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Dos caminadores hablan de política El Nacional, sábado 5 de setiembre de 1998, p. A-4 Durante una tarde barquisimetana, Hermann y Julio Garmendia pasean un crepúsculo. Lo hacen como lo hicieron con frecuencia cuando todavía les era inevitable hacerse ver, confundidos con el bullicio ciudadano. El escenario de la caminata es la sabana del Campamento, al sur de la ciudad; un espacio de soledades y silencios escasamente interrumpidos, que había conservado para ellos dos, sin alteraciones, aquellas cualidades amistosas. Este es el diálogo que sostuvieron estos escritores y el cual me permito, imaginariamente, transcribir. Si te parece, Hermann, comencemos con el peor de los temas posibles. ¿Qué cara le ves a la política? ¿Esta política, quieres decir? ¿O sea, la nuestra, la de ahora? Es que no veo que haya otra y me parece que tampoco la habrá. Por otra parte, la política, aún la más civilizada, es siempre contingente. Un suceso que se presenta sin reflexión en medio de la calle. El lado opuesto de la meditación. Un arte de azar, de oportunidad, de astucia. A mí, se me pinta como una abstracción, que se surte de apariencias externas en los estantes de un alquiler de disfraces. A los adalides de la política local en el siglo pasado, nunca les faltó el ademán público de monigotes, de fenómenos de feria y el pueblo les colocó en la puerta un cartel chocarrero: el Mocho, el Manganzón, el Cabito, el Bagre. Más cerca de nosotros, tuvimos hasta un Napoleón de Guatire. «¡Pasen, señores, pasen! ¡Esta es la carpa de los imposibles fenómenos! ¡Adelante, que no se cobra entrada!». Hasta hubo algunos que fueron apodos vivientes. Cuando la historia los abrió en canal para su autopsia, no encontró adentro más que desperdicios. Pero volvamos a la primera pregunta, si lo deseas. Ahora no estorbamos a nadie, de manera que podemos hablar sin temor. ¿Qué cara le ves a esta política? Primero, debemos saber si tiene cara. Yo veo más bien una cobija remendada, que no alcanza para arroparnos. Y sin embargo, hay que ver cómo los venezolanos de comienzos de siglo, nos acostumbramos a contemplar una sola representación heráldica de la nación. La primera mirada al mapa de Venezuela, nos devolvía la silueta perfectamente nítida de Simón Bolívar. Pero, si mirábamos un poco más, sin pestañear, veíamos que iba apareciendo por debajo la efigie de Juan Vicente Gómez. Misteriosamente, los bordes de ambos retratos coincidían. El caraqueño perfilado y el montañés robusto, que sentado llenaba la poltrona, habían llegado a ser, oficialmente, una misma persona. ¿Quién podía creerlo? ¿Recuerdas, que primero lo había intentado Guzmán Blanco? Arrodillado dramáticamente en el Panteón, proclamó semidiós al Libertador. La estatua del héroe rompió el techo y entró en el vano de la mitología. En ese momento se trancó el juego y Guzmán pasó a convertirse en el más grande de los venezolanos. Y ahora, a los venezolanos del fin del milenio se les presenta una de esas mesas giratorias donde los magnates orientales disponían sus interminables comidas. El día acababa, y los invitados aún no daban cuenta de las infinitas ofertas del menú. Pero, ¿y los venezolanos? ¿Con qué vamos a llenar esa mesa? ¿Con los diminutivos de una gastronomía rural, monotemática, sometida a la tiranía del maíz. Empanaditas, arepitas, hallaquitas, torrejitas, manduquitas y quesitos de taparita. Sólo que ahora contamos con una especialidad de cocina rápida, de la cual no teníamos idea en nuestra juventud. ¡Una reina de belleza! Ha sido una auténtica voltereta, porque las mujeres de Miraflores fueron casi siempre terceronas de mal carácter, pasadas de peso, que prestaban dinero a premio a los miembros del gabinete, como si se tratara de una operación de alta política. Pero, quién iba a soñar con una muñeca de vidrio, rubia y de ojos azules señoreando sobre las multitudes. Eso me hace acordar de aquellas muñecas de pasta con pelo natural, que sabían decir con voz gangosa, «me llamo Susi, tengo hambre, dame un besito». La gente se volvía loca con ellas. Las paseaban en triunfo por el vecindario. ¿Cómo es que dice? ¡Anda, ponla otra vez! Pero después, el mecanismo se atascaba y la mudita terminaba en el fondo de un escaparate, cubriéndose de polvo, con su boquita abierta y sus ojos pelados. En adelante, nadie más le oiría decir una palabra. Julio dijo algo y se puso el canto de la mano en la boca, para que no lo vieran reír. ¿Y qué me dices del «Soldado de Chocolate»? Esa fue una opereta muy popular. Tú, qué piensas. Hummm... Habla tú primero. Los dos rieron con franqueza y casi parecieron olvidarse del asunto, hasta que interrumpieron un momento la marcha y se quedaron mirando al horizonte, donde se anunciaba un crepúsculo, pero no parecía de colección. Julio llamó la atención de su primo, tomándolo por el brazo. Eso que ves venir allí, es una imagen de lo que somos. La mitad de un cuadro. Un escudero sin caballero. Se refería a una figura ecuestre que venía apareciendo en la penumbra; un hombre montado en un burro macilento. Sombrero de cogollo, camisa de mochilla, pies descalzos que casi tropezaban con los terrones del suelo. Fue así mismo, como este recuerdo de hombre regresó a su tierra, una vez acabada la guerra de independencia, donde sirvió como soldado. Se suponía que él había ganado esa guerra, pero era un derrotado. La patria lo quiso para soldado y no para labriego. Después, a la largo de la vida republicana, continuó sirviendo como recluta y carne de cañón. En el siglo XIX no tuvimos campesinos sino malos soldados. ¿Alguien se extraña de lo que ocurre hoy, cuando seguimos sin ser capaces de producir lo que comemos? La carrera militar de los caudillos, se llevó a cabo en los campos de batalla. Fue empírica y bárbara. Los galones se obtenían mediante una reputación de sanguinario. Ser guapo y altanero daba la medida del hombre de a caballo. Pero cuando la suerte lo conducía al poder, el guerrero, torpe y montaraz, se encontraba incapacitado para desempeñar la función de gobierno. No era extraño verlo entregarse en forma desmedida al saqueo de un país, cuyas riquezas había recibido a título personal como botín de guerra. No vas a decirme que en estos jóvenes académicos de hoy, sobreviven, acaso por incomprensible atavismo, los instintos brutales de aquellos tiempos. De ninguna manera. Aunque tampoco me parece posible pensar, con los ojos cerrados, en el ejército de hoy como en un cuerpo neutro, incorruptible, que se alimenta de las reservas refrigeradas de un banco de sangre. En días pasados, cuando daba una vuelta por mis antiguos predios del centro de Caracas, donde ya no hay gatos que alimentar ni sombras humanas adecuadas para poblar mis cuentos, me sorprendió encontrar un cartel que decía: «el Partido Comunista proclama a Chávez». ¿Cómo? Reflexioné. ¿Quiere decir que los bolcheviques de ayer, han tomado su candidato de las filas del ejército? ¿No es esto un contrasentido inaceptable?, si recordamos aquello de «el brazo armado de la burguesía». Pero no lo es tanto, concluí, si recordamos que en los alzamientos militares sangrientos, ocurridos en los años sesenta, los camaradas asumieron posiciones preponderantes. El movimiento natural de la historia nos trajo hasta aquí y nos permite apreciar cómo de aquellas células ideológicas leninistas, implantadas con disimulo y eficacia, nació el cuerpo viviente que ahora se prepara para asumir, sin intrusión de intermediarios, la plena conducción de los asuntos públicos. Pues, no sé si decir, pobres de nosotros. Por lo visto, estamos obligados, acaso por una especie de maleficio histórico, a permanecer dentro de una reiteración aberrante e irracional de contramarchas y retrocesos infinitos, sin que podamos avizorar tregua ni salida aparente. El resultado electoral inminente, parece condenarnos a una situación vergonzosa de anacronismo, que no sabemos eludir.
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