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Sección: Bitblioteca
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Animales fantásticos El Nacional, domingo 6 de agosto de 2000 La Zoología fantástica de Borges, como toda galería mitológica, siempre nos reserva sorpresas. Personalmente, cuando tengo ganas de distraerme del ordinario orden de las cosas, suelo hojear una bonita edición, realizada por el Fondo de Cultura Económica, con ilustraciones de Francisco Toledo. Y casi siempre, aunque no lo esté buscando, tropiezo con algún animal emblemático que termina por ayudarme a comprender algo, o a alguien, que en ese momento me interesa. Es lo que me ha ocurrido con los resultados electorales al tropezarme con el aplanador. El aplanador, cuenta Borges, es un animal que se parece muchísimo al elefante, pero tiene 10 veces su tamaño. Está provisto de una trompa algo corta, de colmillos largos y rectos, y revestido de una piel de color verde pálido. Pero lo más impresionante del plantígrado porque en el texto se explica que se trata de un plantígrado son sus patas, que son anchas, muy anchas y cónicas, y parecen encajadas en el cuerpo del animal a través de la punta de los conos. El animal, que habita en el planeta Miron, presta grandes servicios a sus habitantes, fundamentalmente porque va aplanando la tierra por donde pasa, y precede, escribe Borges, a los albañiles y constructores. Lo llevan a un terreno quebrado y lo nivela con las patas, con la trompa y con los colmillos. II
Aplanador también fue, a su manera, el bipartidismo en sus casi 40 años de hegemonía. Desde el comienzo, desde los días iniciales de Punto Fijo, el bipartidismo se cuidó de sacar del juego tanto al perezjimenismo como a los comunistas y toda ideología cercana a ellos. Se cuidó también, especialmente a medida que el régimen se consolidaba, de dar solidez a dos instituciones, el partido y la CTV, y de guardarse para sí y sus más cercanos clientes los cargos, contratos y todo tipo de elección discrecional. Sólo que, ebrios de poder e hinchados de impunidad, no se tomaron en serio la tarea de renovar un régimen que daba pruebas de parálisis, ni de fijarse un mínimo de límites éticos que no hiciera tan impúdicas sus fechorías y arbitrariedades. Y entonces, como si de un ciclo despiadado se tratara, les tocó el turno de cambiar de rol y ser ellos mismos los aplanados.
Lo que siempre fue diferente fueron los métodos de nivelar el terreno. Y entre ellos, el de Chávez carece de antecedentes. Para ejercer su operación, Chávez no ha recurrido aún ni a la argumentación implacable de las armas como Gómez y Pérez Jiménez , ni al sometimiento del país a través de un régimen de partidos que permee todos los intersticios de la sociedad como lo hicieron paulatina y estratégicamente AD y Copei. La fuerza y el apoyo, la base de sustento del aplanador del presente, esa rara avis de la política nacional, se encuentra en él mismo, y de allí su capacidad para la sorpresa. Chávez, después de su breve pasantía por los territorios del golpismo militar, ha terminado siendo el gran elector de nuestra historia. En un doble sentido. El de tener la ascendencia y el poder suficientes, dentro de las frágiles organizaciones que lo apoyan, como para decidir quién va y quién no para las postulaciones decisivas. Y, el más notable y desconcertante, el de lograr, como un Zeus moderno, mover su dedo desde el Olimpo y hacer que la población que lo aprecia, lo sigue y lo venera se desplace a las urnas a cumplir disciplinadamente sus encargos. Además, como para que las bases del mito se amplíen, los resultados ayudan a Chávez a configurarse como la imagen de un intocable. La lista de los muertos y heridos políticamente hablo que ha ido dejando en el camino, son la prueba contundente de su oficio de gran elector. Escarrá, solitario, con 3.000 votos en Carabobo. Visconti, anónimo, 1.200 en Barinas. Urdaneta, silenciado, 30.000 en Aragua. Istúriz y Medina, de modo inconcebible, fuera de la Asamblea. Laya y Joel Acosta Chirinos, a las duchas. Lo paradójico, y el enigma a resolver para el futuro, es que, de una parte, Chávez encarna la voluntad popular de acabar con los vicios del pasado, entre los que destacan el papel de las cúpulas y los frenos a la participación política del ciudadano común. Y de la otra, por la manera como se ha ido creando y consolidando su liderazgo, él mismo se convierte en la negación de esa voluntad de participación, al erigirse en el gran elector que coloca, por encima de tradiciones y liderazgos regionales, las piezas de un ajedrez con un único jugador en uno de los lados del tablero. En su manual, Borges no explica si los albañiles que siguen al aplanador trabajan junto con éste o después de él. Ya lo sabremos.
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