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Sección: Bitblioteca
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Ya no habrá terremoto Domingo 17 de agosto de 1997 Lo llaman acordarse de Santa Bárbara cuando truena. Cuando las imágenes del terremoto de Sucre estaban frescas en las pantallas sensacionalistas de la televisión, no se hablaba de otra cosa. «A mí el temblor me agarró sentado en el baño», «A mí oyendo a Pavarotti», «A mí en una tienda de lacas». Se rememoraban las experiencias de 1967, se comentaba cómo Ana Vaccarella quiere emular al Óscar Yánez de entonces. De cómo refugiarse bajo un dintel o una mesa, meterse en el baño porque hay agua y uno puede prolongar la agonía en caso de quedar inhumado allí. De cómo Los Palos Grandes son zona sísmica. De cómo las construcciones de los cerros son modelos de inseguridad. Cómo es peligroso salir de un edificio en pleno terremoto. Cómo los edificios de cristal producirán guillotinas para los desprevenidos viandantes. Pasó el terremoto, se olvidó el culpable de haber mal hecho el liceo y el inseguro edificio de seguros, y vino el paro cívico (¿se escribe con mayúsculas o con minúsculas?). No sé, será anarquismo, pero como siempre en caso de duda uso minúsculas, lo dejaré en letras de la caja baja. Venía el paro cívico y todo el mundo se hacía lenguas. Venía el apocalipsis. La gente compraba comida, dictaba testamentos, decía sus últimas palabras, «luz, más luz», «si mi muerte contribuye», «mostrad mi cabeza al pueblo, vale la pena». Colas para poner gasolina. Encerrarse a cal y canto en las casas. El gobierno se acuarteló y se preparó para desplegar a la policía. Finalmente habían aumentado la gasolina y nuestros políticos son tan monótonos y afectos a repetir las tragedias como farsas y a juzgar por su condición, que cada vez que aumentan la gasolina se preparan para un 27 de Febrero. Es una suerte de superstición, como la del que asocia cosas que no tienen nada que ver. Coger miedo a un ascensor porque el terremoto de 1967 te agarró en uno y pasaste varias horas encerrado, como si los ascensores causaran terremotos. Los políticos creen que aumentar la gasolina causa motines, como si estos no fueran provocados por motivos más vehementes, como los políticos, por ejemplo. Los sicoanalistas lo llaman desplazamiento y forma parte de los mecanismos de defensa del inconsciente. El problema no son ellos, sino la gasolina. Pasó el terremoto y se nos olvidó que Caracas es zona sísmica. Se acabaron las acertadas cuñas de prevención y la palabra terremoto pasó a designar la epidemia de gripe de la temporada. La palabra cambió de género y se habla de la terremoto. Por unos días, claro, después la palabra recuperará su género habitual, porque los cambios de género suelen tomarse siglos. Me refiero al gramatical. Y, como es natural, el gobierno, constituido por políticos como los que vengo prosando, no se ocupa. Total el terremoto no es asunto suyo sino de los que se van a morir en él. ¿Para qué hacer campañas sistemáticas y permanentes en centros educativos, empresas y comunidades? ¿Qué importancia tiene para un político gente sepultada gritando inútilmente, comparada con la popularidad de Irene Sáez? Qué terremoto ni qué niño muerto ante una mujer presidente y encima reina de belleza, en lugar de los machos sabios y adiposos que han hecho desde Miraflores esta tacita de oro que es Venezuela.
27 de Febrero en La BitBlioteca El debate político en Venezuela
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