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¿Dijo usted la palabra cultura?

Rafael Rattia
rrattia@cantv.net

Viernes 13 de abril de 2001

Observe, lea detenidamente, mire sin prejuicios la relación borrascosa, tormentosa, contradictoria, antagónica a veces, entre cultura y Estado. ¿Qué observa, qué detalla, advierte algo inusual que ya no sepa con anterioridad? Disculpe, estimado lector, tómese la molestia y haga el ejercicio de nuevo; coloque en el fiel de la balanza ambas palabras. Qué cree que sucede. Obviamente, la experiencia no es nada gratificante. Al contrario.

Hacer arte en Venezuela es una aventura absolutamente solitaria, solipsista; en suma, una experiencia nada gregaria. El Estado habla un lenguaje para la turba, el arte habla un idioma para el individuo; el Estado se expresa a través de un código lingüístico muchedumbresco, la cultura lo hace desde un significante para el ciudadano. El Estado habla el lenguaje burocrático.

Jamás en Venezuela la cultura fue una prioridad tan de «primer orden» como en este gobierno. Desde los ditirámbicos enunciados constitucionales que manosean impúdicamente el vocablo «cultura», hasta la paradisíaca y edénica «Ley de Cultura» (¿?), esta ha devenido fetiche semántico capaz de justificar planes egipcíacos, programas babilónicos, proyectos elefantiásicos cuyas aristas más notables refieren un abominable proceso ideologizador que pretende, sobre las viejas cáscaras vacías de los moldes culturales, erigir una lamentable y triste iconografía necrofílica que destaca los desteñidos retratos démodé de Ernesto Guevara Lynch, Fidel Castro, Ho Chi Mihn, Augusto César Sandino, Farabundo Martí. ¿Por qué el Ministerio de Educación, Cultura y Deportes no reivindica, en lugar de esos mártires y héroes, ajenos a nuestra tradición política y cultural, a figuras emblemáticas venezolanas como Pedro Emilio Coll, Augusto Mijares, Mariano Picón Salas, Ramón Díaz Sánchez? No sin estupor nos preguntamos: ¿Por qué en los pueblos y caseríos —y mire que son legión— de la dilatada geografía venezolana no se erigen bustos y estatuas de Andrés Bello, Pérez Bonalde, J.A. Ramos Sucre, Rómulo Gallegos, de Luis Beltrán Prieto Figueroa, Vicente Gerbasi, en fin; de ilustres forjadores de nuestro gentilicio y venezolanidad?

Alguien habló de «lo afirmativo venezolano»; pues afirmemos nuestra raíz multiétnica, reafirmemos nuestra pluralidad multicultural exaltando y reconociendo nuestros valores humanísticos y culturales. Porque produce dolor que un estudiante venezolano que egresa del bachillerato no conozca los rasgos más relevantes de los más importantes movimientos artísticos y literarios de nuestro país durante la pasada centuria. No es solo triste, es vergonzoso el espantoso grado de ignorancia a que hemos llegado los venezolanos con relación al conocimiento de la identidad estética y literaria del último siglo. Y lo peor de todo, mientras más hundimos nuestra memoria histórica en el pasado cultural venezolano; más evidente se hace la ignorancia y el desconocimiento de nuestro patrimonio y acervo artístico.

A veces «me hago el loco» y me interno por entre la muchedumbre que va al mercado, al cine, que hace la cola en el Metro, en la parada de autobuses y pregunto al azar, a algún transeúnte, si alguna vez a oído hablar de Arnaldo Acosta Bello, de Ramón Palomares, si el nombre de Ángel Eduardo Acevedo le dice algo. O a lo mejor por simple chalequeo inquiero por un tal Ángel Custodio Loyola. ¿Quiénes son esos? Me dice la mayoría de mis iterlocutores. ¿Alguien sabe, en este país de 23 millones de habitantes, quién es ese patrimonio artístico llamado Dámaso Figueredo? Quiero decir, más allá de las fronteras de la comarca o del villorrio que vio nacer al bardo?

Este es un país indolente con sus artistas; a este país no le duelen sus poetas, las almas sensibles y sensitivas que tuvieron o tienen la desgracia de nacer en Venezuela lo que tienen que hacer es irse de aquí; asentarse en otros horizontes que sí aprecien y reconozcan el talento creador, la iniciativa estética. Un ejemplo gráfico. Existe un artista lúcido, inteligente, preparado y con una envidiable formación cultural llamado Meyer Abisman; el otro día ví que la godarria cultural caraqueña se ensañó contra el señor Abisman porque este propuso un rancho como discurso plástico en una Bienal de Arte internacional, ¿pero qué otra cosa podía proponer una sensibilidad extraordinaria como la del artista Vaissman en un país cuyo espíritu no abandona el rancho ni de día ni de noche? ¿Acaso una de las cualidades del arte no es precisamente hacer mutar lo real y ordinario de nuestra insoportable cotidianidad y, a través del arte, convertirlo en sublimación trascendental visual?


Rafael Rattia en La BitBlioteca

Rafael Rattia es historiador egresado de la Universidad de Los Andes con una tesis sobre Émile Michel Cioran. Su trabajo académico fue asesorado por el filósofo José Manuel Briceño Guerrero. Actualmente se dedica a escribir poesía y ensayos críticos de imaginación. Escribe para la Revista española CASI NADA.

http://usuarios.iponet.es/casinada/xrattia.htm



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