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Sección: Bitblioteca
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El jardín y sus metáforas 26 de agosto de 2000 La escritura poética de Alejandro Bruzual se parece a una estructura espejeante de lenguaje que refracta una multiplicidad de sentido en la sensibilidad de quien se acerca a sus textos de amplias resonancias metafóricas. Ahora que leemos su libro de poesía titulado: El jardín de las mujeres, Caracas: Monte Ávila, Poesía, 1ª Edición, 1993, podemos darnos cuenta del llamado al gran despertar del gran sueño en que vivimos, como diría Zun Tsu, mutatis mutandis. Cuando se comienza a leer El Jardín..., entramos a una religión incrédula, a una especie de religiosidad sin religión donde dios o los dioses son corporalidades femeninas sacramentales; catedrales que despiertan la sensualidad del lector. Este libro de Bruzual está lleno de obsesiones literarias, ideas y emociones, premoniciones y pálpitos que nos involucran en experiencias febriles y en ansiedades amatorias que ascienden hasta celestialidades imposibles y por ello mismo íntimamente nuestras. Que Alejandro Bruzual es una voz poética singularizada y con brillo propio dentro del panorama literario venezolano, ¿qué duda cabe?; eso no se discute. Es demasiado obvio, pero por ello no hay que dejar de decirlo. La materia prima con que Bruzual elabora un texto poético verbigracia obsidiana, el ciprés, un capitel, el vino y la sed de amor, el sexo y la derrota, el dolor y la cítara, la espera y el homenaje, el abismo y el paisaje, en fin; la palabra y su reverso, con todas las implicaciones estéticas que ello conlleva en el proceso genésico de creación del poema. Este poeta es escrupuloso desde el inicio mismo de sus textos hasta el final de los mismos. Un delirio mesurado transparentan algunos poemas que parecieran emerger de un sueño letárgico y ávido a la vez. Es llamativo de nuestra atención eso de la intersección del yo lírico del poeta en la enunciación prosódica del texto. Por momentos sentimos una como desidentitarización del sujeto hablante que pareciera diluirse a lo largo del poema y, súbitamente, se recobra y adquiere protagonismo potestativo en mitad del poema. Hay que felicitar al creador por ello; pues, no es muy común observar estas maniobras expresivas en quienes escriben poesía en Venezuela. Esa distinción hace que los lectores detengamos nuestra atención en este joven poeta de nuestra contemporaneidad literaria. Imaginamos que no debe ser fácil forjar un asombro como ese que nos proporciona Bruzual en este poemario. Pero él es un arquitecto de la palabra encantada y se permite esa transgresiones. De pronto el poeta corta el hilo sintáctico del estro y nos deja como suspendidos, sin podernos asir de nada; como si cuando vamos hacia lo hondo de un río pisamos el cantil y ya perdemos nuestras certidumbres. Tal la lectura de algunos poemas de este libro. Hay textos irresistibles en este Jardín de metáforas poderosas e infalibles que no podemos soslayar por nada del mundo; revelaciones místicamente eróticas que vivifican aquellos sentimientos que habíanse quedado petrificados en las profundidades abisales del alma del lector. Más allá del hechizo está la maravilla de este libro que Alejandro Bruzual tiene la osadía de lanzar al infinito horizonte intelectivo y valorativo del lector que nunca muere porque lee. Este poeta estremece a quien lo lee porque zarandea las palabras e inventa una dialéctica atrevida y fuera de la doxa que rige nuestros hábitos mentales. Por ejemplo: La abyección y la sacralidad se dicen metaforizados en el bestiario del ave y la serpiente. Lo alto y lo bajo, el pecado y la culpa reunido magistralmente en un verso insustituible como este que a continuación cito: ...un ave roja y una serpiente Y partir con los perros que vengan de la necrópolis ¿Acaso puede concebirse un poema con mayor vigor semántico y más densidad esplendente de sugestividad que este poema? Dudo mucho. La escritura poética de Bruzual se parece mucho a eso que conocemos con el nombre de perfección. «El jardín» propiamente dicho posee una inscripción de bella reminiscencia danteana: Dante Allighieri dice: «Por mí se va a la ciudad doliente, por mí se va al eterno dolor...» y el poeta Bruzual parafrasea al florentino profiriendo: «Por mí se va al jardín de las mujeres». Hermosa traslación parafrástica que recrea la clásica inscripción de Allighieri en las puertas del Infierno de su Divina Comedia. Con una linda expresión homofónica se inicia el segmento titulado El jardín. Un verdadero cultivo del lenguaje poético es lo que patentiza este libro de Bruzual. Parece un trabajo de paciente relojería y de miríadicas sinonimias. La evocación desmitificada de la leyenda de Orestes matricida no tiene parangón. Hay mucho ritmo y cadencia prosódica en estos textos que entroncan su genealogía con la cítara antigua; no por nada el poeta es antes que todo un músico, es decir, un matemático de la ilusión, o lo que es lo mismo, un cartógrafo del espíritu. De allí que sus textos exhalen esa música alada muchas veces triste y melancólica, otras «sensuales, vehementes y aptas para enloquecer de amor» como diría Rafael Cadenas. Por momentos de auténtica revelación el poeta le obsequia a los lectores una genuina danza orgiástica de verbalización estética que regocija al lector hasta niveles de gratificante padecimiento. El poema titulado Beatriz resume todo lo que un poema «humano, demasiado humano» puede transmitir sobre la condición y esencia últimas del ser. Este poema sintetiza la perfidia, el abandono, la culpa y el castigo del hombre a su paso por la ruta de la vida, por el camino de la intemperie, de la dolorosa existencia en artista. Metáforas delirantes como «las piedras despiertas»., o el «cráneo amorfo de un solo ojo» o «la sonrisa de los muertos» impregnan las dilatadas y vastas páginas de este libro. Pero el colofón lo constituye el erotismo desparramado por todos los poemas del libro. Algunos de este tenor: Esencialmente hembra O este otro de magnífica y cabal exactitud: Te daré este amor que interpretamos O este más explícito y literal pero no por ello menos lírico: ...para hacerte diosa en el torneo Es una maldad estropear este poema añadiendo un comentario más.
Rafael Rattia es historiador egresado de la Universidad de Los Andes con una tesis sobre Émile Michel Cioran. Su trabajo académico fue asesorado por el filósofo José Manuel Briceño Guerrero. Actualmente se dedica a escribir poesía y ensayos críticos de imaginación. Escribe para la Revista española CASI NADA.
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