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Nuevas Normas ortográficas y prosódicas de la Real Academia Española

[1952]

Ángel Rosenblat
Director del Instituto de Filología Andrés Bello de la Universidad Central de Venezuela

La Real Academia Española en La BitBlioteca
Exprese su opinión en nuestro foro sobre la nueva ortografía de la Real Academia Española

Ángel Rosenblat, Las novísimas normas ortográficas de la Academia
El debate sobre la ortografía de la lengua española

La Academia Española, en junta del 29 de mayo de 1952, acordó por unanimidad una serie de innovaciones ortográficas y prosódicas, que han entrado en vigor el 19 de septiembre del mismo año. Como la ortografía de nuestra lengua ha llegado a la unidad en todos los países de habla española y hay cierto acuerdo tácito, por razones precisamente de unidad, de atenerse a las normas académicas, conviene analizar las que acaba de introducir la Academia.

Puede afirmarse sin reservas que las nuevas normas son progresivas, que la Academia acaba de dar un paso más en la línea del fonetismo: la ortografía española se acerca así aún más a la pronunciación real. El espíritu reformista, dirigido desde hace más de un siglo por el pensamiento de Bello, acaba de obtener una nueva victoria. Hay que señalar que la mayor parte de las nuevas prescripciones son de carácter optativo y no afectan en modo alguno a los principios generales de la ortografía académica, que permanece casi inalterada. El padre espiritual de esta nueva reforma ha sido Don Julio Casares, con el valioso Informe que presentó en junta el 8 de noviembre de 1951 y cuyas conclusiones ha adoptado la Academia casi en su totalidad [1].

Vamos a analizar las nuevas normas, algunas de las cuales podrán parecernos discutibles, pero todas las cuales estamos dispuestos a aceptar. Trataremos de sistematizarlas orgánicamente, para mayor claridad.

I. Simplificación ortográfica

La Academia autoriza los cuatro usos siguientes, con carácter facultativo:

1. s por ps. Se puede escribir sicología, sicológico, siquiatra, sicosis, etc., o bien psicología, psicológico, psiquiatra, psicosis, etc., a gusto del que escriba. El sonido ps es extraño al fonetismo castellano, y ya la Academia había autorizado seudo junto a pseudo, y estaba impuesto salmos frente al tradicional psalmos. La nueva norma es liberal y permite escribir una serie de palabras como se pronuncian. Es probable que los sicólogos y siquiatras continúen usando la ps, que tiene a su favor la terminología internacional y el recuerdo de su origen venerable, y los demás se conformen con la s, como hacen ya algunos autores. El uso determinará cuál de las dos maneras ha de imponerse, aunque bien pueden alternar las dos. Como alternan efectivamente los dos usos, con autorización académica, en una serie de casos, realmente análogos: séptimo-sétimo, septiembre-setienibre, subscriptor-suscritor, transeripto-transcrito, substancia- sustancia, substantivo-sustantivo, substituir-sustituir, substraer-sustraer (y sus compuestos), transcurso-trascurso, translerir-trasferir, transformar-trasformar, transporte-trasporte, transparente-trasparente (y otros muchos compuestos de trans-), etc. La Academia concede en general mayor libertad que lo que se cree, y a veces las posibilidades llegan a cuatro: subscriptor - subscritor - suscriptor - suscritor. Al escribir, unos prefieren las grafías más eruditas; otros, las más llanas. Unamuno, por ejemplo, consideraba signo de pedantería escribir septiembre, subscriptor, inconsciente, incognoscible, etc., y se burlaba de los que llenaban la ortografía castellana de «colgajos» o «barreduras». El carácter individual se refleja hasta en las preferencias ortográficas.

2. n por mn inicial. La Academia autoriza nemotecnia, nemotécnico, etc., como se pronuncia, pero también mnemotecnia, mnemotécnico, etc., al modo tradicional. El castellano no puede pronunciar mn en la misma sílaba, y es seguro que se impondrá la reducción. Se ha impuesto al menos en casos muy análogos: neumonía, neumático, etc., de pneumonía, pneumático, etc.

3. n por gn, inicial. La Academia autoriza nomo junto a gnomo, etc. Ya antes había admitido neis junto a gneis. El castellano no puede pronunciar gn, en la misma sílaba, y probablemente ha de prevalecer la innovación, que afecta a poquísimos casos. Ya antes de la autorización académica, un humanista colombiano, el P. Félix Restrepo, escribía sistemáticamente nómico (poetas nómicos), y también nemotecnia, etc. De la norma académica surge que se podrá escribir nóstico junto a gnóstico, pero siempre agnóstico, sin opción, porque en este caso gn, ya no es inicial y no ofrece dificultades de pronunciación.

4. e por ee. La Academia autoriza remplazo, remplazar, rembolso, rembolsar. Sólo dos sustantivos, con sus verbos correspondientes. La ee se mantiene en los otros compuestos en re-: reedificar, reeditar, reeducar, reelegir, reembarcar, reencarnar, reencuadernar, reenganchar, reengendrar, reensayar, reenviar, reexaminar, reexpedir, reexportar, y los sustantivos y derivados correspondientes. ¿Valía la pena introducir una innovación tan particularizada, sobre todo en palabras en que es tan claro el sentimiento etimológico? La innovación, ¿no creará inseguridad? Casares la justifica en el hecho de que la Academia ha autorizado la contracción en algunos compuestos de sobre-: «el Diccionario sanciona la contracción en sobrexcitar y sobrexcitación, registra también sobrentender, sobresdrújulo, sobrexceder, sobrexcedente, y aun da a estas formas preferencia respecto de las que duplican la e (sobreesdrújulo, etc.)». De todos modos, cada uno puede escribirlo como le parezca, pero se ha dado un paso para una futura reducción de la ee en las otras voces.

En los cuatro casos, se ve que se ha abierto camino el criterio fonético frente al etimologismo tradicional. La Academia ha aplicado, en general, el principio que asentó en su Orthographia de 1741: «en escribir consonantes se debe seguir en todo a la pronunciación de los que saben hablar, según el estilo de la Corte». Sólo que la Corte ya no es sólo la villa y corte de Madrid, sino que abarca un mundo hispánico rebelde e independiente.

II. Acentuación ortográfica

La Academia mantiene los principios generales de su acentuación ortográfica, pero introduce los siguientes cambios, con el fin de afinar sus reglas y salvar algunas inconsecuencias:

1. Suprime el acento de fue, fui, dio, vio. Triunfa así el criterio de Rufino José Cuervo, que estaba impuesto en Colombia. Eran los únicos monosílabos que conservaban su acento sin necesidad, y aunque podían justificarse por la acentuación general de los pretéritos regulares (comió, cantó, vivió, etc.), era en rigor una excepción innecesaria. La Academia limita el acento de los monosílabos únicamente a los casos en que hay que distinguir una forma acentuada de otra átona: mí-mi, tú-tu, té-te, sé-se, dé-de, sí-si, él-el, más-mas, y además qué-que, quién-quien, cuál-cual, porque el pronombre interrogativo o exclamativo lleva siempre acento. Contra una idea que encontramos frecuentemente repetida, la Academia no hace distinción ninguna entre di de decir o de dar, ni entre ve de ir o de ver, porque ambas formas tienen acentuación prosódica. Hay que observar que conservarán su acento rió, lió, guió, lié, guié, huí, guión, Sión, etc., que son bisílabos en buena pronunciación castellana. Y ahí, de paso, la tilde sirve para indicar el hiato.

2. Suprime el acento de los infinitivos en -air, -eir, -oir. Es decir, embair, reir, sonreir, oir, desoir, desleir, etc., se escribirán en adelante sin tilde. El criterio anterior era ponerla para indicar el hiato (lo que la gramática tradicional llamaba cómicamente «disolver el diptongo», como si lo congénito fuera el diptongo y el acento ortográfico debiera actuar como disolvente). Hoy lo considera la Academia innecesario, pues todos los infinitivos en -ir llevan el acento necesariamente en la i [2]. Pero con ello establece una excepción a la regla general de poner tilde en la vocal acentuada del hiato (país, raíz, etc.), que hasta ahora tenía validez absoluta.

3. Suprime el acento en la sílaba ui de las voces llanas: casuista, casuismo, altruista, altruismo, jesuita, fluido, huido, destruido, concluido, destruimos, concluimos, concluiste, huisteis, etc. Esa acentuación se había discutido bastante, sobre todo en el caso de flúido (con acento en la u o en la i –las dos posibilidades son igualmente correctas–, ui forma de todos modos diptongo, a menos que uno se detenga artificiosamente en la u). La Academia enuncia su regla así: «La combinación ui se considerará prácticamente como diptongo en todos los casos». Ese prácticamente es un poco ambiguo: significa, «para las reglas de la acentuación ortográfica». Pero al establecerlo así, la Academia renuncia a señalar con el acento un matiz sutil de pronunciación: en jesuita, altruista, destruido, etc., ¿cómo sabrá el hablante o lector que la u y la i se pronuncian en sílaba distinta? La Academia no ha querido hacer engorrosa la ortografía, y deja esas distinciones a cargo de los ortólogos. Ya veremos que además ha suprimido la diéresis como recurso auxiliar para señalar el hiato. Ha preferido no legislar en una materia en que el habla vacila continuamente entre el hiato, el cuasi-hiato y el diptongo, y en que podía caer en una casuística infinita.

4. Suprime el acento en Feijoo, Campoo, etc. A Casares le parecía innecesario el acento «si esas voces se han de pronunciar como llanas trisílabas». Pero ¿se pronuncian efectivamente así? Nos parece que las dos oes finales se convierten en una sola, algo más larga, y que en rigor esos nombres son agudos bisílabos. El hecho de que el autor del Teatro crítico universal firmara –como parece– Feijoó no es decisivo, sin duda, pero quizá sí lo sea el que alumnos sin experiencia y extranjeros que lo ven sin acento lo acentúan habitualmente en la e. Y del mismo modo quizá debió haberse prescrito el acento en apellidos como Canals, Llorens, Torrens, etc., que según nuestra experiencia se pronuncian erradamente como nombres llanos. ¿Por qué si terminan en s –aunque esté agrupada– no se van a considerar agudos terminados en s? Ello parece aún más inconsecuente cuanto que muchas veces terminan en ns. Son apellidos de origen catalán o valenciano, pero incorporados a la vida del castellano. Ya que la acentuación de los agudos terminados en n o s es una excepción (los otros agudos terminados en consonante no se acentúan), resulta que el no hacerlo con Llorens, Orleans, etc., es una excepción a una excepción.

5. Suprime el acento que prescribía hasta ahora en los nombres extranjeros. Es decir, Wagner o Washington, que antes debían escribirse con acento, hoy no lo llevan, pues se respeta la ortografía de la lengua original. Siempre nos había repugnado ese acento, porque deformaba la fisonomía original del nombre. ¿Cómo podía compaginarse además con el del original en casos como Fénélon o Valéry? ¿Cómo se iba a marcar el acento agudo de Rousseau o Boileau? Si los nombres extranjeros –Shakespeare, por ejemplo– se pronuncian en el castellano moderno con todo respeto por la pronunciación de la lengua original, ¿cómo se iba a justificar esa torpe y minúscula intromisión del acento ortográfico? Julio Casares ha defendido el buen criterio, y la Academia ha procedido acertadamente al adoptarlo.

6. Suprime el acento ortográfico en Tuy, Espeluy, etc., que era injustificable. Su regla actual es que no llevarán acento ortográfico los agudos terminados en -y: virrey, convoy, cocuy, cargabuey, etc. Nos parece perfecto, pero ¿qué es cargabuey, que no figura en el Diccionario de la misma Academia?

7. Suprime el acento de la primera palabra de compuestos como los siguientes: decimoséptimo, decimonono, vigesimoquinto, etc.; piamadre (como piamáter), dermatoesqueleto, cefalotórax, etc., sabelotodo, siguemepollo, metomentodo, etc. Es el criterio que había adoptado en asimismo (ahora autoriza también así mismo), rioplatense, tiovivo, etc.

Sin embargo, no nos parece del todo convincente la innovación académica, defendida, con mucho énfasis, por Don Julio Casares. A pesar de la opinión de Amado Alonso y Pedro Henríquez Ureña, en los numerales compuestos como vigésimoquinto, décimoséptimo, etc., oímos frecuentemente el doble acento; no son compuestos tan generalizados, tan populares, como para que hayan actuado, como en rioplatense o asimismo, el debilitamiento acentual del primer elemento y la pérdida o desvanecimiento de su valor significativo. Son por el contrario formas eruditas, de uso ocasional, en que se mantiene muy despierta la conciencia de los elementos integrantes: lo prueba el hecho de que hasta ayer la Academia escribía décimotercia, décimatercia o décima tercia.

Lo mismo creemos que se puede decir de compuestos como cefalotárax o dermatoesqueleto, en que, por su mismo carácter erudito y su uso limitado, quizá convendría mantener la fisonomía de los elementos integrantes y no atenerse a los accidentes variables o circunstanciales de la pronunciación (las experiencias que hemos hecho con algunos médicos nos indican gran irregularidad). Casos como sábelotodo no son de carácter erudito, y es posible que para muchos hablantes los elementos estén fundidos hasta el punto de que se haya perdido la conciencia de las partes integrantes, cosa que no hemos notado en Hispanoamérica.

De todos modos, nos parece muy discutible el criterio de Don Julio Casares, al que se pliega ahora la Academia: «Postulamos que no existe verdadero compuesto si el primer elemento ha de conservar íntegra la intensidad de su acento prosódico, y proponemos esta disyuntiva: o se pronuncia decimoséptimo con el acento en sép o la yuxtaposición de esos ordinales no tiene la categoría de compuesto y no deben escribirse, por tanto, formando una sola palabra» (§ 18). Si aplicara esa tremenda disyuntiva a los adverbios en -mente (rápidamente, ágilmente, etc.), debiera quitarles el primer acento o escribirlos en dos palabras, cosa que no hace, gracias a Dios. Además, el debilitamiento del acento se produce no sólo en los compuestos perfectos, sino aun en muchos que se escriben separados –María Teresa, García Gómez, Río Orinoco, Tío Tigre, Bartolomé Mitre, etc.– y sería exceso de fonetismo el que la escritura corriente tuviese que tomarlo en cuenta. Pero no sólo en los compuestos «imperfectos» puede haber doble acentuación prosódica. Uno perfectísimo como ¡vámonos! se pronuncia muchas veces con dos acentos (vámonós), y aun en palabras simples puede el énfasis poner doble acentuación: ¡Póbrecito!, etc. La ortografía no puede rivalizar en este aspecto con la transcripción fonética. Nos inclinamos a creer que a la Academia le repugnaba la doble acentuación ortográfica de algunas palabras (décimoséptimo, céfalotárax, etc.), y ha decidido cortar por lo sano.

8. En cambio, prescribe acento obligatorio en vahído, búho, tahúr, ahíto, rehúso, etc. –porque la h muda no tiene por función indicar el hiato–, frente a desahucio, en que la Academia admite la pronunciación con diptongo. La necesidad de autorizar esta pronunciación moderna frente a la etimológica y clásica desahúcio la lleva a introducir una gran cantidad de acentos ortográficos nuevos, en una serie de formas de los verbos prohibir (prohíbo, prohíbes, prohíbe, prohíba, etc.), rehusar, cohibir, ahijar, ahilar, ahincar, ahitar, ahuchar, ahumar, desahumar, ahusar, sahumar, etc., y en algunos de sus derivados sustantivos y adjetivos. ¿Era realmente necesario?

La h servía a veces en castellano, entre otros fines, para indicar el hiato en sílaba acentuada (no en la inacentuada), y había ya en ese sentido un hábito visual. El único problema lo ofrecía la pronunciación desahucio. Podía prescribir este acento excepcional, pero hubiera sido una anomalía dentro de sus reglas. Prefirió introducir los acentos nuevos, y quitarle enteramente a la h su función ocasional de signo del hiato. Pero tenía otra solución: suprimir las haches (o al menos la de desahucio). Lo curioso es que algunas de ellas no son etimológicas y sólo se habían puesto ahí para indicar el hiato: vahído procede de vaguido; búho de bubo, etc. Y además ¿no la ha suprimido la Academia en el caso de traer, del latín trahere? ¿Y no tenía en su apoyo aprender de aprehender, y comprender de comprehender? Y aun una serie de casos que hemos señalado en otra ocasión [3]: ora (conj.), armonía, arriero, aloque, invierno, ardido, arpa, acera, arpía, desollar, overo, España, Elena, Enrique, etc., todos los cuales tienen h etimológica. Pero la Academia no se ha atrevido en esta ocasión a entrar en los problemas de la h, que la hubieran llevado sin duda muy lejos.

9. Prescribe el acento en aún cuando equivale a todavía («No ha venido aún». «Aún no ha venido»), pero no en los usos conjuntivos, en que se pronuncia como monosílabo: «Aun los sordos han de oirme». «No hizo nada por él, ni aun lo intentó». Se pliega así al criterio que habían defendido Amado Alonso y Henríquez Ureña, y renuncia a su vieja distinción, según precediera o siguiera al verbo, que Casares había adoptado con variantes (acentuar cuando seguía al verbo o cuando se pusiera énfasis en la palabra). Y de modo análogo prescribe ahora como obligatorio el acento del adverbio sólo: la Gramática lo recomendaba «por costumbre» pero ahora la costumbre se ha vuelto ley. Es la consagración del uso, árbitro y señor de la lengua, según Horacio. Pero la misma distinción, por razones más poderosas aún, debiera entonces hacerse entre para, preposición, y para, del verbo parar; entre, preposición, y entre, de entrar; como, conjunción, y como, de comer, etc. Y a este respecto nada dice la Academia. Es decir, no autoriza la distinción. En rigor, el mejor criterio es siempre el de la economía de tildes.

10. El acento de los pronombres sustantivos éste, ése, aquél, lo extiende, con carácter optativo, a demostrativos como otro, algunos, pocos, muchos, etc., cuando haya que evitar ambigüedad. Casares justifica este nuevo acento con una frase ad hoc: «Todos los amotinados traían algo con que atacar: algúnos fusiles, pócos picos y múchos palos». En ese caso la ambigüedad podría resolverse con la puntuación. Más importante es un ejemplo real, que recoge de la Tragedia Josephina de Micael de Carvajal:

Mas has, Padre, de mirar
que múchos hijos perdieron,
mas no por llorar pudieron
las vidas les recobrar.

Efectivamente, el acento de muchos indica que es pronombre sustantivo y no adjetivo, lo cual es muy importante para el sentido. Limitada la regla a los rarísimos casos en que haya que salvar una ambigüedad, nos parece perfecta. Y quizá el mismo acento de éste, ése, aquél, casi siempre inútil, sería preferible usarlo con esa misma parsimonia (ya el uso lo está quitando de aquel que, aquellos que, etc., en que puede discutirse el valor gramatical de aquel). Es el criterio de Casares, sobre el cual no se ha pronunciado la Academia.

En conjunto, en esta materia suprime una serie de acentos y simplifica un poco la compleja casuística acentual del castellano. Sólo ha agregado, en rigor, los acentos de búho, vahído, etc., que nos parecen discutibles.

III. Acentuación prosódica

En materia de prosodia, la Academia se ha limitado a algunas normas de acentuación. Después de dos siglos de vacilación casi constante entre la acentuación popular y la erudita, entre la griega y la latina, entre el etimologismo y el uso, ha entrado en vías de tolerancia, y en una serie de casos autoriza las dos acentuaciones divergentes. Ya las autorizaba, con preferencia por una u otra, en una serie de voces, pero ahora amplía bastante sus libertades. Tratemos de sistematizarlo.

1. Hiatos crecientes. Autoriza que se pronuncie, y se escriba periodo, alveolo, etiope, arteriola, gladiolo, olimpiada, amoniaco, cardiaco (y demás voces en -iaco, como austriaco, policiaco, maniaco, Ciriaco, Zodiaco, etc.), pero también período, alvéolo, etíope, arteríola, gladíolo, olimpíada, amoníaco, cardíaco, etc., que es lo etimológico. Es decir, legitima la pronunciación más general en Castilla, aun entre la gente culta. En Hispanoamérica la acción de la escuela ha impuesto en cambio en el habla culta las formas con hiato, y las diptongadas (periodo, amoniaco, cardiaco, etc.) se sienten como vulgares. Quizá resulte difícil desterrar este sentimiento. Aún más: la Academia prescribe como formas únicas elefantiasis y midriasis (para unificarlas con litiasis, psoriasis, pitiriasis, etc.), que son del mismo tipo. Ya anteriormente había admitido la alternancia meteoro-metéoro, aureola-auréola, con preferencia por la primera, y laureola-lauréola, con preferencia por la segunda. Dice Julio Casares (§ 30): «como sería absurdo hacerse la ilusión de que las formas esdrújulas puedan reconquistar a estas alturas el terreno perdido, parece que ya sería conveniente, por lo menos, registrar las dos formas rivales».

Sin embargo, nos parece que en este sentido ninguna ilusión puede parecer absurda, y menos a la Academia. Hispanoamérica ha restablecido esos hiatos con todo éxito, sobre todo en la lengua culta. «Hablar actualmente de una novela policíaca –dice Casares– movería a risa». Entre nosotros no. La tendencia a la diptongación de esos casos data del latín vulgar, y sin embargo en veinte siglos el hiato mantiene plena vida. Tendencias hispánicas más universales que ésa (la pérdida de la d final, por ejemplo) no han tenido consagración ortográfica. Probablemente Hispanoamérica recibirá con desagrado esta innovación, ya que ella se había colocado en primera fila en la defensa de la pronunciación etimológica, a la que España renuncia ahora tan despreocupadamente. Además, con la innovación se crea inseguridad: ¿habrá que decir Ilíada o Iliada, Príamo o Priamo, océano u oceano, miríada o miriada, Hesíodo o Hesiodo, etc.? Están exactamente en el mismo caso de periodo o alveolo. La Academia debe aclararlo.

2. Helenismos terminados en -ía. La Academia aceptaba ya algunos casos de alternancia entre la acentuación griega -ía (utopía, ambrosía, orgía) y la latina (utopia, ambrosia, orgia). Ahora admite además los siguientes: disenteria-disentería. quiromancia-quiromancía (y los otros compuestos en -mancia), antinomia-antinomía. Pero se decide categóricamente por monodia (rechaza monodía, para mantener la unidad con prosodia, salmodia, palinodia, rapsodia, a pesar de melodía), antropofagia y disfagia (como polifagia, aerolagia), laringoscopia y necroscopia (como espectroscopia, radioscopia, etc.), hidrocefalia (como todos los compuestos en -cefalia). Pero nictalopía (como miopía, etc.).

Todo nos parece bien, menos disenteria y antinomía. Aunque subsiste alguna vacilación, nos parece impuesto disentería. Más uso tiene hemiplejia, en Venezuela, la Argentina, etc., y no lo vemos autorizado. El lenguaje médico, por su carácter técnico y erudito, prefiere acomodarse a una norma única, de validez general. En cambio, no hemos oído nunca antinomía, ni sabemos que se diga en ninguna parte (nos parece impuesto antinomia). Casares lo defiende para mantener la analogía con autonomía, astronomía, economía, etc. Pero entonces debía autorizar demagogía (por pedagogía) o melódia (por prosodia, parodia, etc.), lo cual rechaza explícitamente. La lengua tendrá siempre, para desesperación de gramáticos analogistas, una buena dosis de anomalías.

3. Admisión de esdrújulos. La Academia acepta las siguientes alternancias: anémona-anemona, omóplato-omoplato (prefiere la esdrújula), pentágrama-pentagrama, sánscrito-sanscrito, tríglifo-triglifo, métopa-metopa, tortícolis-torticolis, dínamo-dinamo, políglota-poliglota (hasta ahora sólo admitía poligloto), metamórfosis-metamorfosis, bímano-bimano (y también cuadrúmano-cuadrumano, caudímano-caudimano, centímano-centimano), cántiga-cantiga, ósmosis-osmosis (y sus compuestos exósmosis-exosmosis, endósmosis-endosmosis). Ya admitía la alternancia en los siguientes casos, con preferencia por la forma llana: medula-médula, pabilo-pábilo, metempsicosis-metempsícosis, procero-prócero, conclave-cónclave, grafila-gráfila, ibero-íbero, pracrito-prácrito, varices-várices. Y con preferencia por la esdrújula, fárrago-farrago, mucílago-mucilago, pelícano-pelicano, bá¡ano-balano, atmósfera-atmoslera, parásito-parasito, celtíbero-celtibero, cíclope-cielope, égida-egida, présago-presago, róbalo-robalo (nombre de pez). Quizá en voces muy eruditas, de uso puramente profesional, haya podido decidirse por una de las formas. Nos parece, por ejemplo, que sanscrito ha desaparecido del uso moderno, ¿para qué volver hacia él? A propósito de pentagrama, dice Casares que ha observado el uso de los alumnos de conservatorio, profesores, ejecutantes, compositores, aficionados, etc., y «es notorio que a ninguno de estos usuarios se les ha oído jamás decir pentagráma». Nos sorprende la afirmación. En la última generación nos parece que se ha impuesto la acentuación llana, y en Hispanoamérica quizá sea hoy lo más general en el habla de los músicos. Se ve que Hispanoamérica es más sensible que España a la regulación académica. Esta forma tiene además a su favor otras: diagrama, radiograma, telegrama (que parece impuesto, a través de vacilaciones, aún recientes). En los otros casos nos parece acertada la liberalidad, para que sea el uso culto el que decida. Quizá la Academia debió haber autorizado además zábila, general en Venezuela, Colombia, Guatemala, Cuba, etc., y con gran tradición, literaria y hasta académica, y haberse pronunciado por la prosodia de algunos nombres propios: Arquímedes, Arístides, Leónidas, Heródoto, etc., en que vacila el criterio de los mismos, ortólogos.

4. Otros casos acentuales. La Academia autoriza reúma (Casares dice que es la acentuación que predomina en Castilla, aun entre la gente culta), junto a reuma; saxofón junto a saxófono, y prescribe fútbol (rechaza ahora su anterior grafía futbol, que era antietimológica y no se apoyaba tampoco en el uso). Ya aceptaba otras alternancias, algunas más raras que éstas: áloe-aloe, cercén-cercen, dominó-dómino, elixir-elixir, grátil-gratil, maná-mana, balaustre-balaústre, con preferencia siempre por la primera.

Entre las innovaciones últimas, quizá no se justifique reúma, a pesar de su difusión castellana y de su uso en la prosa de Pereda, porque es acentuación antietimológica y no se apoya en una tendencia castellana: el acento es ultracorrecto, antidiptongador. Más razón habría para admitir boína, que también tiene bastante uso.

La Academia pudo haber autorizado además, junto a chófer, a la madrileña, la acentuación aguda de chofer, que es la etimológica y la general en América [4]. El castellano tiende muchas veces a hacer llanas las voces en -er: chófer, zóster (por zoster; así lo hemos oído a médicos), etcétera, y sobre todo apellidos de origen regional, como Suñer, Lander, Sender, Monner, etc. (y aun en -el, como Chacel). Es un proceso analógico, pero la verdad es que los sustantivos llanos en -er son raros en castellano, y en cambio abundan los agudos: mujer, alfiler, alquiler, bachiller, mercader, taller, Lucifer, etc. En los galicismos tradicionales ha prevalecido la acentuación aguda del original: ujier, brigadier, escuyer, grefier, furriel, neceser, etc. ¿No se deberá la acentuación llana a una tendencia a destacar el carácter extranjero del nombre?

También nos hubiera parecido acertado que la Academia autorizara frijoles, mucho más usado que fríjoles, y además perfectamente legítimo. Y en el caso de un indigenismo venezolano, ¿cómo ha podido la Academia aceptar la acentuación caráota, con acento en la a, que se debe a una diptongación tan vulgar como la de máiz o la de áhora (que también se pronuncia áura, así como se oye igualmente caráuta)? La gente culta de todo el país pronuncia caraota con acento en la o, que es lo etimológico (los testimonios más antiguos son icoraotas en Fernández de Oviedo y carahotas en una relación de 1579) y lo general, aun en el habla popular de Caracas y el centro del país.

IV. Silabeo ortográfico

También en esta materia es liberal la Academia, y adopta una innovación de cierta importancia: Autoriza el silabeo no-sotros o nos-otros, de-samparo o des-amparo, etc., a gusto del consumidor. Es decir, frente al criterio etimologista, que se mantiene, legitima el silabeo fonético. A pesar de la influencia escolar, era el que se encontraba a cada paso en libros y periódicos (aun en la Orthographia académica de 1741, pág. 214, etc., vemos no-sotros). Con la venia académica, terminará sin duda por imponerse. Era el criterio de Bello: desentenderse en el silabeo de unas partículas compositivas que sólo podían servir de guía a muy pocos. Porque si en esos casos es claramente visible la composición (con nos, des-), en otros el problema era más complejo: des-ovar, des-aliar, des-asosiego, des-ollar, etc., y una palabra como desalado debía tener dos silabeos distintos según se usase como compuesto de sal o de alado. El criterio de Casares, adoptado por la Academia, es justo y práctico.

En cambio, mantiene el silabeo tradicional en palabras como alharaca, deshidratar, superhombre, etc., con h muda interior: al-haraca, des-hidratar, super-hombre, etc. Sin duda ha querido evitar a principio de renglón combinaciones como lha, shi, rho, etc., extrañísimas en un contexto castellano.

V. Unión Y separación de palabras

La Academia prescribe que enhorabuena se escriba en una sola palabra cuando signifique felicitación (uso sustantivo). En los otros casos prefiere que se escriba en tres: «Que venga en hora buena» (con bien, con felicidad), «Que sea muy en hora buena» (aprobación, aquiescencia, conformidad). En hora mala siempre lo prefiere separado. Se pliega así al criterio de Tomás Navarro, defendido por Casares.

No podían ser más escasas las innovaciones en esta materia. La Academia concede cierta libertad de unión o separación en algunos casos: adonde-a donde, adentro-a dentro, enfrente-en frente, alrededor-al rededor (prefiere la unión), en seguida-enseguida, como quiera que-comoquiera que (prefiere la separación), pero mantiene sin alternativa sin embargo. Y escribe en una palabra dondequiera (como doquiera y doquier), pero en dos los indefinidos como quiera, cuando quiera o cuanto quiera, «porque así lo ha establecido el uso».

VI. Signos auxiliares

La Academia adopta dos normas importantes:

1. Suprime la diéresis que era obligatoria en voces como puar, dueto, etc., que en realidad casi nadie usaba y que la misma Academia aplicaba sin regularidad. Limita el signo a la ü de güe, güi (pingüe, pingüino, etc.). Claro que permite su uso discrecional en verso, o cuando interese por cualquier circunstancia indicar con él una pronunciación determinada. Ya hemos visto que suprime además el acento en casos como jesuita, casuista, huido, destruimos, huisteis, etcétera, que servía hasta ahora para indicar el hiato. Matices sutiles de pronunciación, como el hiato o cuasi-hiato de cliente, riente, destruido, etcétera, no encuentran ahora expresión en la escritura castellana. Es decir, un importante rasgo prosódico queda librado al buen criterio del hablante o lector, sin que se le guíe para nada. El Diccionario puede, en cada palabra, indicar la mejor pronunciación –opina Casares–, pero imponer para ello un sistema complejo de acentos y diéresis haría complicada nuestra escritura, y, lo que es peor, metería al lenguaje en una camisa de fuerza que le quitaría espontaneidad. El hombre culto, según las circunstancias, según esté en trance solemne o familiar, según hable cuidadosa o apresuradamente, vacilará a cada paso entre el hiato y el diptongo, o entre matices intermedios. La escritura tiene sus limitaciones y hay que resignarse a ellas.

2. Recomienda el uso del guión, sin carácter preceptivo, para compuestos circunstanciales como hispano-belga, anglo-soviético, cántabro-astur, etcétera, pero la fusión de los elementos en una sola palabra en casos como hispanoamericano, en que los dos términos se aplican a una entidad en que se han fundido lo hispano y lo americano. La recomendación es indudablemente acertada. La composición de palabras constituye una de las libertades de la expresión castellana; pero la Academia distingue entre la unión accidental –con guión– y la composición permanente, con amalgama de elementos.

VII. Innovaciones morfológicas

Al margen de sus innovaciones acentuales, la Academia autoriza algunas innovaciones morfológicas o legitima ciertos usos que hasta ahora consideraba incorrectos.

1. Autoriza me inmiscuyo, que habían defendido algunos preceptistas, junto a me inmiscuo, que era siempre lo académico. El verbo inmiscuir se incorpora así a los restantes verbos en -uir (huyo, destruyo, construyo, etc.), tendencia muy extendida en el habla general, a pesar del anatema de los puristas.

2. La Academia autoriza yo auxilio junto a yo auxilío. Pero no especifica otros casos. Vacilaciones como yo vacio-yo vacío, yo rocio-yo rocío, yo historio -yo historío, etc., quedan para la próxima edición de la Gramática. Desde las épocas más antiguas de la lengua hay una serie de alternancias de este tipo por atracción analógica de las dos clases de verbos en -iar: 1ª cambiar, etc., con presente yo cambio; 2ª enviar, etcétera, con presente yo envío. Aun la lengua erudita y poética oscila en muchos casos entre ambos tipos, con preferencia por uno u otro, según la época, los autores y las regiones, y está bien que la Academia fije una norma cuando ya no quepa dudar, y conceda la libertad en los otros casos, para que decida el uso hispánico general.

3. No está clara su norma 21ª: «Se incluirá en la Gramática una lista de los verbos consonánticos, que, por tener encuentro de vocales dentro del tema, dan motivo a vacilación, y se indicará en cada caso cuál es la acentuación correcta: reunir, reuno o reúno; embaular, embaulo o embaúlo». Remite al § 37 del Informe de Casares. Este párrafo nos dice que se suele llamar verbos «consonánticos» a los que no ofrecen encuentro de vocales inmediatamente antes de la desinencia. Según eso, amar, cantar, etc., serían verbos consonánticos. En cambio, se refiere a los verbos que presentan convergencia de vocales (diptongo o hiato) en el tema, como en los dos ejemplos mencionados. Tal como está redactada, la norma puede inducir a error. Es indudable que la Academia tiene que prescribir reúno y embaúlo (a pesar de que éste presenta alguna vacilación). Pero ¿por qué no enuncia de una vez el principio general? Que nos parece más o menos el siguiente: En los verbos que presentan convergencia de vocales en el tema se ha de mantener el acento etimológico cuando recaiga sobre una de las vocales: reúno, de re + úno; embaúlo, de baúl; aíslo, de a + isla; pero reino, me afeito, me deleito, etc., como los sustantivos reino, afeite, deleite, etc. (en rigor el diptongo es antiguo y la gramática normativa no tiene por qué explicar el origen, que a veces es discutible). Otros verbos, como europeizar, se conjugan europeízo, etc., con acento en la i como los otros verbos en -izar (bautizo, etc.). Fuera de los casos de regularidad, la Academia puede autorizar, si le parece, ciertas anomalías: embauco (de embabuco, formado sobre baba), desahucio (de desahucio), etc., en que se ha perdido el sentimiento etimológico y parece haberse impuesto la diptongación. Pero en este terreno no nos adelantemos. La Academia sólo promete dar una lista futura, y hay que esperar.

A eso se reducen las nuevas normas de la Academia. Están inspiradas en un criterio liberal. Algunas podrán discutirse, pero ante todas hay que inclinarse con respeto. Casi nunca ha querido imponer un camino. Casi siempre ha dejado libertad para los dos criterios contrapuestos, a fin de que no sea ella, sino el uso de los doctos, el que a la larga decida la norma triunfante. Vuelve así a su más honrosa tradición.

Claro que la Academia parece infiel a su lema: «Limpia, fija y da esplendor». En una serie de hechos ortográficos y prosódicos ha renunciado a fijar la norma y ha proclamado la libertad. Quizá se pueda acuñar en su apoyo un principio nuevo: «A la fijeza, por el camino de la libertad». Es la lengua literaria la que ha de fijar, y la Academia consagrará entonces esa fijeza. Su función la explicaba en 1726, en uno de los Prólogos del Diccionario de Autoridades: «La Academia no es maestra, sino juez». Como tal, debe siempre estar atenta a los rumbos de la lengua.

La conclusión es optimista. La Academia, desde su gabinete de Madrid, y armada con un Diccionario siempre incompleto y una Gramática de doctrina muy discutible, no puede gobernar una lengua de veinte naciones y ciento treinta millones de hablantes. Es la literatura; es, en términos más generales, la cultura de todos los países hispánicos, la que, por encima de las diferencias regionales y nacionales, que son no sólo inevitables, sino necesarias, regula la lengua e impone una unidad superior. La Academia, si es inteligente y cumple su misión, se deja gobernar por la lengua. Si no lo es, como ha sucedido alguna vez, queda enteramente al margen de la vida de la lengua.

Hay que reconocer que la Academia Española, en sus dos siglos de vida, ha realizado una labor extraordinaria. Por eso, el mundo hispánico está atento a sus preceptos, y el hispanoamericano aún más que el español, a pesar de su fuerte espíritu de independencia. Discute casi siempre sus preceptos, pero en materia ortográfica termina por acatarlos. Porque por encima de cualquier discordancia de criterio, prevalece un sentimiento, que ya había enunciado Bello en momentos de rebeldía hispanoamericana: mantener la unidad de nuestra lengua «como un medio providencial de comunicación y un vínculo de fraternidad entre las varias naciones de origen español derramadas sobre los dos continentes».

Las innovaciones académicas prueban que sigue viva el ansia de reforma ortográfica, que es ideal hispánico desde Quintiliano hasta nuestros días y que tuvo un momento culminante en el impulso reformista de Bello y de Sarmiento. Los clamores de reforma, muy vivos en América, conmueven a veces las sesiones de la misma Academia, y han sido insistentes en el Congreso de Academias de la Lengua celebrado recientemente en Méjico. Las innovaciones últimas tienden a satisfacer ese anhelo permanente. Cada innovación abre el camino para nuevas reformas. La sencillez ortográfica es un ideal hispánico.

La Academia no se ha planteado esta vez los complejos problemas de la g y de la j (restablece como obligatorio gibraltareño, gijonense, y otros nombres geográficos que tienen g tradicionalmente, y rechaza las formas con j que había llegado a admitir como optativas), ni los de la h, ni los de la y con valor de i (sólo prescribe Adonay en vez de Adonái, e ípsilon en vez de ypsilon, para suprimir dos inconsecuencias), ni el de la r sencilla o doble de subrayar, abrogar, etcétera. Algunas de las cuestiones fundamentales de la ortografía castellana siguen en pie. Pero de todos modos hay que felicitar a la Academia por este nuevo paso progresivo, el primero desde 1911, cuando decidió, con buen acuerdo, suprimir el acento de la preposición a y de la conjunción o, que tenía uso ininterrumpido de varios siglos. Y hay que reconocer hoy que la modernización ortográfica del castellano ha sido más viable por el camino de las pequeñas reformas periódicas.

Con lentitud, como es natural en cuerpos de esta naturaleza, la Academia Española ha marchado en general hacia adelante. Desde la primera edición de su Diccionario, iniciada en 1726, en que se plegó al criterio etimologista a la francesa, ha ido adoptando una ortografía cada vez más fiel a la verdadera pronunciación. Mientras el francés y el inglés mantienen el culto de sus viejos fetiches ortográficos, el castellano es la lengua en que la escritura se ha acercado más a la pronunciación, lo cual es el objetivo, muchas veces olvidado, de la escritura.

Notas

1. El Informe completo, con el Dictamen de la Comisión Mixta de Gramática y de Diccionarios, el Acta de aprobación y las nuevas normas los ha reunido la Academia en un cuaderno: Real Academia Española, Nuevas normas de Prosodia y Ortografía, Madrid, 1952, 134 páginas.

2. Por la misma razón se hace innecesario el acento de huir, destruir, etc., que defendía Cuervo.

3. Véase Andrés Bello, Estudios Gramaticales (Obras completas, vol. V), Caracas, 1951, págs. CXXXIII - CXXXIV.

4. Ya lo admite en la nueva edición del Diccionario (1956).


Ángel Rosenblat en La BitBlioteca
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