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Un actor El Nacional domingo 21 de noviembre de 1999 Hay una escena de Disparen a matar, la película de Carlos Azpúrua, que muestra a plenitud la capacidad actoral de Héctor Myerston. La acción ocurre en una barra de un restaurant del Este de Caracas. Se trata de un grupo de periodistas y su jefe de redacción, que comparten unos tragos al final de la jornada. La conversación es polémica: gira en torno al compromiso ético que, según algunos de los participantes, debe asumir el periodista ante la difícil realidad del país. Entonces, como para rematar el debate de improviso, el jefe de redacción, antiguo combatiente político de izquierda, hoy cínico ejecutante de su oficio, exclama algo así como «¡Qué compromiso un coño, chico, si esta vaina no es un país, esto es un estacionamiento lleno de gente!». El parlamento y el personaje, representado de manera magistral, como sólo Héctor sabía hacerlo, forman parte ya de esa galería de estereotipos y de grandes momentos que hemos construido los venezolanos de esta época frente a los relatos del cine y la televisión. Cada generación forja su galería de grandes momentos de la cinematografía universal, entre los que, por ejemplo, sobrevive exitosamente la famosa escena del Play it again, Sam con el que Humphrey Bogart se dirige al pianista en Casablanca, pidiéndole que repita aquella canción que recuerda el desasosiego amoroso del personaje que ha sacrificado su amor en un gesto heroico, ocurrido en medio de la Segunda Guerra Mundial. Yo, por ejemplo, agrego ahora que estamos de fin de siglo el duelo final entre el comandante y Hal-900, la computadora neurótica de 2001 Odisea del espacio, o los ansiosos y turbadores contrastes entre los trajes impecables de Dick Bogarde y su caminar enfermo por las pestilentes calles de la hermosa ciudad enferma en Muerte en Venecia. Los venezolanos aficionados al cine tendrán también, me imagino, su propia galería. El memorable duelo entre Orlando Urdaneta y Miguel Angel Landa en El pez que fuma; el final de País portátil, con Iván Feo disparando su metralleta mientras aparecen a su lado los fantasmas de varias generaciones de la saga familiar de los Barazarte; la escena de la danza indígena que, como un imán étnico, devora psicológicamente al conflictuado sacerdote encarnado por Cosme Cortázar en Jericó; o el susto que el perro le propina al distraído Jean Carlos Simancas de Homicidio culposo: estoy seguro de que tales imágenes deben estar entre los más frecuentes componentes de esa galería local. Pero si nos dedicáramos seriamente a hurgar en la memoria, y la extendiéramos al teatro y la televisión, no queda duda alguna de que una y otra vez aparecería la figura de Héctor Myerston con toda su prestancia, su torrente de metálica voz y su preciso gesticular, haciendo ya de aristócrata vengativo, como padre de la protagonista en ese prodigio de la tradición telenovelística venezolana llamada La dueña; ya de rey implacable y cruel, en el montaje de Ricardo III en la Sala Anna Julia Rojas del Ateneo de Caracas; o en uno de los tantos personajes cínicos y desencantados con los que nuestro cine ha intentado retratar el grado de descomposición social y perversión ética que azotó y aún azota a la democracia venezolana. Si tenemos en cuenta que, además, su voz era casi omnipresente en las salas de cine y en la radio, como locutor de documentales y de comerciales publicitarios, puede uno afirmar sin temor a equivocarse que Myerston ha sido uno de los más prolíficos, versátiles y persistentes actores y, en general, hombre de medios y del espectáculo en el ambiente venezolano. Es prácticamente imposible que algún venezolano no recuerde su figura, no identifique su voz y, si se tratase de un habitué de las barras del Este caraqueño, no lo haya fijado en una de esas noches desmedidas, con la mirada un tanto extraviada y viajando sistemáticamente entre los cantos de Baco. Porque era ése otro de los rasgos de la personalidad de Myerston en el que coincidía con muchos de los personajes que le correspondiera representar: su indeclinable afición por la bebida, por la noche pública y por la bohemia en cualquiera de sus formas. Las tertulias, tascas y bares de Sabana Grande y la Solano supieron de su presencia, la más de las veces amablemente festiva, otras apasionadamente vociferante, por un espacio de cuatro o más décadas. Y, sin embargo esto lo repiten todos aquellos que tuvieron la oportunidad de trabajar a su lado, Myerston estaba considerado como uno de los más responsables, puntuales y entregados entre todos los profesionales de la actuación en Venezuela. Con admiración, jóvenes y no tan jóvenes actores y directores hablan de su disciplina y de su capacidad para impedir que ni las tribulaciones afectivas, que tuvo bastantes, ni los excesos espirituosos, se interpusieran en la inmensa dedicación a su oficio. Cocteau decía que el último rostro es el rostro de la muerte. Héctor Myerston se ha ido, y un silencio incomprensible, atribuible sólo a nuestras dificultades colectivas con la memoria y el reconocimiento a los demás, o a los prejuicios reinantes en una cierta manera de entender el periodismo cultural, ha dejado su obra y su vida a la espera de una mayor comprensión. Por suerte, y como acto de justicia, un poco antes de su muerte la Cinemateca Nacional le había realizado un homenaje en celebración de su oficio. Quienes lo vieron en una de sus últimas apariciones públicas leyendo poemas de José Antonio Ramos Sucre en los jueves de poesía del centro cultural Espacios Unión todavía están conmovidos. Myerston hizo tan apacionada interpretación de los desgarrados poemas del insomne cumanés, que José Balza, presentador de esa tarde, terminó calificándolo de maestro. Era lo que sabía y quería hacer, actuar por igual y con la misma pasión un texto de Delia Fiallo para una conforme ama de casa o interpretar personajes de Shakespeare o poemas de Ramos Sucre para un público más especializado, inconforme e intranquilo. Como él. Un actor.
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