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Los signos inquietos

Roberto Hernández Montoya

Caracas, jueves 29 de mayo de 2003
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Internet prometió hace diez años un nuevo panorama para los viejos libros. En el nuevo medio los textos circularían a bajo precio, o ninguno, por el mundo entero. Y podrían ser consultados longitudinalmente, para encontrar cosas que el papel entrega con dificultad y lentitud, como cuántas veces aparecen dequeísmos y queísmos en el Quijote.

Perro
«En Internet nadie sabe que eres un perro»,
The New Yorker, 5 de julio de 1993
Todo eso es cada vez más cierto, pero se han evidenciado problemas que no parecía fácil prever hace una década. El viejo libro de papel permite conservación y localización: es duradero, fácil de conservar y se puede referir en una bibliografía o nota al pie. No así Internet, que es el río de Heráclito. Raras veces se visita dos veces la misma página, porque cambia, desaparece o se reubica sin aviso. Pocos administradores de sitios Web reenvían al lector a la nueva página desde la vieja dirección. Los buscadores, Google, Auyantepui, etc., son a veces cementerios de páginas interesantes y desaparecidas. Un mensaje de “File Not Found” suele ser el epitafio de la página perfecta que andábamos buscando. Y no hay a quién llamar ni a quién localizar ni a quién llorarle. Hasta las direcciones de correo electrónico desaparecen sin dejar rastro, de modo que por Internet somos fantasmas, amén de que, como dice la célebre caricatura de los dos perros que navegan por la Red, aparecida en The New Yorker el 5 de julio de 1993: «En Internet nadie sabe que eres un perro».

Habría que establecer acuerdos internacionales —de los que se cumplen— para afianzar las referencias. De otro modo Internet naufraga en un fango más caótico que la Biblioteca Total de Jorge Luis Borges. Hay que decidir también qué hacer con los medios de almacenamiento. El libro sigue siendo legible desde los Rollos del Mar Muerto hasta la Gaceta Hípica. Bastan los ojos. Pero es cada vez más difícil oír un disco de pasta. En pocos años los CDs serán también un engorro inaudible e ilegible.

Si bien en Internet y en computación hay mucho que decidir para los signos quietos —letras e imágenes, visibles o tangibles (sistema Braille)—, en materia de libros queda aún mucho que resolver y debiéramos aprovechar para meditar sobre ello en el marco de la actual Feria Internacional del Libro de Caracas. Por ejemplo, la expansión de su difusión. Y, sobre todo, hay que enseñar todavía a mucha gente a usar los libros, mucho más allá de lo que se ha consagrado con la denominación «analfabeto funcional», es decir, el que sabe leer pero no lee. Hay todavía que enseñar a mucho bachiller a leer textos básicos. Cantidad de niños son expertos en videojuegos intrincados, pero ignoran que los libros tienen índices. Son expertos en chats, pero no saben buscar en Internet.

No basta, pues, enseñar a leer. Hay que enseñar sobre todo a asimilar, analizar, discernir, porque si logramos convertirnos en un pueblo crítico y exigente, con autonomía reflexiva, no correremos más el peligro de golpes y paros puramente mediáticos para que nadie tenga que controlar los medios.

RobertoHannahHerman
Con sus hijos Hannah y Herman, 2002.
Caracas, ahí está...


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