Como decía Hölderlin, antes de cruzar el Rubicón de la razón: «¿Para qué poetas de tiempos de miseria?». Es rigurosamente cierto que la poesía ayuda a sobrellevar los días inhóspitos de eso que los franceses denominan «Lesprit du temps»; sin la balsámica opción del espíritu de la poesía el aire se tornaría irrespirable y las cosas no serían tales si no un amasijo de objetos sin sentido ni concierto. Pero, ¿a qué vienen estas palabras que me asaltan con la violencia anímica de un torbellino angustioso y desesperante? La respuesta tiene una apariencia sencilla: por más que el poeta se exima de involucrarse en los hechos candentes de una realidad que lo quema abrasadoramente y lo vuelve ceniza, no obstante hace esfuerzos inauditos por resignificar lo que inteligimos como realidad.
En Venezuela, los escribanos descendientes del árbol genealógico de la palabra poética se han alineado en dos orillas a saber: «los protagónicos», que sufren del síndrome de vitrinismo y «los indiferentes». También se pueden definir varios subgrupos de poetas que adoptan posturas públicas adaptadas a las exigencias políticas del momento histórico según vaya éste viniendo. Existen poetas «neutrales» que ni hieden ni huelen; son aquellos «poetas-funcionarios» que laboran en la administración pública y viven del mendrugo que representa un miserable sueldo mensual partido en dos y que no les alcanza ni para adquirir sus libros y revistas literarias, ni para satisfacer las demandas de los insumos propias de su práctica u oficio. Existen los «poetas-apolíticos, que forman una especie de casta alérgica al estruendo vocinglero de los politiqueros oficiales y extraoficiales; este segmento de escribas umplugged normalmente se refugia en algunas páginas literarias o en Suplementos Culturales y no alcanza, por lo general, a publicar sus poemas en editoriales gubernamentales por razones harto conocidas y que sería demasiado onanista y ocioso enumerar aquí. También los hay «subsidiados». Suelen verse haciendo antesala y lobby en la Dirección General Sectorial de Literatura del CONAC y en las Direcciones de Cultura de las Gobernaciones del país. Los poetas «subsidiados» viven al día, apenas si el mísero subsidio les permite alimentarse «como Dios manda»; parece que fueran una afrenta para la cultura. He conocido a muchos «poetas-subsidiados» que malviven endeudados hasta la obscenidad y que no osan reclamar la puntualidad del subsidio por temor a ser excluidos de las nóminas de los entes tutelados por el Estado benefactor. El «poeta-subsidiado» es la triste figura del caballero mendicante, es lo más parecido al ciudadano envilecido por el mecenazgo oficial mal entendido. ¡Escóndete poeta!, parece ser la divisa de estos escritores marginados a quienes se les arrincona con la indiferencia y la desidia gubernamental de siempre. Paradojalmente, como contrapartida dialéctica, observamos la impublicable grosería de aquellos de aquellos poetas gubernativos del whisky y la alfombra palaciega que se publican entre ellos mismos y se autopublican en la imprentas oficiales del Estado con prólogos de sicarios de la tinta y de mercenarios de la tecla. A estos poetas de la quinta columna los caracteriza la impudicia y el caradurismo; sus versos petrificados se desviven por destacar las bondades de un reino feliz y armónicamente paradisíaco. El poeta-folcklórico-príncipe jura y perjura que la quimera del hombre nuevo devino utopía realizada. Ya el poeta no impugna ni contesta la razón instituida, pues la pesadilla de la razón dominada se trocó en razón de Estado y por tanto en razón dominante, es decir, en razón edulcorada, en sueño plácido. Para el poeta-príncipe (el rapsoda oficial) ahora sí se respetan los derechos humanos; ahora sí hay democracia genuina y auténtica. A juzgar por su deliberado silencio, poesía debe gestarse bajo la premisa de una temática edificante y legitimadora que coadyuve y construya exégesis del nuevo orden bolivariano, de la nueva patria decimonónica, de la inédita y procera civilización caribeña. ¿Acaso estamos en los pródromos de una Constituyente metafórica, de un Referéndum semiótico, de una Revuelta del sentido programado del ciudadano venezolano? Por los vientos que soplan, «el cielo encapotado anuncia tempestad, poetas temblad».