidos aislados de las palabras reconocidas buscan la frase, que los sentidos en gestación nebulosa de la frase buscan su cristalización interrogando las palabras, una dialógica sobresaltada confronta palabras inciertas y el ectoplasma informe de un sentido global no concretizado todavía, hasta el momento en que los fragmentos esparcidos de sentidos inciertos se unen, se entremodifican, se entrearticulan en el lazo [boucle] formado por un enunciado sensato, que retroactúa inmediatamente sobre todas las otras palabras, les fija un sentido unívoco e integra todas las articulaciones en la secuencia discursiva.

La lengua, pues, se boucle, se autoenlaza. El concepto es cibernético: actividad en la cual es necesario generar bucles, loops, lazos, acciones obstinadas de la computadora en que el comando A conduce a B y B conduce a A. La lengua, aunque de modo mucho más complejo y paradójicamente abierto, también se cierra y termina por bastarse a sí misma. Las palabras están abiertas, tienen un sentido que refleja y refracta un referente, son un prisma que nos pone en contacto con la realidad, nos sirven, precisamente, de referencia. Pero ese sentido prismático no es un foco cerrado, sino un punto de partida del que emana el efecto de sentido. Por ello pueden

  • Enlazarse con otras.
  • Conformar metáforas, el nombre que damos al efecto que se produce cuando una palabra, en conexión con otras, nos ofrece un sentido inesperado.
  • El lenguaje tiene metabolismo, que le permite asimilar elementos externos, e inmunidad, que lo hace capaz de rechazar influencias externas y desviaciones internas. Esta estructura abierta explica su intercambio con lenguas vecinas. La lengua española, por ejemplo, recibe una palabra forastera: to pitch, en la práctica beisbolística. A la hora de usarla, no podemos decirle a alguien: «Pitch me la bola», porque eso no se entiende: ¿a qué inflexión española pertenece eso de pitch? La variante pronominal española me «no pega» con pitch y ese sonido t, antes del representado por ch, no pertenece a la estructura española. Entonces lo que el sistema español hace es asimilarla, aclimatarla, españolizarla y por eso decimos: «Píchame la bola», que sí es hispánicamente formable e interpretable y, además, sin esa t, falsaria en español. El pronominal me «pega» con picha, que se puede pronunciar como nos cuadra, según nuestro sistema fonético. De allí béisbol o beisbol (< baseball), fildear (< to field), quechar o cachar (< to catch), rolin y rolincito (< rolling), jonrón (de home-run), etc.

¿Qué tiene que ver el jabón con la lucha, los saltos y los delfines? ¿No es un disparate como el que pareció pronunciar Newton, cuando sostuvo que la caída de la manzana en su cabeza tenía que ver con la razón por que la Luna no se cae? Pero el poeta dice:

En la lucha daba saltos
jabonados de delfín
(García Lorca, «Muerte de Antoñito el Camborio», Romancero gitano).

Entonces la asociación se enlaza y se vuelve interpretable y deslumbrante. Ninguna de las dos relaciones es disparatada. No me ocuparé de Newton porque este no es un trabajo de física teórica sino de lingüística. Me ocuparé de la frase «en la lucha daba saltos/jabonados de delfín». En el destello semántico todo se vuelve claro. La metáfora, cuando es buena, como el chiste, no tiene que ser explicada. Se sostiene sola, establece los enlaces por su cuenta, como un bypass, un atajo. La metáfora es una máquina de significar. «Nunca aprendí a leer porque nunca entendí que una letra le habla a la otra». La metáfora es un destello que nos ilumina sentidos que estaban ahí y que nunca habíamos visto, todo gracias a una mirada de poeta. Este reteje las redes rutinarias de las palabras y de pronto, en su andanza verbal, nos reteje lucha con jabón, salto y delfín y nace la chispa semántica. Con la metáfora la palabra resalta una nueva virtualidad. Esas tres palabras tenían la virtualidad de sindicarse para alumbrar un nuevo sentido: el del peleador ágil y escurridizo, pero nadie había visto ese sentido potencial hasta García Lorca (Hernández, 1975). Y, como la poesía en un verbo sagrado y por tanto inamovible, se vuelve horrible cambiarle siquiera una palabra, aun respetando la métrica:

En la pugna daba brincos
resbalosos de tonina.

Es infame, como toda profanación. Porque estas palabras con que sustituí las del poeta resuenan en otras direcciones y causan un efecto de sentido muy diverso. Pugna es abstracción de la lucha, que en el poema de Lorca es concreta y refregosa. Brinco es infantil. Héroe no brinca, héroe salta. Brinco es resorte, travesura, diablura; salto es ornamento, elegancia, movimiento esbelto. Tonina es criolla, americana, familiar, simpática. Delfín es universo, hijo de rey, y su nombre no nos regocija como tonina sino que nos empina por rutas menos joviales pero más espléndidas. Un hombre que salta como tonina nos da risa, es payasesco, simpático, cordial. Por eso un héroe, que es persona distante y solemne, no salta como una tonina, sino como un delfín. Son mis apreciaciones personales, claro. Cada quien tendrá las suyas —la semántica es cosa de sujetos, ya lo decíamos. Y también de culturas: no todas las metáforas funcionan en todas las culturas. Se podría escribir una historia social de la metáfora. Pero lo que sí es universal es que este remedo mío tiene un efecto de sentido siempre distinto —cualquiera que sea el principio de distinción— al de los versos de Lorca, porque usan palabras que tienen virtualidades semánticas diferentes para cada quien. Por eso el lenguaje garantiza los sueños.

El servicio del poeta es precisamente hallar esas virtualidades y vocearlas. Pero todos podemos hacerlo, a ratos, cuando la poesía nos visita, como visitó a mi sabio analfabeto. Porque el lenguaje es así, porque no puede ser de otra manera. Incluso, y sobre todo, el campo de la ciencia, que solemos suponer tan preciso y ajeno a la metáfora, está lleno de metáforas fulgurantes y preciosas, como la «Era Planck», que duró, si no recuerdo mal, una trillonésima de segundo, por allá a la sazón del Big Bang —pasaron tantas cosas en esa trillonésima que los científicos convinieron en llamarla una era; como el «efecto mariposa», que, según la teoría del caos, explica cómo un aleteo de mariposa en Cochabamba puede provocar una tempestad o una calma en La Habana; o «el espionaje neuronal», que habla de cómo una neurona se inmiscuye en las sinapsis de otras dos células, a través de un remojón de ácido nítrico.

Así ocurre también en las jergas regionales. Hay palabras que probablemente no existen sino en Venezuela, como hallaca, miche, metiche... Pero también las hay que en la región adquieren una acepción que no es más que la revelación de una virtualidad: liso es el que se desliza y es por tanto, en Venezuela, ‘desfachatado, fresco, confianzudo’. Entonces ‘lo liso’ nos revela una potencialidad desconocida y somos lingüísticamente más ricos. Un borracho es también en zonas de Venezuela un lambequicio y un comecharco, que se solemneó. En Maracaibo, me informan, los que llamamos «locos de carretera» son unos convencidos. De Lara me informan la expresión «caminar más que un convencido». ¿De qué? De algo muy grave que los hace vivir así. Y queda la duda de si esa convicción es más honda que cualquiera de las nuestras, que nos ponderamos tan cuerdos.

El léxico regional, independientemente de cualesquier consideraciones sobre su pertinencia, es una compilación de metáforas, es decir, un instrumento que permite a todos no solo conocer cómo habla cierta provincia de una lengua, sino cómo habla toda esa lengua, porque cada secuela semántica es una ventana, un nuevo horizonte, una ramificación, una bifurcación, que revela comarcalmente las potencialidades que se anidaban en una palabra del español general. Bastaba aclimatarla en una provincia para que resonara con otra reverberación semántica y nos develara un diapasón escondido. Achaque, que para el resto hispanohablante es ‘dolencia’, en la germanía venezolana es —o fue— ‘atraco’. Este dialecto venezolano de la germanía ha asociado ambas instancias poniendo achaque donde podría funcionar atraco, que ciertamente, como nos lo descubren los forajidos venezolanos, es también ‘dolencia, susto, padecer, peligro’, porque se ponen atracado y atracador en el linde de la vida y la muerte. Por eso es un achaque. Me cuentan peruanos que en cierta región de su país no llaman hielo al ‘agua congelada’, sino gongorinamente del agua su duro. El aclimatamiento dialectal de las palabras es un ejercicio poético, práctica que la semántica debe atender con solicitud. Las palabras, pues, no están atornilladas en un sentido único e inamovible, sino que están abiertas a comunicarse con otras y a servir de prisma para nuevos sentidos. Ese deslizamiento metafórico es el que lleva a la modificación de sentidos. En Venezuela pirrico ha pasado a significar ‘insignificante, pequeño’. Tal pasó con pontífice, que pasó de ser ‘constructor de puentes’ a ‘jerarca eclesiástico’. Las palabras no están seguras. Se mueven, respiran, se estancan, se dispersan, languidecen, reviven, dialogan entre sí, revelan, ocultan, disfrazan, tienen sus astucias y sus idioteces.

Nombramos una silla; decimos de un sabor que es dulce. Como nadando en el río de Heráclito, cada vez que proferimos silla y dulce hablamos una silla y un dulzor diferentes. Y esos son casos claros y distintos, lo que Briceño (1987) llama «la región más transparente», por eso dan la impresión de atornillamiento solemne y definitivo. Pero cuando decimos que la mariposa tiene vocación efímera, la palabra vocación alumbra una nueva forma de reflejar y refractar una experiencia. Nos cuenta cuánto puede hablar vocación con mariposa y con efímera y nos completa un poco más lo que tiene que contarnos cada una de todas las palabras, esas encrucijadas del sentido, hasta, como decía Shakespeare, «the last syllable of recordèd time» (Macbeth, V:v) http://the-tech.mit.edu/Shakespeare/works.html, o, como decía Flaubert, «tant que la langue vivra».

El sentido es un continuo estratégico en que el hablante avanza proposiciones y el receptor conjetura hipótesis. El sentido se da entre dos. O más. Una palabra es un prisma difusamente enfocado del universo, no una correlación término a término atornillada con una triza de mundo. Su foco es borroso porque solo así puede abrirse a las demás voces y hay sintaxis. Si las palabras tuvieran sentidos inamovibles serían estancos incapaces de solidarizarse con otras al componer frases. Le mot juste es una ilusión luminosa que designa un hallazgo sagrado, como sucede en la poesía, ese lugar donde las palabras son irreemplazables, de allí el engorro de la traducción, especialmente de la poesía. La palabra delfín para la experiencia estadísticamente más probable designa un mamífero acuático y pisciforme muy popular, gracias al cine, la televisión y el sentimentalismo ecologista, pero es apta también para la metáfora del ágil luchador. No solo por analogía sino porque ella tenía esa virtualidad allí agazapada hasta que el poeta la hizo actual. Llamamos «sentido recto», en contraste con la metáfora, el estadísticamente más probable. La vocación de la monja es sólita, hay mujeres que la tienen, las conocemos, las vemos por la calle exhibiendo su vocación al vestir un hábito, algunos tienen monjas en su familia, etc. En cambio la vocación efímera de la mariposa es enunciado insólito. Entonces la llamamos metáfora, pero, como decía Severo Sarduy, todas las palabras son metáforas porque son representación de una cosa que ellas no son, porque la palabra perro no muerde. Cuando hallamos una propiedad desconocida pero reconocible en una voz decimos que es una metáfora, no así con las trilladas y por tanto sólidamente lexicalizadas.

Papel suele ser ‘hoja delgada hecha con pasta de trapos molidos, blanqueados y desleídos en agua, que después se hace secar y endurecer por procedimientos especiales’ (DRAE). Ese sería el «sentido recto». El figurado, aunque ya lexicalizado, es el que designa la ‘parte de la obra dramática representada por el actor’ (ib.). Pero ya papel era tropo cuando su étimo latino era papyrus, que a su vez venía del griego y designaba una planta egipcia de donde se extraía el papiro. Papyrus, quién sabe, sería metáfora a su vez en su mocedad egipcia. Soltero era el solitarium, casado el que tenía casa, caballero el que andaba a caballo, camarada el que compartía la cámara, compañero el que compartía el pan. Sobre estas etimologías Ángel Rosenblat comenta que «las palabras son como duendes dormidos, y la poesía las levanta del polvo y las hace revolotear alrededor de nuestras cabezas» (Rosenblat, 1960:I, 45). Toda palabra es una cascada de metáforas. Así viajan en el tiempo y van dejando en él los jirones de su historia.

Otra cosa sería suponer un sentido natural de las palabras, como suponía Platón en el Cratilo. Es inquietante oír la misma idea a muchos profesionales de la semántica. Cuando proferimos el lenguaje creamos una gravitación que se propone asimilar al receptor en una red, en un con-texto, en una textura, en una atarraya que nos representa y nos defiende. Pero el receptor tiene su propio sistema reticular, por cuyas fisuras aprovecha la potestad de evadirse o de proponer, contraponer o imponer su propio sistema. El receptor es un segundo prisma donde la palabra que proferimos se refleja y refracta, corriendo los riesgos de la enmarañada vida humana. Hablar es una seducción, por casta que sea. Es correr el riesgo de no ser interpretados como queremos o de nombrar, peligrosamente, la soga en la casa del ahorcado, donde esa palabra, soga, tiene un sentido terrible.

Cuando en el presente trabajo declaro el sentido de una palabra, lo hago con la plena conciencia del riesgo que corro y atestiguando, si es necesario y mi introspección me permite saberlos, mis sesgos subjetivos. No pretendo aplicar criterios «objetivos» ni recusar los «subjetivos» en la medida en que generalmente llamamos «subjetivo» lo que piensan los que no están de acuerdo con nosotros. Mis declaraciones sobre el sentido de las palabras no son más que mis experiencias de asimilación de los signos sociales en tanto que sociales. Son mi versión de la lengua patrimonial. No son más que mi modo de compartir mi diálogo sistemático con la vida de los signos en el seno de la vida social.

Sin ir más lejos, en la frase anterior habilito la palabra diálogo para designar un intercambio con la vida de los signos, intercambio que es metáfora también porque habla de un regateo con ciertos signos, que también alude metafóricamente a la reciprocidad cambalachera infinita y radical de cada cual con nuestra vasta antropología.

Crestomatía

Bajtín, Mijaíl M. 1982 Estética de la creación verbal, México: Siglo XXI.
Bataille, George 1981 Teoría de la religión, Madrid: Taurus.
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Hernández Montoya, Roberto 1975 La enseñanza de la literatura y otras historias, Caracas: Universidad Central de Venezuela.
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1991 La méthode 4. Les idées. Leur habitat, leur vie, leurs moeurs, leur organisation, París: les Éditions du Seuil.
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1983 «Hermes o de la comunicación», Obras completas, México: Fondo de Cultura Económica.
Rosenblat, Ángel (1960) Buenas y malas palabras, Caracas: Edime.
Saussure, Ferdinand de 1916 Cours de linguistique générale, París: Payot, 1973.
Todorov, Tzvetan 1981 Mikhaïl Bakhtine. Le principe dialogique. Écrits du Cercle de Bakhtine, París: les Éditions du Seuil.


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