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Smells Like Teen Spirit

Roberto Hernández Montoya

Domingo 24 de diciembre de 1995 en la página A/7
Roberto_y_Hannah
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia
, Caracas, Venezuela.

En la memoria de mis oídos nunca como hoy se había bailado música tan mala. Este invierno de nuestro descontento está saturado de sones crispados, machaca idiota que dice: «Bueno, total hay que bailar, ¿no?»

Las fiestas de siempre estuvieron pobladas por la música de este siglo prodigioso en danzares inteligentes. Cada época de él tuvo mambos, chachachás, rocks, guaguancós, boleros, tangos, sambas, que tejieron este oído mío, alerta y agradecido. Por eso siempre envidié (la forma más sincera de la admiración) a los buenos bailadores, con sus cuerpos lúcidos y desbordantes.

¿Qué nos está pasando entonces hogaño, que no hay baile en que no nos prodiguemos una música (la llamo así por pereza mental) que no sea una epilepsia menesterosa?

No me quejo de toda la música que se está haciendo. Por cada General y cada balurdo tal, hay un Yordano, que hace un contrapeso de poesía y música de una potencia formidable. Me duelo, sí, de la que invade las pistas de baile: tecnomerengue, changa, trash, que, como su nombre descaradamente lo indica, es basura, salsa erótica que, como su nombre lo miente, ni es salsa ni es erótica.

No hago como esos viejitos gafos (porque nunca fueron jóvenes) que salmodian que la juventud no sabe. Pero la cosa me alarma porque fuera de las pistas de baile hay música magnífica. El mundo no se detuvo en 1970. Y tenemos el privilegio de que los grupos de rock de Venezuela están entre los mejores del mundo. No exagero, invito cordialmente a oírlos y, sobre todo, a bailarlos. Especialmente la versión en rock de El ratón, la mejor que se conoce desde Joe Cuba y Cheo Feliciano. Siempre hubo jóvenes estúpidos y jóvenes inteligentes. Estos están haciendo la música buena de todo tiempo: dulce, agresiva, perspicaz.

Este artículo quiere ser homenaje a Kurt Cobain, el líder del grupo Nirvana, cuyo hallazgo debo al joven Rodrigo Hernández. Cobain murió de sí mismo. Difícil saber los motivos y sinrazones del suicida. Solo sabemos que es agresivo porque nos da con su cadáver en la cara. Y Cobain añadió a eso el negarnos su voz sagaz y sus partituras, que cubren el espectro más completo y complejo de la compleja y completa tradición rockera. Smells Like Teen Spirit ha sido llamada atinadamente «el himno de esta generación», la de Rodrigo, por los chamos inadaptados (así se hacen llamar) y vivaces (así los llamo) del programa Rockadencia (FM 92.9).

Un joven que declara que no le gusta la Sonora Matancera o Elvis Presley porque son música de viejitos es un menso con quien no vale la pena perder las horas. Siempre los hubo, además. Son mensos porque lo único que tienen es natalicio reciente, que es aval del azar y que se extenúa pronto. Son mensos porque son luego esos viejitos gafos que precisamente repiten que la juventud está perdida, de puro despecho de haber perdido el único y divino tesoro que tuvieron. Son los Simpson: mayameros que se dejan vivir una vida fast food comprada hecha. Quien, por el contrario, sabe gozar a Celia Cruz, a Bola de Nieve, a Gardel, a Chico Buarque, a los Beatles, puede oír cualquier cosa sin peligro.

Los jóvenes inteligentes debieran desatar una conspiración para remediar tanto macán infame de las coreografías de la vida. Sugiero que comiencen este diciembre. Yo los acompaño.


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