Caracas, Miércoles, 16 de abril de 2014

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Copei debe darle a la militancia libertad de conciencia para votar en las presidenciales

José Rodríguez Iturbe
Tercer Vice-Presidente Nacional de Copei

Caracas, 11 de noviembre de 1998

Compañeros

Luis Herrera Campíns, Presidente
Donald Ramírez, Secretario General y demás Miembros del Comité Nacional de Copei.
Presentes.

Estimados compañeros:

Debiendo ausentarme hoy del país, presidiendo la Delegación de Copei a la Asamblea General (Congreso) de la Internacional Demócrata Cristiana que se celebrará en Madrid, deseo dejar por escrito parte de mi análisis preliminar de las elecciones del 8N y mi visión de la línea deseable frente a las elecciones del 6D.

Quisiera haber expuesto de manera directa estas ideas en el seno del CN. La suspensión inesperada de la sesión convocada para el martes 10; y, luego, la triste noticia del fallecimiento de la señora esposa del querido compañero José Antonio Pérez Díaz han postergado la necesaria y urgente reunión de la DN del partido. En el momento de redactar estas líneas aún no tengo conocimiento de cuándo se realizará el análisis y debate interno en el seno de la Dirección.

Como posiblemente la reunión postergada se realice estando fuera de Venezuela quien suscribe; y como considero que los temas a tratar son de tal importancia que cada uno de ellos exige asumir responsablemente posiciones definidas, dejo aquí resumidos mis punto de vista.

No entro a polemizar con otras opiniones ya públicamente expresadas en artículos de opinión o en declaraciones a medios de comunicación social. Ya habrá tiempo para el áspero debate, si la institucionalidad democrática venezolana sigue en pie. Por ahora, lo imprescindible es un esfuerzo de objetividad, realismo político y patriotismo demócrata cristiano. Dejo estas páginas a la consideración de los compañeros de la DN con la sincera intención de contribuir, por mi parte, en tal empeño.

La realidad del 8N

El horizonte de una Venezuela escindida entre chavistas y anti-chavistas resulta poco alentador. Es una realidad que nos presenta como posible e inmediata una fase de conflicto profundo en la cual no está descartada la violencia. El chavismo es, nos guste o no, un porcentaje grande de la nación desgarrada, así la mitad del país. Es un conjunto heteróclito tendiente al caos, con no pocos conflictos internos que permiten no considerarlo una fuerza compacta y unitaria cara al futuro. El antichavismo es la otra mitad del país.

Tampoco es una realidad homogénea. Su único denominador común es, justamente, el antichavismo. Ni en el chavismo ni en el antichavismo existe realmente un proyecto nacional compartido. Son más fuertes los odios que los amores. Más robustas las negaciones que las afirmaciones. Más patente la dispersión que la concentración. A un liderazgo sin tradición ni cultura de alianzas habría que recordarle aquello del mal menor y que querer no es poder.

Las ilusiones iniciales se han visto rápidamente difuminadas. El 8N se dijo con rápidez: No hubo pesadilla de violencia; la gente votó tranquila; no hay nada que temer; la votación fue masiva; la abstención fue ampliamente derrotada. Esa impresión requiere, con los datos en manos, rectificaciones objetivas.

La asistencia fue mayor que las últimas votaciones anteriores, pero no fue masiva. Los ciudadanos votantes inscritos para votar. Los ciudadanos votantes representan, con 4.204.064 votos, el 54,73% de los menos 8 millones de votantes inscritos para votar. La abstención alcanzó al 45,27% (3.477.465), porcentaje sensiblemente más alto que el estimado como normal a nivel mundial (30%). De los votos emitidos, 3.517.800 fueron válidos (83,68%); y 686.140 nulos (16,32%).

Ahora hay más que temer: con los resultados del 8N Chávez intenta cantar su victoria anticipada del 6D. La verdad es que los resultados del 8N son más indicativos de la realidad política regional que de la disputa nacional por la Presidencia que tendrá lugar el 6D. Como ejemplo está el caso del Zulia. La victoria de Arias Cárdenas favorece en el imaginario colectivo la opción de Chávez. Sin embargo, la realidad del voto zuliano indica que los dos componentes principales del voto de Arias sobre Rosales (Causa R y Copei) no siguen la opción presidencial chavista. La victoria de Arias en el Zulia es el triunfo de la conciencia ciudadana contra una prepotencia mediática y financiera (Panorama, Pineda Belloso). Al igual que en el Táchira la victoria de Calderón significa lo mismo frente a factores regionales análogos (La Nación, Cortez)

La posibilidad de violencia no fue, en realidad vencida, sino postergada.

Copei y los resultados del 8N

A las elecciones parlamentarias del 98 los socialcristianos concurrimos, como en las del 93, escindidos. No me refiero a Convergencia. Ahora lo que resta de esa agrupación sólo es relevante en Yaracuy. Si en las elecciones del 93 calculamos que el divisionismo del fundador nos había causado una baja de nuestro universo votante cercano al 43%, en las elecciones del 8 de noviembre del 98 la división de facto del voto copeyano representa un 50%. La votación de Proyecto Venezuela se nutre en su casi totalidad del universo votante históricamente cercano a Copei. Proyecto Venezuela logró el 8N, además, respecto al voto socialcristiano, lo que no logró el 93 Convergencia: superar en caudal electoral global al partido. En esto influyó, sin duda, el miedo a Chávez y la percepción de que sufragando por el grupo electoral cercano a Salas Römer aumentaban las posibilidades de éste fuera el contrincante vencedor en las elecciones presidenciales de diciembre frente a Chávez. Cosas de la vida: Chávez nos hizo más daño que Caldera. La Dirección Nacional de Copei debe hacer un esfuerzo de lectura objetiva del comportamiento electoral del área natural de influencia social del partido, si no quiere hacer quedar a Copei desarraigado y sin posibilidad de implantación poderosa, a nivel nacional, para los comicios del inicio del siglo XXI.

Proyecto Venezuela está ubicado, según los resultados del domingo 8 de noviembre, en el tercer lugar del panorama político venezolano (434.755; 12,36%), después de AD (764.862; 21,74%) y MVR (746.701; 21,23%). Copei ha quedado desplazado al cuarto lugar (377.143; 10,72%). Ese triste hecho nos obliga a tomar conciencia de dos cosas. La primera: que el universo real de un electorado socialcristiano en Venezuela equivale, genéricamente, a un 25%, constituido en casi totalidad por la votación reflejada en el Proyecto Venezuela y en Copei. La segunda: que sacamos el 8 de noviembre de 1998 una cantidad de votos ligeramente superior a la obtenida en 1958, y con una reducción porcentual de las más fuertes en la historia de nuestra organización política. El 58, después de la dictadura militar, fue necesario refundar a Copei. El 58 obtuvimos el 19% del electorado; ahora tenemos casi el 11%. Eso no puede hacer feliz a nadie. No podemos cosméticamente transformar las derrotas en victorias. Las derrotas se sufren, no se festejan. Copei queda con sólo 9 diputados uninominales por circuito. Con datos aún no definitivos de la configuración del Congreso puede calcularse en poco más de 20 diputados y 8 senadores. Ello equivale a una reducción del grupo parlamentario copeyano a la mitad, en relación con el Congreso precedente.

El 8N la realidad política venezolana quedó configurada en tres claros bloques participativos y uno abstencionista. Cada uno con aproximadamente el 25% del electorado. Los tres bloques participativos son: uno socialdemócrata (AD), uno de protesta radical (MVR-PPT-MAS) y uno socialcristiano (Proyecto Venezuela-Copei).

Nuestro análisis debe considerar de la manera más fría los resultados oficiales sobre la integración del nuevo Congreso, antes de entrar en la temática de la elección Presidencial del 6 de diciembre. No tenemos entidad político-electoral (senadores y diputados electos con nuestros votos) en doce circunscripciones: Distrito Federal, Vargas, Carabobo, Anzoátegui, Sucre, Monagas, Apure, Barinas, Aragua, Guárico, Mérida y Trujillo. Nos salvamos en la raya de no tenerla tampoco en una décimotercera: Lara, a pesar del buen resultado logrado por el candidato a gobernador.

Tampoco llenan de gozo resultados tan singulares como los de Miranda, donde, (hasta el 10 de noviembre; algunos piensan que ello cambiará con los cómputos de Barlovento) a pesar de obtener clara victoria en Gobernación y Asamblea Legislativa, no obtenemos el Senado directo (lo logran Proyecto Venezuela y MVR-PPT) y sólo dos diputados por lista al Congreso. Mendoza, en efecto, dobla en la votación de Miranda al partido; y Proyecto Venezuela casi dobla a Copei en votación de diputados por lista al Congreso de la República.

No podemos, tampoco pasar, sin más, por encima de los resultados del Zulia.

Aunque es de los pocos estados donde obtuvimos senador directo, AD casi nos dobla. Copei pasa de tener 10 diputados uninominales a lograr cuatro diputados de lista al Congreso y un solo diputado Uninominal por circuito (Costa Oriental, Lagunillas).

Añádase, además, que del total de los diputados elegidos al Congreso tenemos un grupo de no militantes. Ello minimiza aún más nuestra fuerza menguada. No se necesita ser un zahorí para saber que la mayoría de ellos no se integrarán en la Fracción Parlamentaria de Copei; y que no tardarán en manifestar su alergia a la democracia cristiana, proclamándose castamente independientes. La cesión de espacios de representación a factores de poder mediático o financiero ha sido, desde hace 30 años, una causal de pérdida de vitalidad e identidad de las organizaciones partidistas.

Conclusiones preliminares

Del análisis preliminar de los resultados la primera afirmación válida, es, a mi entender, la siguiente: No hemos salido bien.

La segunda puede ser ésta: El país político resulta, a nivel de Congreso partido en dos mitades, una chavista y otra antichavista.

La tercera: En la confrontación electoral de diciembre el adversario a vencer es el chavismo, que, objetivamente, resultó fortalecido de los comicios del domingo 8 de noviembre.

La cuarta, derivada de la tercera: Si el chavismo es el adversario, hay que evitar la disgregación del país antichavismo.

La quinta: La vía para evitar esa disgregación impone una prudencia declarativa y un esfuerzo verdadero para lograr alianzas.

La sexta: La política de alianzas debe estar orientada por la necesidad real de que las mismas sean eficaces; es decir, que conduzcan a la derrota del chavismo en las elecciones presidenciales del 6 de diciembre.

La séptima: No se trata tanto de ver quién nos interese que gane, sino a quién nos interesa derrotar el 6D.

Si se sostiene que el chavismo no es el adversario, sería de desear una razonada exposición de este punto de vista. Hasta ahora todo indica que en el chavismo confluyen todos los factores histórico-políticos adversos a una concepción humanista cristiana y, más genéricamente, a una concepción democrática.

El país y la elección presidencial del 6D

El 8N quedó fijada la suerte del partido hasta las próximas elecciones nacionales. El 6D se decidirá la suerte del país. La decisión sobre las opciones de voto del 6D deben estar regidas por lo que conviene o no conviene al país y no por las posiciones partidistas. Los partidos jugaron a su causa el 8N. Todos los ciudadanos deben jugar al país el 6D.

Con esa óptica debe debatirse en Copei sobre la candidatura presidencial oficial del partido, preguntándose si ella está o no en juego en el desarrollo de una política de alianzas a la luz de los resultados del 8-11 N. Sintetizo mi posición al respecto.

Primero, Irene Sáez no luce, objetivamente, en condiciones de ganar el 6D.

Segundo, la candidata oficial de Copei ha dado una demostración de coraje político en su campaña, que merece reconocimiento; más a ella que a las organizaciones que han acompañado con un lenguaje antipolítico y antipartidista.

Tercero, Copei puede y debe abrir conversaciones con todos los sectores no chavistas en procura de la mayor concentración de voto en torno a una candidatura que pueda derrotar efectivamente a Chávez.

Cuarto, la opinión mayoritaria del centro político que ha respaldado a Copei ve, nos guste o no, a la candidatura Salas Römer como la única, a menos de un mes de las elecciones presidenciales, capaz vencer en una disputa con el chavismo en la cual se juega el futuro venezolano por el próximo cuarto de siglo.

Quinto, el chavismo es derrotable sólo con una amplia alianza del país no chavista que, del análisis de los resultados del 8N, puede considerarse mayoritario.

Quiera Dios que tengamos la sensatez y la grandeza de considerar qué perjudica menos el bien común y, por lo tanto, qué resulta a mediano y largo plazo más conveniente también para nuestra organización política.

Si la DN realiza una lectura realista de los resultados del 8N deberá entender que la única decisión sin riesgo de colisión frontal con el sentir común de nuestras bases y periferia es dejar al electorado militante en libertad de voto según su conciencia.

Caracas, 11 de noviembred de 1998

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