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Alejandro Bruzual: Una hermenéutica prospectiva Miércoles 11 de octubre de 2000 Las exequias de la florEn 1982, desde el corazón mismo de los Andes venezolanos, los Cuadernos de El Parnasillo, Nº 2 de la Serie en Prosa, lanzó a los cuatro vientos un sorprendente libro del poeta Alejandro Bruzual muy parecido a una plaquette, de 33 páginas ¿el medio del camino? De extraños asombros artísticos y de una peculiar densidad contenidista. Las exequias de la flor es un magnífico libro compuesto por una veintena de poemas en prosa o de prosa poética de una singular resonancia lírica. Para ser un libro «iniciático» la maravilla no tarda en instalarse en la sensibilidad de quien tiene la fortuna de poder acceder a su lectura. El epígrafe inaugural del poemario dice tanto y de tan espléndida manera que al impregnarme de él (al leerlo) sentí que este autor se colocaba, «parangonable», -ex aequo- al mismo nivel de algún verso de Holderlin. Dice Bruzual: »El poema es una recriminación a los dioses por la sinrazón de la vida». Estos versos paradigmáticos se enuncian al modo de una Ars Poética. Todo un «programa» propositivo se infiere de este poema que funge como frontispicio de esta hermosa y conmovedora arquitectura de palabras que entrega Bruzual con estas «Exequias de...». El poeta postula una poesía nostalgiada, atravesada por la desdicha y el desamparo ontológico pero también cruzada por una intransigente vocación amorosa. El bardo poetiza la existencia empalabrando el sentido plurisignificante ínsito y constitutivo de la vida misma enhebrando una particular visión de la temporalidad del poema despojándolo de ripios innecesarios o accesorios. La voz del poeta-escritor se elucida de un modo dialógico, rayano en lo confesional, como si el texto se nos diera a la manera de un rumor impregnado de una secreta complicidad con el lector. La vehemencia expresiva y, paradojalmente, la serenidad metaforizadora que exhibe el poeta adquiere visos de fuerte impresión en el lector. Su poder evocatorio rasga el velo de la reminiscencia e instaura, en el reino de la página, por ejemplo, un ardor memorioso, una recuperación mnémica que se explicita a través de vocablos magnánimos dichos en forma oximorónica. Veamos un somero ejemplo: Todo iba sucediendo sin darnos cuenta de la hora, cuando tu vestido de floresta se unió en el norte con alas vencidas. Observe el lector esta sobrecogedora imagen de nítida raigambre tanática que únicamente una voz decantada como la de Bruzual es capaz de proferir sin estridencias ni ruidos inútiles. La mesa está puesta con vivos floreros para flores muertas; sonriente está la copa que se quedará vacía. ¡Es triste como un lamento de fríos dientes! He aquí que, gracias al digno manejo de la expresión poética articulada con inusual impecabilidad enunciativa, Alejandro Bruzual entronque Las exequias de la flor al hilo invisible de una tradición romántica que se emparienta con Von Kleist, Novalis, con Bretón y con las corrientes más extremistas y radicalizadas del Surrealismo. Hay versos en este libro que me reverberan en la conciencia cuales arrebatos hiperlúcidos que alguna vez leí con inconmensurable fruición en Artaud. Bruzual ostenta un dominio implacable en la elaboración de una envidiable verbalización lírica donde el poema es entidad bifronte: paradójicamente el poema es arquitectura de versos pasmosamente coherentes y de un rigor sólido, pero simultáneamente el poema adopta la sutil forma del relato edificado bajo el influjo de una tesitura rigurosamente literaria. Bruzual hace literaturidad pura y literal. No cabe la menor duda: Alejandro Bruzual es un poeta de una fecunda imaginación y de un vuelo alto, melancólico y feliz. Él tiene madera de alquimista; en su poder la palabra es fuente dadora de visiones reservadas a inteligencias superiores. «El tiempo, el implacable, el que vendrá», confirmará a no dudarlo el juicio que hoy aventuro en estas líneas. En este libro de Bruzual la flor es un símbolo-motivo intercambiable y representativo de la feminidad pero, ¡sorpresa!; algunos textos transparentan un sentimiento aparentemente contradictorio y «antagónico»: el poeta se explaya en momentos de un erotismo lúgubre y escalofriante. De allí que su originalidad elocutiva nos parezca estremecedora. No se puede leer Las exequias de la flor sin pagar tributo a la aterradora belleza de su estro. Leyéndolo confirmamos, una vez más, que estamos en presencia de un auténtico poeta, un poeta sin adjetivos. Un poeta. Sólo a un genuino poeta le está reservado decir: Y volví a ver tu cara tras cualquier sombra de un pasado: otra vez tu grito, otra vez sin calma, se me llenaron los ojos de cuarzo (las negrillas son nuestras) y me sentí eterno transeúnte del arrepentimiento. El escritor traduce sentimientos y emociones que todos hemos padecido en algún momento de nuestras vidas pero sólo él es capaz de afrontarlos y ponerlos por escrito como una lacerante expiación que pocos quieren asumir de frente y sin reservas. Se puede decir que la poética de Alejandro Bruzual es un summun de la palabra constelada; una propuesta prospectiva que se proyecta más allá de los registros normales de intelección e intuición sensitiva. Alejandro Bruzual estalla moldes y pulveriza normas; su concepción del hecho poético es fundacional. La competencia perlocucionaria del sujeto poético que protagoniza su materia verbal es sólida y consistente, vigorosa y persuasiva como pocas dentro del panorama poético venezolano de los últimos años.
Rafael Rattia es Historiador egresado de la Universidad de Los Andes con una tesis sobre Émile Michel Cioran. Su trabajo académico fue asesorado por el filósofo José Manuel Briceño Guerrero. Actualmente se dedica a escribir poesía y ensayos críticos de imaginación. Escribe para la Revista española CASI NADA. |
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