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Asuntos de metro El Nacional, sábado 25 de julio de 1998, p. A-4 Para Manuel Bermúdez Nunca he llegado a tropezarme con Manuel Bermúdez cuando viajo en un vagón de metro. Aún más, es probable que a ese compadre mío de papelito, porque el destino no nos permitió acceder a la perpetuidad del sacramento, ni le gusta bajar y subir escalones ni retratarse en las taquillas; y sin embargo, nunca le he pedido permiso para sentarlo imaginariamente en el lado vacío de mi asiento, a fin de dar comienzo a una conversación sobre temas como los que aparecen en este artículo, los cuales, imagino, él no rehusará compartir. Hay algo de mano de obra primitiva en el trabajo de un escritor en la televisión. Trabajo de picapedrero, que a golpes de martillo y cincel va desprendiendo partículas de roca, para ser arrojadas por encima del hombro, sin que al jornalero se le ocurra volver la cabeza y mirar al montón que va creciendo detrás suyo. Sin embargo, no sería difícil comprobar, cómo algunos de esos trozos casuales, a pesar de que de manera general se les cataloga como desperdicios, presentan en sus cortes y sus rasgaduras las líneas de una fisonomía que puede ser reconocida como «cosa» en particular, y si observamos el fragmento con más detenimiento, hasta podremos ver que esos duros perfiles y esos cortes abruptos de la piedra, bajo la mirada, reciben un baño de expresión y parece que se ponen de pie entre los dedos. Desde hace treinta años, tal como hoy, me presento cada día en la pedrera y ocupo mi lugar, luego de haber recibido martillo y cincel. En tanto tiempo, he llegado a acostumbrarme al polvillo picante del material; mientras aguardo a que alguno de los trozos que van pasando por mis manos, manifieste intenciones de cambiar de estado delante de mí. Acaso, en uno que otro instante, un diálogo, una breve escena han dejado en mis dedos una ligera convulsión agónica, un escalofrío interior, un escozor de lágrimas interrumpidas, que pronto se desvanecieron sobre la piel, sin dejar nada en ella. Mejor callar Un día, la venda empezó a caer de mis ojos y fue descubriendo delante de mí un espacio gris y sin volumen. Fue un golpe inesperado, porque desde hace tiempo había creído descubrir en el temperamento y el resplandor de la naturaleza, la acción de alguna tintura especial que la mirada iba inoculando en cada cosa. Y aunque lo visible no fuera más que una cubierta leve y sin espesor o una efímera modificación de la luz, y así los demás estuvieran viendo lo mismo que yo en ese momento, era por virtud de la mirada personal, que el reino exterior dejaba ver su perdurable incandescencia. Ahora que empiezo a descubrir, más allá de la venda, la inmovilidad de esa lámina sin relieves, vacía de color y seguramente refractaria al sonido que un día va a tener que cubrir mi lugar como el paso del rodillo de un pintor de paredes, pienso que más me valdría subir el trapo a la altura donde estaba antes y quedarme en paz. Mi descubrimiento, sobre cuya legitimidad no tengo dudas, por ahora, no pasa de ser una verdad inútil, un convencimiento sin salida, una seguridad estéril, una asignatura vacía y sin cualidades. Caras de metro Han comenzado ya a aparecer en Caracas. El oxígeno mismo del vagón las va configurando. Son las «caras de metro», de las que hablé una vez, cuando el bebé de los metropolitanos del mundo, volaba en la inocencia. No sé decir si fue Julio Cortázar quien introdujo primero «caras de metro» en la literatura; a modo de especies repentistas del mundo subterráneo; aunque el gran bonaerense, por supuesto, situaba su descubrimiento en el metro de París, delante del cual, como se sabe, el nuestro es Costa Rica: un pequeño país joven, saludable y bien educado. ¿Qué le vamos a hacer? Llegará el momento, me decía, en que este motor «coja mínimo» y entre en esa fase de irrealidad donde hasta las calcomanías urbanas más frecuentes y repetidas, se vuelven personas. Y así parece que viene pasando, porque nada más esta mañana, me tocó observar un prospecto, el cual, por lo que dejaba asomar de sí en la fila de enfrente, me hizo exclamar, ya la tenemos. Esta medalla es de clase y aunque aparenta ser de acuñación reciente, no cabe duda que ha salido de una buena mano. Era una cara de «metro-mujer» que sobresalía de la fila de enfrente, con el resalte inocultable que envuelve la fisonomía de un extraño dentro de un retrato de familia. Tenía el aura de una mascarilla moldeada en algún material algo menos neutral que la cera; portadora de un maquillaje funerario, aunque no del todo indiferente. Los ojos grises, con oblicuidades hacia el verde, resaltados por anchas líneas negras; ojos que pasaban a través de mi sin mirarme y hasta me hacían dudar de mi integridad física, lo que había empezado ya a incomodarme. La boca dormida, en este momento debía estar empezando a volverse consciente, aunque todavía sin demostrarlo demasiado. Donde quiera, una cara de metro. Cansancio, soledad y vacío. Puro material de ficción. Si cae al suelo se hace trizas. Era la primera pieza terminada que me tocaba enfrentar directamente. Ya vendrán muchas otras, dije. Y entonces hablaremos. En la uña del dedo gordo «Cójeme ese trompo en l'auña/ a ver si tataratea./ Las gallinas beben agua,/ yo no sé por qué no mean». Eso es decir mucho con tan poco idioma. Pero la respuesta se abre en la oscuridad como la linterna del cocuyo. Simplemente, la gallina no moja el planeta... porque ama demasiado la tierra que pica. Mira bien donde pisasDirección Petare-Pro Patria. En el asiento de enfrente está sentada una mujer de piel oscura. Su cara es una máscara sólida, bañada por una penumbra, que sin tener que recurrir al movimiento, manifiesta dureza y mal humor. Por otra parte, no puedo apartar la mirada de una extensa abertura que hiende su falda en mitad de los muslos. La palpitación de esa piel, revela una profundidad diferente de la que hubiera podido denotar, para mí, el color blanco. Siento que voy a entrar ahora dentro de esta muchacha. Más allá de la abertura de sus piernas, se abre una silente y casi marmórea oscuridad, que sin embargo permite verlo todo alrededor, bajo el efecto de una iluminación como de teatro, que me ha permitido seguir adelante sin temor a tropezar o perder el camino. Finalmente, en el extremo de un largo pasadizo, la muchacha del metro, me sale al paso. Casi me parece verla sonreír, al decirme: Supe que te iba a ver aquí, por la forma como me miraste en el metro. ¿Necesitas ayuda? ¿Estás perdido? Creo saber dónde estoy; pero me sentiría mejor si me lo dijeras tú misma. Dame la mano. Te llevaré hasta la salida. Estamos por llegar a la estación. En ese momento, el tren salió a la superficie. La luz entró de repente al vagón con el efecto de un cambio brusco de escenario. Entrábamos a la estación de Pagüita. Casas, callejones y aglomeraciones de ranchos parecían haber sido regados en las alturas sin mirar. La ciudad que conozco y entiendo, había quedado a mis espaldas. La muchacha ya no estaba delante de mí. La vi, confundida con otros pasajeros que se aglomeraban junto a la portezuela del vagón. La vi salir y volver la cabeza por encima del hombro, antes de desaparecer en el andén y oí que me decía, sólo a mí, quédate donde estás. Se nota que haces lo posible por entender, pero es en vano. Eres la cabeza equivocada y aunque nos encontráramos de frente en la mitad del mundo, pasaremos uno a través del otro sin rozarnos y continuaremos adelante sin volver la mirada. El tren se puso en movimiento y aún me parecía escuchar esa voz, perdiéndose con una breve carcajada en medio del ruido y la distancia. ¿Sabes qué? Soy de un puño apretado. Vivo en el Oeste. No es por casualidad que mi piel es oscura. Más te hubiera valido haber tomado el metro en dirección opuesta.
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