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Crónica del desasosiego 22 de diciembre de 1999 Lo que acaba de suceder en la zona centro-norte-costera del país es una tragedia estremecedoramente dantesca. Jamás, en lo que al siglo XX se refiere, la naturaleza se había ensañado tanto y de modo tan despiadado contra poblaciones enteras que quedaron inermes, desprovistas de todo y a la buena de Dios. La nación entera aún no se ha terminado de recuperar del estupor en que la sumergió una de las catástrofes más espantosas de los últimos siglos. El saldo provisional de muertos y desaparecidos es, estadísticamente hablando, desolador. Nunca un diciembre nos trajo unas Navidades tan lúgubres y con tanto olor a muerte. Para comunidades enteras lo que auguraba unas Navidades jubilosas y festivas, súbitamente, viéronse convertidas en panorama tétrico y pesadillesco. Imágenes infernales se nos iban sirviendo por los canales televisivos con una crudeza tan cruel que terminaban provocándonos una cierta náusea y una niebla visual. Un exceso de realidad forzaba los límites de la crueldad hasta arrancarnos una deplorable abominación de todo lo acontecido: cantidades de cadáveres flotando a orillas de las playas del Litoral; rostros exhaustos y demacrados por la pérdida y la desolación; niños sonámbulos y aturdidos por la negra realidad repentina que los arrojó a los gélidos brazos de la incertidumbre y la desesperanza, adultos y ancianos (hombres y mujeres) temporalmente enajenados por el impacto desconcertante de larguísimas noches de ateridas horas convertidas en eternidades angustiosas. La saña con que las vertiginosas y empedradas corrientes de agua y lodo arrasó comunidades enteras como Los Corales, Macuto, Los perales, Caraballeda, La Trilla, Tanaguarena, Catia La Mar, no tiene nombre. Asentaminetos campesinos aledaños al Estado Miranda arrancados de raíz y aventados más allá del nunca jamás y literalmente demolidos por los efectos devastadores de la represa de El Guapo desbordada. Puentes vueltos trizas por el empuje de taludes de barro y árboles arrancados y lanzados al torbellino del vértigo, caminos borrados por la fuerza de los aluviones iban dibujando escenas aterradoras, espeluznantes, goyescas. Entre tanto la ávida atención desconcertada de la nación seguía, con inusitada vehemencia y compunción, las mórbidas y aterradoras imágenes una un Apocalipsis que nunca sabremos si habrá de repetirse.
Rafael Rattia es historiador egresado de la Universidad de Los Andes con una tesis sobre Émile Michel Cioran. Su trabajo académico fue asesorado por el filósofo José Manuel Briceño Guerrero. Actualmente se dedica a escribir poesía y ensayos críticos de imaginación. Escribe para la Revista española CASI NADA. |
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