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El apocalipsis según Hollywood

Tulio Hernández
thernan@ven.net

El Nacional, sábado 15 de setiembre de 2001

I

No lo anunciaron siete ángeles como en las revelaciones del Nuevo Testamento. Ni fue a causa de una bomba de hidrógeno, como se podía esperar siguiendo el esquema de la Guerra Fría y el legendario teléfono rojo. Tampoco se debió a los efectos de un misil como temían quienes proponen la construcción de un gran escudo que cubra protectoramente el cielo de Estados Unidos. La cuota inicial del apocalipsis que experimentó el pasado martes la ciudad de Nueva York, ha ocurrido en cambio a imagen y semejanza como siguiendo un guión —de lo que el Hollywood contemporáneo fue construyendo a la manera de un temor repetidas veces convertido en película.

Ahora la profecía se ha realizado. Lo que la industria norteamericana del entretenimiento había cultivado con delicado esmero a todo lo largo del siglo XX, la idea de una gran invasión de fuerzas extrañas que podrían destruir a Estados Unidos y, especialmente a Nueva York, se ha hecho realidad cuando apenas el siglo XXI acaba de comenzar.

De un modo análogo como ocurrió a los caraqueños con el 27 de febrero previsto en nuestra insistente referencia al día en que “bajarían los cerros”, Estados Unidos cultivó a través de su cinematografía la hipótesis hoy realizada de que alguna vez, efectivamente, una fuerza colosal que no habría salido de su seno, un gorila descomunal como King Kong, un meteorito como el de Armageddon, una nave interplanetaria de inatrapables dimensiones como la de Día de la Independencia (Independence Day), un grupo de ladrones de alto calibre tecnológico como los de Duro de matar, o un comando terrorista como el de Contra el enemigo —pondría en jaque la propia sobrevivencia de la nación, y en la mayoría de los casos, la de Nueva York su ciudad emblema.

II

La sociedad que a la larga engendraría el más grande poderío que se haya construido sobre la faz de la tierra, conoció desde los inicios mismos del siglo XX el imaginario del horror por el otro. Un primer gran acontecimiento, objeto de estudio posterior por parte de psicólogos sociales y comunicólogos, lo constituyó la ola de pánico colectivo desatada en 1938 por la transmisión radiofónica de una versión de la novela La guerra de los mundos, de H.G. Wells. Otro Wells, Orson, el gran director de cine, puso en escena aquella noche a un locutor que trasmitía, preso del horror y la estupefacción, la llegada de una avanzada de marcianos a la ciudad de Nueva York. Tan vívida y espantosa era la narración, así lo determinaron las investigaciones posteriores, que muchos entre quienes no habían escuchado la presentación del programa, una serie de emisión semanal en la que se representaban textos dramáticos y grandes narraciones, terminaron escapando en masa de las ciudades buscando salvar sus vidas de la amenaza de aquellos seres extraterrestres. Luego se conoció la verdad y todo volvió a la calma.

Hubo que esperar más de 70 años, hasta la realización de E.T. en 1987, por parte de Steven Spielberg, para que se produjera una verdadera revolución en el imaginario cinematográfico y la representación de la vida extraterrestre cambiara. Ya no se trataba de un amenazador ejército de horribles invasores, sino de una inédita figurita, fea pero de inteligencia superior e inmensa ternura, seducida por los caramelos Smarties, con habilidades para comunicarse con los niños e incapaz de hacerle daño a nadie, a pesar de sus poderes taumatúrgicos, ni siquiera a las fuerzas del orden que de manera absolutamente inepta le persiguen.

Pero E.T., junto a otros filmes como Encuentros cercanos del tercer tipo, fue solo una excepción. La pasión por las catástrofes, las guerras, las amenazas externas hace mucho que se entronizaron como temáticas triunfadoras y taquilleras, útiles para exhibir la supremacía de la nación americana. La re-lectura de lo extraño propuesta por Spielberg no derivó en una nueva tradición cinematográfica que acompañara el proceso de apertura que, impulsado por las conquistas antirraciales y las nuevas nociones sobre lo políticamente correcto, habían alcanzado luchadores civiles de diverso tipo.

Mientras un cine daba cuenta de estos cambios —Kramer vs. Kramer, Philadelphia, Jungle Fever, El testaferro—, otro retomaba el viejo esquema de americanos-buenos y extraños-malos que largas décadas de películas donde los indios sioux, los alemanes, los coreanos o los vietnamitas eran sucesivamente derrotados y los espías comunistas sucesivamente descubiertos.

Pero una vez que el tiempo pasó y terminó la Guerra Fría, ya no tenía sentido seguir usando a los indios, a los soviéticos o a los comunistas en general como la fuente del mal, y sin mal no hay cine de aventuras. La industria americana se volvió primero hacia los terroristas —de cualquier tipo, especialmente árabes— y luego, otra vez, a los extraterrestres y más tarde a meteoritos y otros fenómenos naturales, como una manera de asegurar la constante de su imaginario: la nación amenazada por la fuerza extraña a la que, por suerte para la población, siempre se logra enfrentar triunfalmente y derrotar con el apoyo del gobierno y en torno a su presidente.

III

No olvidemos que a lo largo de la década de los 80, especialmente a partir de la realización de Rambo, pero también con Apocalypse Now, un nuevo lenguaje audiovisual había nacido en Estados Unidos, convirtiendo en juego de niños, al menos en lo que a uso de la imagen se refiere, todo el cine anterior de guerras, catástrofes y policías. El nuevo reino del estallido, la explosión, la demolición, la voladura, el incendio basado en la técnica permanente e “increscente” de la excitación visual se convirtió para cierta lógica cinematográfica en nuevo catecismo. Una estética convertida en suma teológica. Los prodigios técnicos junto a los presupuestos multimillonarios permitieron llevar a escena todo lo que un productor o un director quisiera soñar. Y un colectivo sueña, siempre sueña, con aquello que le da felicidad pero también, por supuesto, con aquello que le aterroriza y le alimenta sus miedos.

Así nació la nueva épica, la que prefiguró, anunció, conminó o enseñó a ejecutar la tragedia —es muy temprano para ser jueces— que hoy nos consterna y nos conmueve con su descabellado horror. Todo lo que vimos ocurrir frente a nuestros ojos el martes —en las calles de Manhattan unos, en la pantallas de los televisores la mayoría— de alguna manera ya lo habíamos presenciado en las producciones de Hollywood. Habíamos visto edificios estallando espectacularmente como en Duro de matar, donde Bruce Willis, el héroe, el bueno, se enfrenta a un grupo de terroristas oriundos de Europa Oriental que han tomado la sede de una empresa japonesa con el propósito de cometer el más descomunal robo de la historia.

También habíamos sido espectadores, casi con los mismos ángulos, de las multitudes corriendo por las calles de Manhattan para no ser lanzados por la onda expansiva. Pero sobre todo habíamos visto una y otra vez cómo las edificaciones más simbólicas —el Empire State, la Estatua de la Libertad y, por supuesto, las míticas mellizas del World Trade Center, símbolo supremo de la pujanza económica mundial en tiempos de globalización— se convertían en oscuro objeto del deseo de quienes encarnan la destrucción y, simultáneamente, su defensa, en prueba de la resistencia y el triunfo de quienes representan el progreso, la democracia y la libertad.

Si el primer King Kong, el producido por la RKO en 1933, se enfrenta a los pequeños aviones que le atacan encaramado sobre el Empire State Building, en su segunda versión, con la actriz Jessica Lange —luego vino una tercera—, lo hace abrazado, en un acto que remite a Hércules y al derrumbe del templo romano, a las torres mellizas del World Trade Center, de donde originalmente cae de manera estrepitosa.

Pero donde Nueva York se hace más explícitamente víctima, donde ocurre lo más parecido a la tragedia de este septiembre de 2001, es en Contra el enemigo (The Siege), también traducida como Estado de sitio. La ciudad aquí se ve asolada por una ola de terrorismo islámico que genera un gran caos. La magnitud de las acciones obliga al presidente a decretar estado de sitio, mientras uno de los atentados —ejecutado por un musulmán integrista contra la sede del FBI— destruye el edificio y se lleva la vida de medio millar de personas.

IV

Lo que aconteció el pasado martes, 11 de septiembre, en el downtown neoyorquino, debe mirarse también como una puesta en escena televisiva y cinematográfica. No se trata, como resulta tan tentador pensar, que la realidad otra vez ha superado a la ficción. No. La mente o las mentes abyectas que concibieron el atentado del Centro Mundial del Comercio lo hicieron siguiendo la lógica espectacular, masiva, impactante e implacable del gran cine y la gran televisión norteamericana. A diferencia de otros actos terroristas en donde se planifican algunos objetivos prácticos, en esta oportunidad la eficacia privilegiada, la única, ha sido la de naturaleza simbólica.

No se trataba esta vez de asesinar a unas personas como lo haría la ETA o cualquier otro grupo terrorista local. Como un director de la televisión global, se trataba de poner primero al mundo, en cadena, el efecto visual de los aviones impactando las torres —ni Spielberg lo hubiese hecho mejor— y luego, hacerles “consumir”, en vivo y directo, el derrumbe tajante del más imponente e importante símbolo del auténtico poderío del mundo contemporáneo, que no es otro que el financiero.

Jean Baudrillard sostiene en su libro Amérique, que en Estados Unidos la realidad se ha convertido en efecto especial. “La realidad americana”, escribió el sociólogo francés, “es anterior al cine, pero tal como es hoy hace pensar que se construyó en función del cine y que solo fuera la refracción de una gigantesca pantalla”.

El mundo, como ya lo había hecho con la llegada del hombre a la luna, con las inauguraciones de las olimpíadas y con los campeonatos mundiales de fútbol, o con el entierro de Lady Di, asiste en primera fila, mientras los hechos suceden en tiempo real, al primer atentado terrorista concebido como espectáculo global. Es el apocalipsis, según Hollywood, a la manera de CNN. Terrorismo global en un mundo global. En las calles se escucha que ahora sí comenzó el tercer milenio. Otros dicen que simplemente hemos comenzado a reproducir la historia del siglo XX pero con una escala y un dramatismo comunicativo cada vez peor. Por ahora el guionista de Contra el enemigo ha sido más previsivo que el FBI.


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