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Del antichavismo chavista El Nacional domingo 19 de marzo de 2000 Cuando los veo en trance, cuando miro sus gestos de rabia y su manera de analizar el último discurso de Chávez con la misma inteligencia con la que alguien se queja del tostyarepa o de las gracias de Fifí en el balcón, entonces entro en pánico y añoro ser un católico practicante, para comenzar a encomendar a Dios el futuro de la Nación. Porque lo más grave de cuanto nos ocurre no es Chávez. Lo más grave es que el país parece haber entrado colectivamente en una especie de huelga de la reflexión, una ida a pique del pensamiento, una huida de la sensatez que afecta por igual a enemigos y afectos del Gobierno. Hoy es prácticamente imposible encontrar una sola organización, un partido político o una aventura electoral que no comience y termine definiéndose por su acercamiento o su rechazo al Presidente. Chávez pareciera haberse convertido en nuestro obligado meridiano de Greennwich, nuestro gigantesco monolito en el ecuador. Que el Presidente y su equipo carezcan de Norte, o que no hayan sabido comunicárnoslo en un año, es suficiente objeto de preocupación. Pero que la sociedad en su conjunto y especialmente esos lamentos que llaman oposición tampoco exhiba nada tangible que ofrecernos como proyecto alternativo, salvo su condena a Chávez, es para preocuparse aún más. Lo que más se percibe como respuesta es lo que por comodidad llamaré el antichavismo chavista. Con este término me refiero no a la oposición que ha surgido del propio corazón del Polo Patriótico, sino a un estado de ánimo, una patología, que convierte a quien la padece en un ser monotemático, incapaz de hablar o de escribir de otra cosa que no sea el Presidente, y de hacerlo desde otra perspectiva que no sea la de una queja frenética contra el comandante de la boina roja, lo que remite a un segundo plano cualquier otro tipo de preocupación. Califico de chavista a este antichavismo porque, además, incurre en dos de sus más frecuentes prácticas: es estridente y gritón, y hace tabula rasa del pasado para terminar justificando aquello que hizo posible la aparición del nuevo liderazgo que por ahora dirige la Nación. Fijémonos, por ejemplo, en las más recientes operaciones ideológicas que hemos hecho los venezolanos. Por una parte, el grupo de los cuatro comandantes le condena al Presidente precisamente aquello que una buena parte de sus electores con auténtica vocación democrática le aplaudían; es decir, el hecho de contar, en el núcleo central de su equipo de poder, con un grupo importante de civiles. Y por la otra, decenas de personalidades y organizaciones que condenaron repetidas veces el pasado golpista y la vocación militarista del Presidente, terminan ahora incorporándose con pasión ardiente a la cruzada antichavista dirigida... ¿por quién? Pues por cuatro ciudadanos que tienen el mismo pasado golpista, exhiben similar vocación militarista y, en algunos casos verbigracia, Visconti, expresan sin pudor sus deseos ocultos de incurrir de nuevo en una intentona militar. Mientras el entusiasmo cunde, sobre todo el de «la contra» como ha denominado Ibsen Martínez a un sector de las élites políticas e intelectuales, cuyo antichavismo se resiente en la añoranza y defensa de sus viejos pero disimulados privilegios, la confusión ideológica se agiganta. El escenario político se parece cada vez más a un lego cuyas piezas cíclicamente ruedan por el piso, convirtiendo en algo amorfo la figura que se estaba construyendo. De este modo se aleja, cada vez más, la posibilidad de hacernos una imagen objetiva que guíe la construcción del país que se desea, y se frustran, de nuevo cada vez más, venezolanos que por primera vez en sus vidas comienza a acariciar secreta o públicamente la posibilidad de emigrar. El paisaje cambia permanentemente y, a falta de discursos orgánicos, la única referencia para orientarnos en la oscuridad hay que buscarla en el pasado de los protagonistas. Si nos guiamos por los nombres que encabezan la lista del MVR a la Asamblea Nacional, concluimos que el movimiento se hace más homogéneo, reduce su diversidad interior y se desplaza hacia una revalorización intensa de los comunistas, ex comunistas y marxistas de varias pintas: ex Liga Socialista, ex miristas y afines. Lo que hemos conocido como «el chiripero», en cambio, inicia una nueva mudanza. Ya había pasado del regazo de Caldera al de Chávez y ahora se desplaza in continenti al de Arias Cárdenas, el nuevo candidato, quien desde ya comienza reuniendo una gama que incluye desde el militarismo nacionalista de derecha hasta los fundadores del MAS que tuvieron un protagonismo fundamental en el gobierno de Caldera. Lo que también se modifica son las percepciones de derecha e izquierda, de cambio y restauración, de conservadurismo y progresismo. No solo el viejo liderazgo estalló por los aires: la propia cartografía política del país; los principios que hacían comprensibles las clasificaciones básicas entre democratacristianos, socialdemócratas y socialistas; las posiciones esgrimidas frente a algunos principios básicos de la economía, el papel del Estado o las relaciones internacionales, carecen hoy de puntos precisos de clasificación. No se trata sólo de que, como ha ocurrido en casi todo el mundo, la diferenciación entre izquierda y derecha ya no tenga sentido y llega a convertirse en un atavismo inútil. Ocurre que, a diferencia de lo que sucede en casi toda América Latina, con la excepción de Perú, al haberse esfumado los partidos tradicionales la base de sustentación del sistema, para viajar en la nueva política no se dispone más que de un mapa nocturno cuyas luces apenas si nos ayudan a aterrizar en una pista absolutamente copada por el chavismo de Chávez, que sólo tiene ojos para él, y el antichavismo chavista, que hace lo mismo.
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