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El rey de los sucios Domingo 12 de febrero de 1995
A veces ocultaba un hierro en su rodillera, con el que golpeaba a su contrincante. Este reclamaba el amaño ante el árbitro, quien exigía al tuno examinar la rodillera. El pillo aceptaba, pero primero volvía la espalda al juez, hacia la tribuna y la televisión, y delante de todos se cambiaba el hierro de la rodilla al codo. Los asistentes, como los niños de guiñol, advertían la trampa al árbitro, pero este era hombre de honor y así creía también al bellaco. Cuando revisaba la rodillera no hallaba hierro alguno y absolvía al zascandil, quien con férreo codo propinaba otro mazazo a su antagonista. Este volvía a protestar. El árbitro exigía entonces inspeccionar el codo, el marrullero le volvía de nuevo la espalda y se cambiaba el hierro a la rodilla. El público denunciaba a gritos al truchimán, pero el juez siempre le creía todo. Y así se divertía la gente. Era la década de 1950, tiempos de ingenuidad: tanto que la gente aún discutía si la lucha libre era de verdad o de mentira. Ahora somos aun más ingenuos: un banquero embelecador se roba los depósitos, la gente clama justicia, las autoridades lo increpan de madrugada, el zafio declara ofendidísimo que va a recapitalizar su trampajaula y las autoridades dicen que no hay problema, que el Dragón Chino no disimula ningún hierro. El público vocifera inútilmente. El tuno se fuga a Miami y las autoridades declaran que tienen bien vigilado el «movimiento migratorio» de los prófugos palabras del Ministro de Justicia, que meter presos a esos belitres es un papeleo horroroso. Mentira que el público protesta, uno lo ve, tan mansito como el gobierno, haciendo su cola del banco y no se ha sabido de nadie con una molotov ni mirando feo siquiera a ningún banquero. Es un público facilito de gobernar, que cree que el Popule Meus lo tocan en Semana Santa en el Vaticano; que Elio Chacón fue el único que se ha robado el home en una Serie Mundial; que Stalin era hijo de Juan Vicente Gómez con una bailarina rusa. Un público que decía voy a votar por el loco: ya robó bastante y ahora lo que quiere es pasar a la historia. Así serán los neoliberales de memos que son los únicos a quienes depositantes tan ingenuos no les creen, a pesar de la labia de Miguel Rodríguez, que hubiera convencido al propio Guatemoc de que estaba en un lecho de rosas. ¿Cómo creerles, si dicen que más bien hay que autorizar al Dragón Chino para que se ponga un hierro más grande? Es más, los primeros banqueros neoliberales fueron los Belzares, que no aceptaron las limitaciones del Estado omnipotente: se excedieron del territorio concedido, se comieron unos con otros y para nada y cosa ninguna, porque, con todo, no hallaron El Dorado. La Nueva Economía como que no es tan nueva: ahí está Enron. Pero la humanidad progresa, los Belzares de hoy no andan monte adentro sino en limusinas con aire acondicionado; no se comen unos con otros; al contrario del Dragón Chino, se les ve la verdadera cara porque están desenmascarados y sí encontraron El Dorado.
También Roberto Echeto, El arte dramático de la lucha libre |
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