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Sección: Bitblioteca
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La izquierda gubernamental Sábado 9 de enero de 2001 ¿Será posible «olvidar» tan fácilmente la refriega ideológica que intentó protagonizar ese esperpento teoretético, ese mazacote de consignas vacuas que se autodenominó pomposamente con el lírico nombre de Izquierda venezolana durante toda la década de los 70, 80 y un poco más de los 90 del pasado siglo? La izquierda revolucionarista, incendiaria y come candela, venezolana; la tristemente célebre izquierda ultrosa e indomeñable, que levantó sus velas en el encrespado mar bravío del lucharmamentismo de la década más violenta de nuestro anémico siglo XX, se domesticó desde hace años y trocó su antiguo perfil anárquico y redencionista por el acomodo fácil de la alfombra palaciega, el bon vivir, el sibaritismo y el modus vivendi pantagruélico impúdico. La izquierda quijotesca y soñadora que dejó sus más caras esperanzas en las hirvientes lecturas de Sartre, de Guevara, la izquierda que discutía troskysmo junto a «Revolución Permanente», se adocenó a todas vistas y desde que arribó a «puerto seguro» de la revolución chavista la antigua utopía revolucionaria se materializó y adquirió visos inequívocos de concreción definitiva. ¡Albricias, la revolución está aquí!; cómo es que nadie se ha dado cuenta del advenimiento de la revolución bolivariana. Todo el planeta se enteró de que en 1918 en la Rusia zarista de Nicolás II se había producido un mutación revolucionaria en las estructuras culturales y subjetivas de esa desvencijada nación feudal. Todo el mundo sabía que la festividad emancipacionista que trasegaba el espíritu bolchevique, desde San Petersburgo hasta la fría y desértica Siberia, era la mayor fiesta que la especie humana estaba celebrando desde la toma de la Bastilla por los jacobinos parisinos de 1789. Nadie en pleno nacimiento del siglo XXI ignora el alcance universal de Vladimir Ulianov Lenín. Aunque sólo se le recuerde por haber aprobado la masacre de los anarquistas rusos en los Astilleros de Kronstad. Nadie desconoce la impronta del papel del individuo en la Historia a la luz de los grandes acontecimientos que sacudieron las viejas estructuras sociales, económicas y culturales de tal o cual sociedad en cuestión. Por ejemplo, todo el mundo sabe muy bien quién fue Mao, todo el mundo sabe quién fue Nicolae Ceaucescu; por ejemplo, quién no sabe quién fue Kim Il Sung, ¡quién, por favor!. Si Usted no sabe, por ejemplo, quién fue Iosif Stalin, ¿dónde estaba Usted durante el último cuarto de siglo de la pasada centuria? Hoy, en plena iniciación de uno de los siglos más esperanzadores que se haya prodigado homo sapiens respecto de su horizonte de futuridad, no podemos voltear la mirada hacia otro lado y dejar de ver las obscenas similitudes que ostentaron las grandes «revoluciones» que se suscitaron durante los recién finalizados cien años del pasado siglo. Digamos, ¿no advierte Usted, respetado lector, una relación de similitud entre los pogroms concentracionarios del padrecito Stalin y la huida despavorida que escenifican miles de cubanos en tripas de caucho y en improvisadas balsas para escapar del dantesco paraíso revolucionario que Monsieur Dr. Castro ha instaurado en la patria de Martí? ¿Por qué huye el cubano de su suelo natal como el que evade la peste negra que asoló a Europa en los aciagos días de la Edad Media? Y hablando de revolución, qué pasó con la «revolución sandinista» del Comandante Daniel Ortega, Jaime Willock Román, Tomás Borge; qué Triángulo de las Bermudas engulló el «lindo y prometeico» proceso revolucionario como también se le denomina a esa indigestión que los más osados combatientes de la vanguardia iluminista del cambio se atreven a rotular con el inefable calificativo de revolución bolivariana. ¿Es menester apuntar que toda revolución seduce a los incautos que osan montarse en su trepidante locomotora sin frenos hacia un abismo gracias a que ofrece elecciones libres, comicios limpios e inmaculados fuera de toda sospecha? Nunca estará demás, aunque parezca una verdad de Perogrullo, recordar la antigua y no por ello menos lozana frase del barbudo de Tréveris dicha a propósito de la sociedad por venir: «Todo proyecto de sociedad futura hecho realidad es un proyecto reaccionario».
Rafael Rattia es Historiador egresado de la Universidad de Los Andes con una tesis sobre Émile Michel Cioran. Su trabajo académico fue asesorado por el filósofo José Manuel Briceño Guerrero. Actualmente se dedica a escribir poesía y ensayos críticos de imaginación. Escribe para la Revista española CASI NADA.
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