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Los abusos de la historia El Nacional, domingo 28 de enero de 2001 El debate que hemos presenciado esta semana, sobre las maneras de conmemorar el 23 de Enero y el 4 de Febrero, ha servido, por lo menos, para corroborar dos cosas: primero, la decisiva importancia que tiene en una democracia para que lo sea realmente su Poder Legislativo, llámese Congreso o Asamblea Nacional; y luego, el aprendizaje colectivo de las grandes lecciones que el siglo XX nos ha dado en torno a los usos y abusos de la memoria histórica. La importancia del Poder Legislativo como sustento fundamental de la democracia quedó evidenciada en el hecho de que, mientras el Ejecutivo despachó la celebración del 23 de Enero sin explicación alguna, a través de un sencillo acto de omisión, la Asamblea Nacional, en cambio, se vio obligada a propiciar un debate y a emitir un acuerdo que independientemente de los ardides históricos y los retorcimientos estilísticos que incluye termina por reconocer la importancia de la fecha como la circunstancia que puso fin a la dictadura perezjimenista y significó el inicio de la etapa más extensa de la democracia en Venezuela. Además, en otro gesto que hay que valorar, puso en evidencia las divergencias internas que en el seno mismo de la bancada oficial existían acerca del tema, y las posibilidades de rectificación de principios y conceptos que pueden y deben estar presentes en un debate democrático. Así, de un acuerdo que incluía el enunciado de un insostenible paralelismo histórico entre el 23 de Enero de 1958 y el 4 de Febrero de 1992, se pasó a un nuevo texto que reconocía, con un añadido crítico pertinente, pero lamentablemente confuso, la autonomía y la importancia del primero. En términos sencillos, podría decirse que el juego ya no va por una sola calle. El Poder Legislativo, representante por su naturaleza de la diversidad de opiniones y posturas ideológicas existentes en el país, celebrará aunque sea fuera de fecha el 23 de Enero, mas no el 4 de Febrero. El presidente de la República, por su parte, junto con el MVR, celebrará el 4 de Febrero, mas no el 23 de Enero. Eso sí, la del 23, como ocurría en los años finales de la IV República, será otra vez una celebración de salón, con su correspondiente orador de orden. La del 4 se anuncia en cambio como una movilización callejera y partidista, con símbolos patrios y del partido confundidos en un solo andar. Pero lo más importante de esta en apariencia pequeña y política confrontación, es que nos coloca otra vez frente al tema del quién y el cómo se escribe la Historia. Antes y de hecho fue así por mucho tiempo, y lo sigue siendo en muchos lugares en medio de sistemas autoritarios, pero también en sociedades de incipientes democracias se aceptaba con cierta resignación que la Historia la escriben los triunfadores. Lo que significaba por lo menos dos cosas: que había que esperar a que los triunfadores se convirtieran en derrotados, para narrar entonces interpretaciones distintas de los hechos, o buscar pequeñas fracturas en sus sistemas internos, para lograr que versiones alternas y menos sesgadas de la Historia pudieran entrar en escena. Pero las dos grandes experiencias totalitarias del siglo XX, el fascismo y el estalinismo, cambiaron las reglas de juego. Ambos regímenes, casi con los mismos métodos, le mostraron al mundo la existencia de un peligro hasta entonces no previsto en términos tan contundentes: el de la supresión de la memoria como instrumento de control político. Y, desde entonces, el aprecio por ella, por la memoria, y la recriminación contra el olvido, se convirtieron en un valor casi absoluto, ya fuese en la construcción de culturas de la democracia, en los procesos de descolonización o en las experiencia de lucha anti-autoritaria en los años que vinieron después. Desde entonces, y cada vez con más intensidad, el tema de la memoria histórica dejó de ser un asunto de especialistas y académicos, para convertirse en un territorio más, y en alguna medida estratégico, del conflicto político. La inocencia se perdió para siempre y, con el alerta teórico de los estudiosos marxistas y estructuralistas de las ideologías de los años 70, todos los actores tomaron conciencia de que también la Historia es una construcción social y que como bien sabe Hollywood desde hace mucho las creencias que comparte un colectivo van a depender, en suma medida, de la eficacia que se tenga para construir, comunicar, compartir o imponer una visión particular de las cosas. Y allí se ubica el gran tema del presente. El problema, nos lo ha explicado muy bien Tzvetan Todorov en su ensayo Los abusos de la memoria, no es que en un momento particular se seleccionen algunos hechos del pasado y se olviden otros, pues de ese modo actuamos todos, incluso en la vida individual. Lo condenable es que un pequeño número de individuos se arroguen el derecho de controlar la selección de los elementos que deben ser conservados. Lo que nos puede ayudar a salir de un debate oportunista y coyuntural sobre la interpretación de la historia reciente, es la premisa de que en la democracia los individuos y los grupos tienen el derecho de saber y por tanto de conocer su propia historia, y que no corresponde a ningún poder, ni al central ni a los locales, prohibírselo o permitírselo. «Lo que la memoria pone en juego es demasiado importante para dejarlo a merced del entusiasmo o la cólera», ha escrito el mismo Todorov. Pareciera una frase hecha a propósito de la otra batalla que ha comenzado: la de las maneras de interpretar y comprender la historia reciente venezolana. Confrontación que sería saludable si sirviera para salir de nuestra vieja condición de nación amnésica.
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