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 Caracas, Jueves, 24 de mayo de 2012
 

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Bondades de la democracia

El Nacional, domingo 11 de julio de 1999

En diciembre pasado, en medio de una cena navideña, varios amigos hicimos una apuesta. El objeto era aparentemente frívolo, responder a una pregunta: ¿en cuánto tiempo Jorge Olavarría se pasará a la oposición y se convertirá en el más encarnizado enemigo de Chávez? Como todos sugerimos fechas que oscilaban entre uno y cuatro meses luego de la toma de posesión, ninguno la ganó, pues el lúcido columnista no esperó a que transcurriera siquiera un mes para ejecutar lo que todos sabíamos que haría: abandonar más temprano que tarde a su, por entonces, venerado candidato presidencial.

Obviamente, ninguno de los participantes de aquella cena es un genio de la predicción política, pero sucede que Olavarría es uno de los personajes públicos venezolanos cuyas acciones son más fáciles de predecir. Entre otras cosas, porque entre sus tantos y conocidos talentos, tiene dos que nadie puede desconocer: la capacidad para exasperar a quienes elige como víctimas de su pluma y de su verbo, y la facilidad para cambiar de postura política y colocarse, en cosa de horas y sin anestesia, en el bando diametralmente contrario al que unas semanas o unos días atrás defendía con vehemencia desmedida y convincente pasión. Esos dos talentos lo han hecho un maestro en el arte de convertir amigos en enemigos. El presidente Chávez, lo sabía muy bien aquel grupo, no tendría por qué ser la excepción.

Olavarría, no lo olvidemos, ha sacado literalmente de quicio a varios presidentes venezolanos, incluyendo a Pérez, a Herrera Campins —quien aprovechó una portada de Resumen para hacerlo preso, bajo el pretexto de que mancillaba la dignidad de Bolívar— y a Rafael Caldera, cuyas dolencias de la próstata logró convertir en problema político nacional.

Pero no sólo con presidentes de la República ha vivido confrontaciones y rupturas violentas. Olavarría, por ejemplo, fue alguna vez aliado político y candidato a la presidencia de la República de parte de La Causa R, y es cosa conocida que la relación terminó una noche cuando echó de la casa de su propiedad a importantes dirigentes del partido fundado por Maneiro.

Igual ocurrió con dos de sus grandes compañeros de andanzas en el Proyecto Nueva República, Alexis Ortiz y Abel Ibarra. Sólo que esta vez la separación le costo a Olavarría un knock-out fulminante, fruto de un poderoso jab a la mandíbula que el hoy secretario general de Fundarte le propinó como despedida, y que él mismo relata con orgullo en un libro.

Cualquier venezolano más o menos informado sabe que una cosa es el saber, el talento historiográfico y la capacidad pedagógica del ex director de Resumen, y otra su peculiar personalidad y dificultad para compartir un proyecto y disciplinar sus emociones. Eso, por supuesto, tienen que haberlo sabido quienes intentaron usarlo como mascarón de proa, eligiéndolo orador de orden en la sesión solemne de conmemoración de los 189 años de la firma del Acta de Independencia, el pasado 5 de julio. Tenían que saber, también, que era ésa una gran oportunidad —cadena nacional radiotelevisiva de por medio— para, sin violentar la dignidad del evento, ofrecer claves que reforzaran sus perspectivas de lo que está ocurriendo en el país.

Pero no lo hicieron así y desdeñaron su última gran oportunidad proselitista antes de la realización de las elecciones para la Constituyente. Con un gesto parecido a las bufonadas del último mes de la campaña electoral, cuando fusilaron al caudillo, defenestraron a la bella y convirtieron a sus gobernadores en vulgares propagandistas de última hora, la oposición tradicional ha dado una prueba más de cuán poco le importa el país y cuánto las cuotas de poder.

Lo que pudo y debió haber sido una cátedra ejemplar de interpretación de nuestro devenir nacional y su relación con lo que hoy acontece, una pertinente y necesaria interpretación o puesta en duda de la manera como se ha comenzado a incorporar el aparato militar a nuevas funciones públicas, y una oportuna revisión de las nociones de independencia, soberanía y democracia en el contexto del fin, tanto del siglo como de otro de nuestros ciclos históricos, se convirtió en un vulgar y efectista ejercicio de soberbia, odio y arrogancia. De nuevo la forma sustituyó al contenido, los adjetivos a las ideas, la descalificación personal al debate.

Hubo triunfos, es verdad. La democracia, al tiempo que sus patologías locales, demostró sus bondades. Un Presidente puede y debe soportar, estoica y dignamente, aun los peores desafueros que un orador pronuncie en su presencia. Una presidenta de la Corte Suprema de Justicia puede abandonar la sala en señal de protesta. Una primera dama puede llorar frente a las cámaras, perpleja ante las aberraciones humanas cuando se trata del poder. Sólo que esta vez el antichavismo estético recibió un golpe bajo, los roles se invirtieron. El Presidente popular fue el gentleman, y el orador de sus críticos, el camorrero. Otra virtud de la democracia.

Pero la lección más importante que el 5 de julio nos deja —resumida en la fotografía del puñetazo del diputado Berríos al diputado Rodríguez, AD y Copei apuñaleándose— es que el país necesita salir de la falsa bipolaridad en que se encuentra. De un lado Chávez, solitario, como único representante del cambio, del otro lado cualquiera que dude aunque sea de alguna de sus acciones, como representante —junto a AD, Copei y sus aliados— de la conservación.

El tono de Olavarría, su desinterés por el tema del cambio, por la exclusión y el sufrimiento de las mayorías, junto con las frases de apoyo de hombres como Canache, encarnaron ese día el país que millones de venezolanos detestamos y no queremos volver a encontrar. Pero en el contenido de algunas de sus aseveraciones hay legítimas dudas que otro país, ganado para el cambio, guarda frente a las actitudes desmedidas con las que ocasionalmente el Presidente trata de conducirlo.

Porque, en cuanto al cambio social —lo saben muy bien los chilenos, los cubanos, y los soviéticos del presente—, nadie tiene derecho de autor: son fuerzas colectivas las que deben debatir, poniendo en juego convicciones y principios diversos. Se sabe que se tiene un enemigo común —en nuestro caso, el viejo poder bipartidista y sus principios—, pero también que existen distintas maneras de derrotarlo y sustituirlo.

El lunes telefoneé a mis amigos de la vieja apuesta y les propuse una nueva: ¿cuánto tiempo pasará antes de que Olavarría se pelee con las fracciones de oposición que lo eligieron orador de orden? Por ahora, ya los llamó cobardes cívicos. Son las bondades —y también los exabruptos— de la democracia.


Tulio Hernández en La BitBlioteca


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