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Escribir en Venezuela 11 de julio de 2000 Desde épocas coloniales, el arte de escribir en un país como Venezuela ha representado una difícil odisea para quienes han elegido tan tortuoso oficio. Es suficientemente sabido el cruel destino que esperaba a aquellos hombres de letras que osaban, de una manera u otra, poner en palabras escritas sus ideas, anhelos, angustias, pensamientos, desacuerdos existenciales u ontológicos. El período colonial venezolano en nada o en muy poco se pareció a una ebullición de ideas escritas; no proliferaba una cultura de la escritura efervescente como la que, por el contrario, se evidenció durante todo el fervoroso período de gestación de la nacionalidad. Es por ello que, entre otras razones, no hay que asombrarse demasiado por que Andrés Bello haya tenido que salir aventado a un exilio que con el paso inexorable de los días vióse convertido en lacerante eternidad. Que el oficio de escribir en Venezuela no sea una actividad digna de auspicio como sí sucede, por ejemplo, en México y en otros países hispanoamericanos es comprensible si juzgamos que en nuestro país el Estado nació de los escombros de montoneras interminables, de enguerrillamientos fratricidas entre connacionales. Se imagina usted si en vez de una «Ley de haberes militares» las castas civiles y militares dirigentes de la Venezuela de siglo XIX se hubieran afanado más bien en privilegiar el acceso a las artes, la cultura, la apreciación estética por parte de esas legiones de próceres que lo dieron todo por la emancipación de Venezuela del yugo español. Por ejemplo, si en lugar de otorgársele unas cuantas hectáreas de tierras y ganado realengo a quienes se destacaron en la gesta independentista, se les hubiese facilitado unas condiciones mínimas para que accedieran a un nivel humanamente decoroso de cultura cívica. Pienso que ese desdén del venezolano hacia los escritores hinca sus raíces en la subvaloración de los hombres de letras desde épocas de alzamientos e insurrecciones caudillescas que azotaron el suelo nacional por sus cuatro costados durante todo el siglo diecinueve y buena parte del veinte. Históricamente, al escritor en Venezuela se le ve como a «un animalito raro», un ser más o menos inútil que no aporta contribuciones sustantivas ni trascendentales a la forja de la nación. Un escritor en Venezuela es considerado una anomalía, una especie de incomodidad para la buena conciencia ciudadana, pues, el escritor que se pliega y adocena bajo férula piadosa y complaciente del poder, cualesquiera sea éste, inmediatamente por razones obvias ve evaporada su autonomía e independencia criteriológica; tiene que «colgar» su cabeza propia y opinar en perfecta concordancia con los dictámenes y decisiones emanadas del teratológico poder que, según William Shakespeare, «todo lo trueca en su contrario; a lo feo lo torna hermoso, y viceversa; a lo bello lo vuelve feo». Un escritor que no sucumbe a los encantos encandilantes que expele la perversa lógica del poder es, ¿quién lo duda?, una rareza; mejor aún, una pieza arqueológica y sin embargo los hay. Existen los que por temor a quedar desempleados callan provisionalmente a la espera de tiempos propicios para poner por escrito sus ideas sobre el destino de los asuntos públicos de su nación. En tiempos de «buenas nuevas» y de recién estrenadas promesas muchos de ellos hacen mutis, se repliegan discretamente a sus torres de «marfil»; es obvio su silencio, optan por no herir susceptibilidades y sigilosamente se refugian en su espera paciente a ver que pasa. ¿Por qué será que no abundan mucho los Maiakosky en tiempos de vértigo social? ¿Teme tanto al exilio el escritor venezolano de este tiempo histórico que vive la patria de Pérez Bonalde, Juan Vicente González, Rómulo Gallegos, Rafael Bolívar Coronado, Rafael Pocaterra?. Una inocultable timoratez se apodera del escritor venezolano cuando «el cielo se encapota y anuncia tempestad»; en épocas de transición y replanteamiento de los fundamentos argumentativos que sirven de referentes conceptuales a quienes trabajan con la imaginación, el pensamiento y las ideas la inmensa mayoría de los escritores prefieren callar. Yo decido hablar. ¿Y usted?
Rafael Rattia es historiador egresado de la Universidad de Los Andes con una tesis sobre Émile Michel Cioran. Su trabajo académico fue asesorado por el filósofo José Manuel Briceño Guerrero. Actualmente se dedica a escribir poesía y ensayos críticos de imaginación. Escribe para la Revista española CASI NADA. |
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